CulturaEl Diablo Encuentra Trabajo: Edición BTS [La leyenda continúa]

El Diablo Encuentra Trabajo: Edición BTS [La leyenda continúa]

Contexto

Hace una eternidad (es decir, en noviembre de 2019), tuve una discusión en Twitter con fans de BTS. En su momento, yo era una persona distinta, con muchísimo tiempo libre y doblemente más humilde. Es por eso que podía mantener una columna semanal en la que analizaba el «macro» que llegaba a mí en la vil forma de polémicas twitteras.

Hoy, en una ceremonia lackluster (los Grammys), vi actuar al grupo coreano. Descollaron. Son encantadores, son talentosos, bailan en un frenesí prolijo. Todo en ellos fue calculado por un aparato corporativo. No son espontáneos. Pero son excelentes. Y prefiero su excelencia evidentemente calculada a, por ejemplo, la desprolijidad de J Balvin – quien no es desprolijo porque es Kurt Cobain. Es decir, no ganamos nada con su falta de voluntad, no labura de taquito porque está cansado de vivir. No está comunicando nada en un postureo intencionado. Sólo es malo. Es desprolijo porque ofrece un producto musical poco competitivo.

Me recuerda al cover que Lil Nas X hizo de «Jolene», el hit de Dolly Parton – a quien amo, por supuesto 🏳️‍🌈. Durante la canción entera, Lil Nas canta en un monotono, sin comunicar nada, sin transmitir nada. Está ahí para hacer acto de presencia. Vino con la peor de las ondas y se nota.

En contraste, la versión del tema del heterosexual Jack White transmite un sentido de desesperación, vergüenza y dolor que rara vez he visto. Es una versión menos «pulida», pero porque debe serlo. Donde Dolly rogaba y apelaba a su encanto y a cierto sentido de solidaridad, Jack White apela a la misericordia. Como canción y como concepto, es fantástico.

Como fuese, volviendo a BTS: Ver a los encantadores coreanos me recordó a cierta explicación que di, en su momento, sobre el costo humano de tal excelencia performática. Lo comparto aquí debajo.

Muchas cosas cambiaron desde 2019 hasta la fecha. Pero esto no. Como suele decir mi padre, «es el mismo viejo y sucio mundo de siempre.»


La semana pasada, temí que esta serie debiese terminar prematuramente, triste consecuencia de la incapacidad de mis círculos sociales de discutir sobre algo que no esté vinculado a elaborar juicios maniqueos sobre la genitalidad de la gente. 

Ayer (escribo esto el lunes 25 de noviembre), el título de esta maladada serie fue reafirmado: No hay recesión para Lucifer. 

Una “ídola” del pop coreano, Goo Hara cometió suicidio. Esto sucedió semanas luego de que otra “ídola”, Sulli fuese hallada muerta en su departamento. En su caso, también se sospecha suicidio. Un artículo sobre la muerte de Sulli, publicado en el Washington Post sugiere lo evidente: 

“Si se hallase que [Sulli] tomó su propia vida, resaltaría las enormes presiones a las que son sometidas las estrellas de K-pop, por parte de compañías explotativas, fans demandantes, y falta de asistencia en salud mental.”

Cualquiera que haya echado un vistazo sincero a la industria en cuestión, la sabe cruenta — Increíblemente cruenta. Para más información, recomiendo ver este video de Cuck Philosophy:

Si se tratase de los suicidios casi simultáneos de dos actrices pornográficas, y no de dos “ídolas” K-pop, la misma horda que está buscando detalles en la vida personal de alguien sometido a condiciones de semiesclavitud, culparía a la industria. Por supuesto, en lugar de hacer lo que yo hice algunas semanas, y deconstruír sus consumos problemáticos, los K-poppers defendieron en masa un negocio que saben destructivo, que saben deshumanizante.

No, no es que tu carrera se desarrolle lejos de tu familia, en un contexto de competitividad extrema que desincentiva la camaradería. No, no es que vivas en una cultura laboral en la que figuras de autoridad humillan en público a jovencitas por subir de peso. No, es meramente un detalle anecdótico que vivas desde muy temprana edad a disposición de una corporación, siendo una máquina de hacer guita y nada más. No, no es lo peor de la industria del espectáculo Occidental, pero a la enésima potencia, en una cultura en la que cualquier consideración es un lastre. No es la hipercomodificación del individuo, es cualquier otra cosa. 

¿Qué puedo decir sobre esto? Oh, bueno — lo tomaré por partes.

