Sobre el coraje de ser optimista

Mi reseña de Amygdalatropolis / Mi reseña de Pillion

Share
Sobre el coraje de ser optimista

Una de mis actividades favoritas es leer en la cama. Cualquier entretenimiento nocturno u ocasión social compite contra el placer total de leer en la cama. Y por supuesto, toda victoria en este frente es temporal.

Hace unas noches, me dispuse a leer Amygdalatropolis del flagrantemente contemporáneo B. R. Yeager. Hace unos años, escribí una trillada apología al arte peligroso. Y a las claras, Amygdalatropolis persigue este rótulo, por lo que es frecuentemente incluida en listas de "libros perturbadores".

Hablando llanamente, la novela no me gustó. En general, esto no debería importar. Hay muchos libros que me disgustan y, a diferencia de la gente con mal gusto, no pretendo erigirme como árbitro de ningún estándar.
La única justificación que puedo ofrecer para este artículo es que mi aversión a esta novela me llevó a contradecir gran parte de lo que dije alguna vez sobre el "arte provocador". Creo que existe un tipo de provocación trivial y profundamente reaccionaria que deberíamos cuestionar para superar nuestro estancamiento cultural, nuestro egoísmo y nuestro cinismo. Las viejas herramientas ya no funcionan, y la provocación absurda se ha convertido en el lenguaje del poder.

Pobres medios y pobres mensajes

Habitación de un usuario de /v/, el board de videojuegos de 4chan

Voy a mantenerme completamente soberano y hasta caprichoso en mi subjetividad - al final del día, esto es un blog. En línea con esto, voy a confesar que me negué a leer la introducción a mi edición (un ensayo de Edia Connole), porque creo que el objetivo de una obra literaria - especiamente de una obra literaria que se pretende "elevada" - es volver redundantes a sus referencias teóricas.

Si quisiera que alguien me explicara a Bataille estaría leyendo un Reader de Bataille, no una novela. La obra tiene que defenderse sola. Pido disculpas, leo en la cama. Soy una señora que se prepara un té y lee e-Books en la cama. Podemos analizar intertextualidades que doten a la obra de una nueva dimensión, podemos contextualizarla e interpretarla como una respuesta a una tendencia (lo haré yo mismo en un rato). Pero a veces la crítica se posiciona como una oportunidad tenuemente justificada de revisar bibliografía que a nosotros nos interesa, prostituyendo aquello que se está analizando para que provea ejemplos que nos validen ideológicamente (lo haré yo mismo en un rato).

Como fuese, por mucho que deseemos que no fuese así, para reseñar un libro, debemos hablar de él. Entonces, hablemos de Amygdalatropolis.

Amygdalatropolis transcurre, como una porción generosa de nuestra vigilia, frente a una computadora. El protagonista es un joven anónimo que pasa sus días en foros, torturandose a sí mismo mediante el consumo de material tóxico y participando de campañas de doxxing. Como frecuenta un canal llamado /I404 , lo apodamos /I404.

Amygdalatropolis se publicó en 2017, durante el auge de la alt-right, un movimiento neorreaccionario gestado en foros anónimos como 4chan y 8chan. De hecho, precede por algunos meses a Kill All Normies de Angela Nagle, El Libro de Referencia sobre este movimiento y esta época.

El protagonista de Amygdalatropolis no está políticamente activo. De hecho, se encuentra paralizado por un cuadro de depresión psicótica exacerbado por su agorafobia y por su consumo constante y casi exclusivo de material violento. Pronto comienza a fantasear con violentar a su madre, con quien interactúa puerta de por medio, saliendo de su habitación sólo por la noche, a recibir paquetes.

Combinando hilos del foro, lapsos poéticos y escenas domésticas, con un estilo fragmentario y marcadamente pomposo (¡y lo digo yo!), Yeager traza un último espiral de degradación que deja al protagonista exhausto hasta la catatonia.

Las metáforas y los símiles de Amygdalatropolis me resultaron pretenciosos porque están mal construidos - sospecharía que es a propósito, que Yeager pretende que sus imágenes se asemejen a aquellas que simulan las distorsiones visuales que provoca un aneurisma. Este podría ser un recurso, casi 100 años después de Finnegan's Wake. Pero el estilo carece de la potencia rítmica y el criterio estético para justificar el ejercicio, es un objetivo que se pierde con tal frecuencia que podemos descartar esta justificación y aducir impericia - y el shock value, por Dios, el shock value.

Recurro a este párrafo temprano:

"The frames floated in the air, through the room. /I404 breathed in, letting them breach; letting them tumor through his lobes. Adding weight to his gravity. A layer of fat wrapped tight in his chest. A buffer. He made the stream repeat, over and over, always breathing. Always letting it breach and fill his space, adding meat and corpulence to his form."

El capítulo que le sigue comienza con poca sustancia y pura textura:

"Words standing as close enough to nothing; scratches of symbol. Cavernous and quasi sub-masonic. Words not meant for ears, or paper or posterity."

Más allá del espíritu de época que Yeager pretende abordar y cómo lo aborda, tuve un gran problema con la prosa. Este fragmento en particular ilustra a qué me refiero cuando la califico de pomposa. La voz de nuestro narrador adolesce del mismo mal que adjudica a nuestro protagonista. Necesita hacer del aire un tumor y del argot de un foro de internet un lenguaje "cuasi sub-masónico" - hago un montículo con los dedos como el esteoreotipo de un italiano. Mi pregunta es: ¿Y entonces?

