Cómo robar un museo
Cuando alguien roba una obra de arte, pasa algo muy extraño.
El valor de una obra se construye con factores medibles y otros más intangibles: autor, tema, datación, provenance, presencia en colecciones importantes. Todo eso la vuelve reconocible y legítima. Y justamente por eso, cuando una obra es robada, pasa algo paradójico: conserva su valor, pero pierde la posibilidad de circular en el mercado. Entonces, ¿qué se hace con un objeto que vale millones y que no se puede vender?
Parte 1: Robos gemelos
Es la navidad de 1980, estamos en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, y estamos a punto de ser testigos (imaginarios) del mayor robo de obras de arte del país.
Sólo se encuentran dos personas de guardia: un sereno y un bombero de la policía federal. Cenan juntos, toman sidra, dan una última recorrida y se van a dormir. Horas después, en la madrugada del 26 de diciembre, el sereno se despierta con olor a quemado. En la sala de la Colección Mercedes Santamarina quedan vitrinas rotas, marcos vacíos y una botella de whisky - inviten. Faltan 16 pinturas impresionistas, entre ellas obras de Renoir, Degas, Cézanne y Gauguin, y varias antigüedades chinas.
No se rompió ninguna cerradura. No hubo violencia ni armas. Y los ladrones dejaron un rastro: las etiquetas de identificación que estaban detrás de las telas, tiradas por pasillos y escaleras, con el nombre del autor, el título y las medidas de cada obra. Las migajas de Hansel y Gretel que mostraban por dónde se habían ido pero no adónde.
Más de cuarenta años después, la mayor parte de las obras sigue sin aparecer.
Los delincuentes sabían exactamente por dónde moverse. Conocían los pasillos internos y sabían que el primer piso estaba en obra, cerrado al público, y que esa era la mejor ruta de entrada y de escape. Sabían que esa noche de Navidad había solo dos personas de guardia, y que las dos iban a estar durmiendo. De alguna manera, alguien les dio esa información.
En principio, la policía detuvo al sereno, al bombero y al capataz de la obra. Al sereno lo torturaron tanto que intentó suicidarse en su celda. Pero las huellas de la botella de whisky no coincidían con ninguno de ellos, y la causa quedó estancada. Durante los meses siguientes, la dictadura siguió secuestrando y torturando a empleados del museo. El fotógrafo del museo contó que mientras lo torturaban le preguntaban para qué militar trabajaba. Después se enteró de que un sector de las fuerzas armadas había abierto su propia investigación: querían saber si un grupo de militares había planeado el robo, es decir, la misma dictadura estaba buscando a los responsables dentro de su propio grupo.