ArgentinaMilei, El Mulo, o de cómo Cositorto es inevitable

Milei, El Mulo, o de cómo Cositorto es inevitable

«Less is known of ‘The Mule’ than of any character of comparable significance to Galactic history. His real name is unknown; his early life mere conjecture. Even the period of his greatest renown is known to us chiefly through the eyes of his antagonists.»

ISAAC ASIMOV
FOUNDATION AND EMPIRE – PART II
CAP. 11 BRIDE & GROOM

En la saga Fundación, Asimov describe un Imperio de avanzada, hegemónico y que transita el principio del fin de su ciclo de vida. Una sociedad excesivamente vanidosa, embriagada de autoconfianza, es incapaz de ver su propia corrupción y estado de esclerosis. La aparición de un personaje -el Mulo- comienza a revelar las propias incapacidades de los jerarcas del Imperio, al tiempo que éstos no pueden entender como una persona grotesca, fea y desagradable logra convencer a buena parte de la sociedad a fuerza de alterar sus emociones.

La historia de Fundación es también la historia de como incluso los más brillantes estrategas fallan al percibir las peores amenazas, y aún teniendo toda la información disponible, son lo suficientemente miopes como para ver al burdo personaje que hace colapsar el castillo de naipes de la sociedad. Hari Seldon, en su infinita sabiduría, entiende ésta miopía como parte fundamental de la corrupción que lleva a la destrucción del Imperio.

Cuando hace unos días charlaba con una persona -a quien le tengo un enorme respeto intelectual-, ésta leyó mi mente al hablar sobre el gran suceso de la política argentina, Javier Milei. En mi digresión, yo le explicaba que había *algo más* alrededor del fenómeno, una energía de época, un espíritu, que era el causante de la pasión que despierta en sus seguidores, y los miedos de sus detractores. Ese *algo más* de algún modo trasciende a la persona, y en algún punto, podría pensarse que no es la manifestación más avanzada del fenómeno.

– Lo que hay atrás es fascismo

respondió la otra persona luego de ponerle azúcar al café. Dicho por él, obviamente no fue una acusación, ni una descalificación, ni la expresión de un miedo, aunque tampoco una reivindicación: es lo que es, o al menos, ese es el nombre que le podemos dar. ¿A qué? Voy a intentar explicarlo, por muy complejo que sea, y a sabiendas de que está lleno de Hari Seldon hoy abocados al tema.

Pueden trazarse varias líneas para entender al fascismo: como fenómeno psicosocial de una juventud reprimida; como la manifestación de un proceso económico-tecnológico que tensiona lo político; como un tránsito espiritual donde la sociedad se aferra a osificadas liturgias por miedo a la muerte ante una energía tempestuosa que devora todo lo viejo, etc. Una explicación primitiva al fascismo puede encontrarse en El XVIII de Brumario, en La República, o en Los Discursos de la Primera Década de Tito Livio.

Son todas buenas y complementarias explicaciones para aquello que estamos viviendo, aunque en su análisis no admitan posibilidad de operar sobre los hechos en sí. Ésto en parte ocurre, porque aquello sobre lo cual el fascismo opera -una minoría turbulenta- no suele ser consciente de sí-misma hasta las fases más avanzadas del proceso histórico, y su contraparte -un cuerpo social esclerotizado- puede llegar a intuir el berenjenal en el que está metido pero carece de mecanismos de corrección para evitarlo. Ésto es especialmente cierto en las sociedades democráticas, en las cuales se diluye la soberanía hasta el punto donde resulta imposible que aparezca alguien con la iniciativa política para, aunque sea, arreglar un semáforo, algo que buenamente Maquiavelo nota en la obra anteriormente citada, “Los Discursos…”.

Algo muy interesante del fenómeno, es su inevitabilidad: Imagine por un momento que, en un asado familiar, usted descubre que todos sus parientes han decidido vender sus bienes y ahorros para invertir en ZoeCash. El lector intentará, inútilmente, convencer a los pobres parroquianos de que Cositorto es a todas luces un estafador, intentará mostrar lo absurdo de los fundamentos económicos de la propuesta de inversión, dando ejemplos rudimentarios de cómo se encuentran metidos en un esquema ponzi, etc. Ante eso, encontrará tres tipos de personas que caen bajo los encantos del estafador:

  • Aquellos que, habiéndose dado cuenta de la estafa, se mantienen firmes en la posición buscando encontrar “alguien más” a quien cagar.
  • Aquellos que, habiéndose dado cuenta de la estafa, siguen creyendo públicamente en ella para no enfrentar su propia estupidez
  • Aquellos que son demasiado estúpidos como para ser convencidos de que cometieron un error.

Ante ese contexto desolador usted pensará que el Estado debiera proteger más a las personas de éstas estafas, imponiendo regulaciones y fuertes penas, aunque a la larga entenderá que, haga lo que haga, es imposible regular el libre albedrío de las personas que voluntariamente encontraran, llegado el caso, una situación en la cual se verán estafadas. Tampoco es posible deshacerse de todos los estafadores, ya que su aparición es la manifestación de una persona con mejores habilidades sociales, que se encuentra rodeada de corderos; o de un líder guerrero en una tribu amenazada por predadores y otras tribus hostiles. “The primal forces of nature, ecological balance”.

De forma análoga: las medidas necesarias para evitar un hipotético ascenso del fascismo requieren generar consensos en personas que no tienen el mismo sentido de urgencia y en muchos casos, ni siquiera el estadío de consciencia para comprender la situación. Y lógicamente, también estarán los que habiendo leído las reglas, se ponen a jugar con frialdad; los estafadores.

La contracara de esto es una sociedad que efectivamente no entiende -o se resiste a entender- cómo opera ese espíritu del que hablamos, lo plantea como algo a eliminar aunque no está dispuesta realmente a hacerlo, o que sabiendo que las reglas cambieron, sigue aferrada al viejo modo de hacer las cosas, como una especie de resistencia estoica. Si, Milei está loco, y es precisamente su atractivo; si, Milei es evasor, y es su respuesta política a un sistema que condena abiertamente; si, Milei es el violento, en esa tribu que hace rato dejó de fabricar lanzas y se olvidó como blandirlas.

Podría pensarse ésto en paralelo a, por ejemplo, cómo reacciona el sistema escolar ante situaciones de bullying, castrando la respuesta de la víctima y resistiéndose a enfrentar a los agresores, una matriz ideológica que incluso logra permear en los padres de las víctimas. Luego, cuando el problema estalla, maestros, supervisores y directivos dirán «nosotros no estabamos enterados de los problemas entre los chicos”.

Volviendo a lo nuestro, y pensando en el ejemplo anterior, se plantea la situación donde los agentes institucionales son demasiado ingenuos (incompetentes) como para solucionar el problema, y donde la estructura impide la aparición de actores por dentro de la misma que puedan recalibrar el sistema. Esto ocurre a un nivel institucional, a un nivel ideológico y a un nivel espiritual: por eso no hay cosa que los detractores de Milei vean como una falla, que sus seguidores no vean como una virtud. Incluso en su excentricidad casi infantil, en su probable incapacidad de lograr un décimo de su plataforma, el éxito a mediano plazo de aquello que encarna es inevitable, hasta que el sistema se reacomode.

Por lo tanto, y suponiendo un triunfo electoral el año que viene -aunque no es necesario-, Milei podrá decir: soy mucho mejor de lo que ustedes creen y mucho peor de lo que imaginan.

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