Si nos quedamos cortos con Bataille podemos justificar el estilo como una corporalización de las ideas de la novela. El estilo es pretencioso y edgy porque el mundo narrado es pretencioso y edgy. Cada seis meses, más o menos, copio y pego el mismo fragmento de esa entrevista a David Foster donde discute American Psycho de Bret Easton Ellis. Indulgime, por favor:

“Look, if the contemporary condition is hopelessly shitty, insipid, materialistic, emotionally retarded, sadomasochistic, and stupid, then I (or any writer) can get away with slapping together stories with characters who are stupid, vapid, emotionally retarded, which is easy, because these sorts of characters require no development. With descriptions that are simply lists of brand-name consumer products. Where stupid people say insipid stuff to each other. If what's always distinguished bad writing – flat characters, a narrative world that's cliched and not recognizably human, etc. – is also a description of today's world, then bad writing becomes an ingenious mimesis of a bad world. If readers simply believe the world is stupid and shallow and mean, then Ellis can write a mean shallow stupid novel that becomes a mordant deadpan commentary on the badness of everything. Look man, we'd probably most of us agree that these are dark times, and stupid ones, but do we need fiction that does nothing but dramatize how dark and stupid everything is? In dark times, the definition of good art would seem to be art that locates and applies CPR to those elements of what's human and magical that still live and glow despite the times' darkness. Really good fiction could have as dark a worldview as it wished, but it'd find a way both to depict this world and to illuminate the possibilities for being alive and human in it.”

Con esto quiero decir - ¿Qué mérito tiene escribir deprimentemente historias deprimentes?

Contracultura

En el arte, todo es lícito mientras funcione. Mi problema con Amygdalatropolis es que no nos da otra opción que encerrarnos en el mundo interno turbulento de una pobre persona que no quiere aprender nada, que ha decido que su vida va a tratarse de la desconexión con los demás y del consumo de snuff. No hay trascendencia, no hay retrueque, no hay nada. El protagonista ha decidido dejar de ser un ser humano y nosotros, que tenemos mejores cosas que hacer, no podemos encontrar una razón para encerrarnos con él que no implique una intervención terapéutica.

En 1980, millones de norteamericanos votaron a Ronald Reagan. Por ese entonces, el conservadurismo se preocupaba por las formas, las buenas costumbres y los ámbitos familiares. La cultura de masas era lúdica y bucólica, y la contracultura tensionaba con esa imagen lavada, mostrandonos cómo se vivía en los márgenes.

Hoy, los márgenes se han democratizado. Todos somos más pobres, y la prostitución, el juego y el consumo de drogas se han normalizado. No nos gobiernan estrellas de Hollywood con una imagen pública diseñada para la familia, nos gobiernan cretinos. Y la fuerza de choque de esos cretinos habla sin tapujos y coquetea con el ocultismo. La contracultura fue metabolizada como un manual de marca. El optimismo suburbano es demodé. Nadie se escandaliza por la violencia, es una herramienta de propaganda imperialista. Nadie se escandaliza por un desnudo, la persona más rica del mundo es dueña de una máquina de producir desnudos no-consensuales. Nadie se escandaliza por un insulto, los demócratas empezaron a decir "bullshit" a ver si pueden mover las encuestas.

Las figuras más rupturistas de nuestra actualidad política son optimistas y, en muchos sentidos, tradicionalistas. La agenda peligrosa de Zohran Mamdani aspira a que los jóvenes puedan costear tener una familia - en algunos casos, con dos mamás o con dos papás, porque la verdadera agenda pro-familia se ha aggiornado hasta ese punto. La violencia y la ofensa son fáciles, la esperanza es difícil.

Si algo puede escribirse sobre Pillion

Pillion (2025) es el largometraje debut del director inglés Harry Lighton. Trata sobre la relación sadomasoquista entre Colin (un oficial de tránsito interpretado por Harry Melling) y Roy (un motociclista interpretado por un gran Alexander Skarsgård). Pillion trata sobre lo fácil que es el sexo y lo difícil que es el amor.

El film contrasta dos modelos de homosexualidad: Una homosexualidad que es sexualidad sobre todas las cosas, fetichista y secreta; y una homosexualidad asimilada en identidad de consumo apta para toda la familia, una homosexualidad que puede soñar con un chalet con hijos adoptivos y dos papás o dos mamás.

Colin es aceptado por sus padres, pero nunca conocemos a los padres de Roy. Roy es un misterio, un espejismo, un objeto de deseo á la manic pixie dream girl. Se protege del amor y decide permanecer un misterio. Esta decisión está encapsulada en una de las escenas más interesantes que vi en el último tiempo. Si leemos a Colin como lo lee su nueva comunidad de sadomasoquistas, decidimos que no merece una relación de pares con Roy porque no cotiza tan alto en el mercado del deseo. Si ignoramos todas las instancias en las que nos recuerdan que Colin no es atractivo y que Roy sí lo es, podemos leer esta escena como la revelación de que el amor es posible pero peligroso, tan peligroso que alguien extremadamente atractivo puede elegir desaparecer antes que ser amado. Ser un objeto de deseo es más fácil que una persona amada.

Pillion es un festival de penes que nos regala escenas sexuales explícitas. Pero se mantiene tan elegante y tan fiel a sus objetivos que estas escenas sólo están ahí para contrastar con las instancias de intimidad emocional real. Incluso concluyendo en un fracaso, Pillion nos deja con una sensación de esperanza. El amor es peligroso pero es posible.

Contrasto Amygdalatropolis y Pillion porque nos presentan dos modelos de provocación posibles. Una provoca porque nos muestra el nadir espiritual de nuestra época - pero para eso basta con prender el televisor. La otra nos provoca porque nos muestra que todo aquello que parece risqué es en realidad demasiado sencillo. El gran desafío de nuestra época es que el sexo, la desnudez y la violencia signifiquen algo. El desafío es encontrar una forma de ser humano en un mundo que nos regala infinitas oportunidades para encerrarnos en aquello que es fácil de conseguir pero que sólo va a hacernos daño.