El Rey Filósofo
El problema no es que Milei esté loco.
Hay una pregunta que la clase política argentina lleva demasiado tiempo evitando, con la elegancia de un matrimonio por conveniencia mutua: ¿qué pasa exactamente adentro de la cabeza del presidente? La condición psíquica de Milei es visible para cualquiera que lo haya visto más de dos minutos en cámara, y sin embargo el consenso tácito, de oficialismo y oposición por igual, es tratarla como un asunto privado. Hay motivos legítimos, de dignidad humana, para evitar especular sobre el tema. Sin embargo, hemos visto a algunos personajes mediáticos exponer asuntos de salud con extraordinaria crueldad, y no solo hacia Milei.
No puedo evitar evocar los extensos editoriales de Nelson Castro analizando desde su posición de neurólogo a Cristina Kirchner para explicar su "hubris". Esta línea pegó tan bien que Castro la convirtió en una suerte de multiverso editorial sobre "enfermedades y poder". De hecho, la obsesión con la salud de Cristina Kirchner parió a un micronicho de celebridades-panelistas, cuyo representante más exitoso ha sido el actual diputado nacional Facundo Manes.
Con sus excentricidades, Milei sedujo a los propios, que hacen humor sobre un sentido de inecuidad que los representa; y a los ajenos, cuyo sentido común les indica que "los niños y los locos son los únicos que dicen la verdad".
Por otra parte, la propia memética del "mileiísmo" se ha apropiado de la idea de que el tipo es un "autista hyperfocused", y le ha dado un giro positivo. De hecho, muchos leyeron el triunfo de Milei en el ballotage de 2023 como consecuencia directa de lo mal parado que quedó en el debate presidencial contra Sergio Massa. Massa fue percibido por una porción no-despreciable de los votantes como demasiado hábil, demasiado preparado, demasiado carismático. Con sus excentricidades, Milei sedujo a los propios, que hacen humor sobre un sentido de inecuidad que los representa; y a los ajenos, cuyo sentido común les indica que "los niños y los locos son los únicos que dicen la verdad". El próximo presidente va a tener nueve o diez años.
El tabú está roto, pero al mismo tiempo está anulada la posibilidad de hacer una interpretación realista sobre las implicancias de su condición, cualquiera sea. Esto se debe a que la condición de Milei no es un problema: la pregunta de si Javier Milei está en condiciones de ser presidente supone que hay un umbral objetivo, medible, que separa la aptitud de la incapacidad. La Constitución no lo define porque no puede definirlo sin caer en arbitrariedades que cualquier abogado competente puede demoler en veinte minutos. Los tests cognitivos pueden ser llevados al fallo. Y la historia está llena de presidentes clínicamente intactos que gobernaron con una crueldad o una estupidez que ningún diagnóstico psiquiátrico habría podido anticipar; Videla muy probablemente haya pasado un psicotécnico. La capacidad formal no es garantía de nada.
Llegar a Milei requiere una tolerancia específica a su modo de relacionarse, una habilidad para operar en el caos como si fuera un entorno normal, y la ausencia de los escrúpulos que alejarían a cualquiera con alternativas.
Un presidente, en su función más reducida, decide y delega. Decide sobre qué incentivos opera el Estado y en quién deposita la ejecución. Cuando esa función es deliberada (cuando hay una arquitectura conciente detrás) el poder tiene una forma identificable aunque sea opaca. Cuando no lo es, cuando la delegación ocurre por defecto porque quien debería decidir no puede sostener agenda, atención o coherencia por períodos extendidos, el poder migra. Y migra hacia quien controla el acceso.
Ese es el núcleo del problema. No que Milei sea incapaz, sino que su incapacidad crea una zona de captura que otros administran. Y esa administración no es azarosa: llegar a Milei requiere una tolerancia específica a su modo de relacionarse, una habilidad para operar en el caos como si fuera un entorno normal, y la ausencia de los escrúpulos que alejarían a cualquiera con alternativas. No llegan los mejores argumentos, sino los perfiles que mejor se apegan a esas reglas de acceso degradantes.
El déficit genera desequilibrios que terminan llevando a la población a repudiar su propia moneda, la distorsión de precios encubre un estancamiento que nadie siente al principio y que cuando ya es imposible ignorar convierte las medidas correctivas en suicidio político.
Desde productores de televisión hasta "armadores políticos", desde oferentes de esquemas financieros hasta operadores de inteligencia, el periplo de Milei fue acumulando capas de sanguijuelas con una lógica que es más darwiniana que conspirativa. Cada entorno por el que pasó seleccionó al tipo de persona que podía prosperar en él. El resultado no es un gobierno sino una fauna, donde un politólogo tiene menos autoridad que un etólogo.
Lo que le da coherencia retrospectiva a todo esto es el diagnóstico fiscal/económico que Milei hizo sobre el problema Argentino, una intuición correcta, que fue reproducida, primero en programas radiales y paneles y luego en streams, a lo largo de una década. Primero fue una curiosidad pseudo-académica, luego fue una opción electoral viable. El déficit genera desequilibrios que terminan llevando a la población a repudiar su propia moneda, la distorsión de precios encubre un estancamiento que nadie siente al principio y que cuando ya es imposible ignorar convierte las medidas correctivas en suicidio político. Era una lectura verdadera y rudimentaria al mismo tiempo: es el tipo de verdad que sobrevive su propia falta de elaboración porque señala algo que el consenso prefiere no nombrar.
De forma no-intencional, esos brotes funcionan como modo de señalar lealtades, crear enemigos comunes, disciplinar aliados, y sobre todo mantener a la oposición en un estado reactivo.
Esa intuición se convirtió en una licencia marcaria, explotada por sus muchos seguidores. Los operadores políticos que fueron llegando a medida que se construyó el espacio, la usaron como materia prima para una agenda que Milei no diseñó y que en muchos casos no comprende del todo. En campaña, Milei tenía un equipo económico muy distinto al que eligió luego de asumir como presidente. La coherencia ideológica del gobierno es en buena medida una construcción narrativa posterior, proyectada hacia atrás sobre una intuición original para darle forma de doctrina. Lo que de entrada podía ser un esbozo de plan económico, fue finalmente colonizado por un manojo de intereses, que encontraron en el diagnóstico correcto de Milei una legitimación ideológica y electoral que no podían conseguir por su cuenta.
Los estallidos de violencia verbal en redes sociales y los brotes a la luz de un plató de televisión, son leídos por la opinión pública como síntomas de inestabilidad personal o como señales de frustración coyunturales. Pero de forma no-intencional, funcionan como modo de señalar lealtades, crear enemigos comunes, disciplinar aliados, y sobre todo mantener a la oposición en un estado reactivo. Que Milei los produzca desde un lugar emocionalmente genuino (desde una herida que claramente no cicatrizó) no los hace menos funcionales para quienes los aprovechan. Esa autenticidad es parte de lo que los hace creíbles, y por lo tanto útiles.
Javier Milei termina siendo una víctima de su propio ascenso. Las mismas vulnerabilidades que lo hacen predecible para quienes lo rodean son las que producen los momentos de claridad diagnóstica que lo pusieron donde está. Y el entorno que construyó su éxito es el mismo que hace imposible que ese éxito derive en algo que se parezca a un gobierno.