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Sin corona

Continúo la tradición de este equipo editorial de analizar series de Netflix con mala leche y pretensiones.

Disectar una pieza de ficción torpemente ejecutada puede ser tan enriquecedor como analizar una obra brillante, o simplemente proficiente. Entender qué salió mal y por qué salió mal es tan constructivo como analizar qué salió bien y por qué. Intentar evitar el fracaso puede ser más gratificante y efectivo que esmerarse por replicar el éxito. La fórmula del fracaso, al final del día, suele ser más clara.

Una pieza de ficción pobre suele ser como un vidrio polarizado en reverso. Quien mira desde dentro tiene la vista nublada y quien mira desde afuera tiene una percepción cristalina. Como fuese, comencemos.

El Reino es una producción nacional para Netflix. Básicamente, a lo largo de 8 capítulos, trata la campaña electoral de un pastor evangelista luego del asesinato de su compañero de fórmula. Pero plantear que este es el eje temático es faltar a la verdad.

En este breve ensayo, voy a analizar tres facetas de la serie que la convierten en un fracaso para mí. Más allá de ello, hay problemas de libro, ritmo, dirección de actores y dirección de arte más granulares, a los que aludiré pero en los que no voy a concentrarme.

Una historia sin vórtex

La serie se siente desarticulada. A menudo, especialmente en series televisivas, el personaje principal opera como el centro de peso de la trama. Todo vuelve al personaje principal. En alguna dimensión, tarde o temprano, la serie se convierte en un estudio de personaje.

En el caso de esta serie, el material publicitario nos plantea un protagonista claro. Pero, a lo largo de los episodios, el presunto personaje principal simplemente «está ahí». Uno apenas tiene la chance de pasar tiempo con él, uno apenas tiene la chance de conocerlo. Uno o una, como espectador o espectadora, no lo sigue porque la trama no lo sigue. La cámara no lo sigue, el centro de la acción no es él. Sí, hay problemas a su alrededor, pero nunca logramos pasar suficiente tiempo con él como para entender visceral y espontáneamente cuál es su rol en ellos.

Especialmente en los primeros cuatro capítulos, el protagonismo es cooptado por personajes más jóvenes pero a quienes el libro ayuda incluso menos: Es decir, Chino Darín y Vera Spinetta.

Alguna vez, a un célebre actor le preguntaron cómo hacía para “entrar en personaje”. A lo que él contestó «no hay personaje, sólo líneas en una página». La broma, en ese caso, es que el entrevistado era Marlon Brando. No hay personaje hasta que el actor lo encarna. Pero, en este caso, es todo tan liviano desde lo narrativo, todo tan superficial, hay tan poco peso, que pedirle a un actor joven que respire vida sobre esas líneas es como pedirle que respire vida sobre un ticket de supermercado.

Los primeros momentos de la serie, que deberían establecer una impresión fuerte, nos dejan, primero confundidos, y luego decepcionados.

Un niño con una lámpara de gas sube hasta el ático de una casona, para encontrar a otro niño, a quien baña con una esponja y enseña a usar una navaja, en una secuencia que nos impone “recordá esto para después, va a ser importante”.

La próxima escena nos deja con los dos verdaderos personajes principales, la hija del protagonista y el hijo pródigo del líder del partido opositor. Hablan de su potencial embarazo. Peter Lanzani, desde otra habitación, demanda decencia con unos golpeteos. La muchacha escapa escaleras arriba. La interpela su madre, quien luego se retrae a su cuarto, donde está el personaje principal, quien le explica algo que ya le debería haber explicado hace horas: El causal de una lesión notable en el lado derecho de su rostro.

Un mundo sin PJ

Políticamente hablando, podría decirse que El Reino toma lugar en un mundo donde el peronismo no existió o ya dejó de existir. Desde los escenarios de la política, hasta las dinámicas en las que funcionan los personajes: Nada se siente argentino.

Hipótesis poco verosímil: Si me dieran la dirección creativa de una suerte de remake de esta serie, lo primero que haría es asegurarme de que todo fuese mucho más “grasa”. La casa del pastor, su origen social, su apariencia, su vestimenta, su relación con el dinero – nada remite al evangelismo argentino.

El pastor evangelista argentino promedio tiene por megaiglesia un galpón en la colectora de Acceso Oeste. Tiene el carisma y el ánimo de poder que, si hubiese tenido otra suerte, lo hubieran hecho un líder político u empresarial. Su poder fue construido sobre el no-tener, y sus fieles lo toman como un referente, no sólo de líder espiritual, sino también de referencia de éxito económico. Éxito económico diosdado, vale la pena aclarar.

Un exitoso pastor evangelista argentino es new money. Pero la estética (y la problemática final) de la serie remiten más al old money católico. El evangelismo es La Salada, no Patio Bullrich. Y el poder territorial del evangelismo suele ir de la mano con el poder territorial del PJ. Al tratar en una Argentina sin PJ, y sin la construcción sociológica de la clase trabajadora argentina, la serie se siente extranjera sin serlo.

Por otra parte, los orígenes humildes del pastor evangelista, su mérito sucio y sus convicciones dudosas, llevarían a la trama a tener matices éticos de los que carece.

Y, al final del día, los momentos más flojos de la serie provienen, no tanto de su falta de centro o de su desapego político-cultural, sino de lo unidimensional que resulta en lo moral.

Una ética sin matices

Es impopular hablar del deber de los autores de ficción de hacer esto u aquello. Más aún si se trata de un autor inédito y varón, haciendole señalamientos de corte oscurantista a una autora celebrada y feminista. Pero, por favor, no le atribuya a mi comentario connotaciones más allá de lo explícito. No tome esto como de quien viene.

Como autor, uno tiene el deber de abrigar ciertas dudas y cierta ambigüedad. Cierto grado de solidaridad con los personajes, aunque sea de vida corta o meramente protocolar, hace a una historia más matizada, más rica. Incluso en la ficción infantil o de corte didáctico. La ambigüedad moral enriquece la historia porque invita a hacer preguntas incómodas, y hacer consideraciones poco felices pero necesarias. En el peor de los casos, esas consideraciones, además, terminan reafirmando fundamentos básicos de la sociedad en la que uno vive.

La mejor manera de dejar ir una idea absurda es preguntarse qué pasaría si fuera acertada, y darse cuenta de que no hay un mundo posible en el que ese sea el caso. Un gran ejemplo es la novela inmoral por excelencia: Lolita de Vladimir Nabokov.

Los ajedrecistas novatos suelen buscarle soluciones complejas a problemas sencillos, mientras los ajedrecistas expertos saben cuándo un problema demanda, no respuestas enrevesadas, sino cierta elegancia intelectual.

La conclusión moral de Lolita es que el accionar de Humbert Humbert es aberrante y grotesco y que, aunque se intente contaminar su relato con toda la belleza del mundo, el interior está podrido. No hay felicidad ahí, no hay bondad, no hay amor. Pero llegar a esa conclusión toma trabajo, y la enorme mayoría de los lectores no se permite llegar hasta ahí.

El Reino no tiene un doble fondo moral. Todo lo que es malo es unívocamente malo. Una fiesta de electrónica es un lugar donde se consume cocaína, se tiene sexo frente a todo el mundo y se juega a la ruleta rusa por dinero con gente que no está del todo interesada en participar. El precio a pagar por contar una historia en esos términos es, justamente, que la audiencia no va a tener que preguntarse demasiado para entender de qué se trata. Lo que se consigue a cambio es que nadie va a malinterpretar nada.

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