Lo que Hamás me enseñó sobre el humor o Como aprendí a dejar de preocuparme y amar a los cohetes

Nicolás Luna, viviendo en Tel Aviv, nos cuenta su experiencia sobre reírse del miedo a que te caiga un misil en la cabeza, y hace una exploración sobre la guerra y el humor.

Lo que Hamás me enseñó sobre el humor o Como aprendí a dejar de preocuparme y amar a los cohetes

Mi sentido del humor es algo que forma parte de mí. Todas las personas que conocí cara a cara o bien me creen un pelotudo o alguien relativamente gracioso. A pesar de esto, todos reconocen que tengo un sentido del humor particular. Mi humor se encuentra en el cruce extraño entre una crítica a mis actitudes, el cinismo, el sarcasmo y un desprecio total por lo que los demás aprecian.

Por supuesto es humor, y no refleja en totalidad mis opiniones. Es solo una herramienta de la que abuso para lidiar con las situaciones que me interesan o me angustian. A pesar de entender cómo se configura mi sentido del humor, creo que nunca comprendí de donde surge. Creo que esta falta de comprensión me generó mil problemas como discusiones eternas con mi madre y con mi hermana. Todavía recuerdo sus vistas perdidas ante alguna de mis ocurrencias, una expresión entre desprecio e incomprensión y un pedido urgente de explicaciones. Al día de hoy, me sigue ocurriendo que amigos y colegas se me quedan mirando y esbozan una sonrisa cuando llego con una nueva idea. Aprendí de esto y me abuso. Si la idea es buena y no se ríen avanzo con confianza. Caso contrario tengo margen para recular y continuar como si todo hubiera sido un chiste planeado desde el comienzo.

¿De donde viene esto? ¿Cuál es la naturaleza misma de lo que nos da gracia? ¿Estoy en un estado de naturaleza cómico que asusta a quienes me rodean? Nunca había pensado en esto hasta el otro día que Hamás me tiró un cohete. Después de la primera vez que sonó la sirena de emergencia en Tel Aviv, me levanté y fui al refugio. Me senté y esperé a que todo terminase. No hay nada gracioso en eso, pero sin duda despertó en mí un sentido de supervivencia distinto al que tenía desarrollado en Buenos Aires.

La primera vez fue una sorpresa. Me encontré junto a una decena de desconocidos y un par de amigos. Todos asustados, algunos a punto de hiperventilar o al borde de las lágrimas. Me acerque a una ventana para cerrar sus persianas de metal reforzado, y aunque pude, note como las rodillas y las manos me temblaban. Luego de esto me senté en una ronda y ante la desesperación del grupo empecé a hablar. Creo que hablé con casi todos esa noche. Los temas eran los mismos ¿De dónde sos? ¿Qué estudias? Luego de cada respuesta repetía lo que me decían y sumaba un bocadillo. “¿Estudiaste Ciencia Política? ¡Yo también! Lo siento por vos”, “¿Sos de Puerto Rico? A mí también me gusta Bad Bunny”. Fue por lejos un momento de escaso valor cómico, pero nos reíamos y nos sirvió para no pensar en las sirenas ni en las explosiones que se escuchaban a lo lejos.

Con el pasar de las horas la novedad se agotaba y por suerte pudimos dejar el refugio. Volví a mi cama con la tranquilidad de que la situación era terrible, pero también de que era manejable. Ahora lo pienso y me río. Lo terrible de que vuelen cohetes por el cielo es que a pesar de que sepas que hacer y estés preparado siempre hay una novedad. Te dejaste las ojotas del otro lado del departamento, tenías la ventana abierta o estabas con gente. Una vez que llegas al refugio confiado en que sabes que hacer te encontrás que sólo podés presentarte una cantidad limitada de veces. Así que esa seguridad que tenías cuando volviste a la cama quedó con tus ojotas y tenés que pasar quien sabe cuánto tiempo con estos extraños en esta situación angustiante.

El segundo día de ataques comenzó con tranquilidad. Prometieron cohetes contra Tel Aviv a las 19 hrs., así que antes de que se volviese imprudente estar afuera con una amiga salimos a hacer unas compras. Llenamos una bolsa con chocolates, gaseosas y papas fritas y volvíamos hacia nuestros departamentos. Para volver había que caminar por una calle que de un lado tenía una reja y un parque y del otro un estacionamiento y una fábrica. No era la primera vez que hacíamos este recorrido y usualmente el mayor problema que teníamos era la falta de árboles y el calor agobiante de cualquier ciudad en el Medio Oriente. Todo estaba tranquilo y todavía teníamos una hora para prepararnos antes del primer cohete. Y de repente nos pasó lo que cualquier extranjero más teme en una visita a Israel. Un sonido creciente, penetrante y a la distancia empezó a tomar fuerza. Es muy difícil explicar cómo suena esa sirena porque nunca la escuchas bien. La adrenalina que te genera es tanta que, aunque es sumamente reconocible también es sumamente extraña. Si tuviese que compararlo creo que el sonido es un punto medio entre una moto acelerando a lo lejos en una autopista vacía y una puerta vieja que lentamente se abre. Una mezcla entre crujido y queja que se hace más claro con cada segundo que pasa. Mi amiga me miro y me dijo “mierda” y empezó a correr. Pensé “¿A dónde estás yendo?”. En nuestro camino no hay ningún edificio a donde entrar para refugiarse y tampoco había israelíes para seguirlos a un refugio cercano. Estábamos muy lejos del departamento para llegar a nuestro bunker, pero también entendí que estábamos lo suficientemente cerca como para intentar lograrlo y morir en el intento. Me gustaría poder decir que con mucha certeza grite el nombre de mi amiga, tome su mano y me arroje al suelo con ella, pero la verdad es que tire la bolsa de las compras, me di con una botella de Coca-Cola en el pie y me acosté torpemente en el piso.

El ruido de la sirena se hacía más claro mientras todo esto ocurría la sentía cada vez más cerca. De repente la sirena se hizo reconocible y dejo de ser una sirena. En el medio del estacionamiento había una camioneta F100 con el capó levantado y dos tipos al costado. Fue ahí que reconocí que el ruido era el motor de un auto haciendo un esfuerzo por arrancar. Me incorporé, miré a mi amiga que había avanzado pocos pasos y le dije “es un motor”. Sentado en el piso, con el pie adolorido y con la botella de Coca-Cola que ya había rodado una distancia más larga que la que mi amiga había corrido, me reí. Me reí como si todo hubiera sido un sketch enorme. Y ahí entendí que es lo que da gracia.

El humor no es más que una expresión de que aquello a lo que tememos no es real. Esto aplica al humor físico de los Tres Chiflados golpeándose hasta el hartazgo, pero manteniéndose seguros, hasta mi sentido del humor de decir las cosas más horribles solo para reírme y asegurar que lo que dije es falso. Tan falso como esa sirena que creí escuchar volviendo del supermercado. No tengo nada de respeto por Hamás. Cualquier sonido constante que escucho me sobresalta. Puede ser el motor de mi heladera o la alarma de un auto y ya busco donde están mis ojotas para salir corriendo. Sin embargo, me enseñaron que es lo gracioso en su estado más natural y sin darse cuenta me dieron la mejor herramienta para combatir el miedo.