El K-pop es identidad cultivada. Atacar el K-pop es atacar personalmente al K-popper, porque ese consumo dota de contenido a la identidad del consumidor. Como bien escribió Peter Coffin, quien acuñó el término “identidad cultivada”:

«El cultivo de la identidad consiste en definir a la gente, en su núcleo, de una manera funcional a un propósito, y es puesto en práctica al colocar un “consumible” cerca de o en el centro de la identidad de una persona. Por “consumible” me refiero a un producto, un programa televisivo, una franquicia, un punto de vista, o lo que fuese. Sería imposible que ese consumible tuviese un conjunto de ideales completamente formado, pero tiene principios y requerimientos propios. El marketing asociado continuamente empujará a la persona a concentrarse más en el consumible y, eventualmente, a poner su identidad en una posición frágil.»

La industria del K-pop es un oligopolio. No hay escena alternativa, no hay pequeñas discográficas, sólo enormes corporaciones.

Entonces, quienes defienden la industria, no sólo están defendiendo un consumo que dota sus identidades, sino también a enormes corporaciones. La identidad es un producto corporativo, las causas sobre las que uno siente apasionadamente son productos corporativos. Entonces, uno es un consumidor indulgente, siempre dispuesto a consumir un poco más y a repetir excusas. 

Los intereses corporativos y los intereses estatales son uno y el mismo. El K-pop es el mayor producto cultural de Corea del Sur, y su exportación hace a su soft powerComo observan Valge & Hinsberg:

«El ex-presidente de Corea del Sur Park Geun-hye declaró en su discurso de asunción del año 2013 que «En el siglo 21, la cultura es poder». El apoyo presupuestario a esta industria por parte del gobierno de Corea del Sur caracteriza la tendencia a usar el entretenimiento como una herramienta de política económica y de política exterior (…) El «soft power» del K-pop en la política exterior es evidenciado en las presentaciones de CL y EXO durante la ceremonia de clausura de las Olimpíadas de Invierno en Pyeongchang , en 2018, en el discurso de BTS en las Naciones Unidas y en el hecho de que el ex-presidente de Los Estados Unidos, Barack Obama notara en su discurso en La Conferencia de Liderazgo Asiático de 2017 cuántos norteamericanos estaban aprendiendo coreano debido a su interés por el grupo de K-pop SHINee.«

Vale la pena mencionar que, en el trabajo citado, Claudia Valge y Maari Hinsberg problematizan los contratos «esclavistas» a los que se someten a preadolescentes que tienen intenciones de ingresar en la industria, así como la asiduidad de la violencia sexual en los espacios corporativos en los que el K-pop se gesta.

Con respecto a los contratos esclavistas, Valge & Hinsberg notan que, antes de que el gobierno coreano interviniera, las compañías podían firmar contratos de diez años tras «scoutear» a un preadolescente. Ahora, estos contratos sólo pueden comprender un máximo de 7 años de trabajo. Por otra parte, en 2008, el dúo TVXQ demandó a su empleador, SM Entertainment por negarse a pagarles luego de que su álbum vendiese menos de 500 mil copias.

Entre los productos de _SM Entertainmen_t están EXOSuper JuniorGirls’ Generation, la difunta Sulli y SHINee. Uno de los miembros de SHINee, conocido como Jonghyun, cometió suicidio en 2017.

Que muchas K-poppers sean radfeministas anti-pornografía es hilarante y paradójico. Esclavitud con fines sexuales: «Si tuviese las pelotas para ser políticamente activa, quemaría un Ministerio por esto. Esclavitud con cualquier otro fin: La razón de mi vida».

Por otra parte, tengo la hipótesis de que las K-poppers no pueden tolerar que sus ídolos sean infelices porque viven vicariamente a través de ellos. Sus cuentas en redes sociales son monotemáticas, desarraigadas, mayoritariamente, de su vida personal. Intercambiables, poco notables, difíciles de diferenciar.

Algunas K-poppers, apodadas «Koreaboo», fetichizan la cultura y la gente de Corea (incluso contando con escuetísimo conocimiento real al respecto), y actúan como si fuesen coreanas, en una parodia para nada maliciosa – pero no por eso menos ridícula u ofensiva.

Por supuesto, cuando supimos del suicidio de Goo Hara, Pak y yo tuvimos la pésima idea de twittear al respecto. Recibimos cuatro tipos de respuesta: 

  1. Misandría, en mi caso. En el suyo, acusaciones de ser poco sorora/poco empática.
  2. Justificaciones imbéciles/disgreciones (“la industria no tuvo nada que ver”).
  3. Insultos, invitaciones agresivas a “informarse” y coso.
  4. En el caso de Sasha, cuentas monotemáticas levantaron selfies que había publicado hace semanas, y la trataron de fea y etcéteras. Esto no fue solamente infantil, sino también factualmente errado.

Pero, entre decenas de respuestas prescindibles, hubo una confesión. Una muchacha contestó:

“las chicas de la industria están tratando de cumplir sus sueños una vez q entran ya no queda más q apoyarlas porque si las dejamos ahí flopear lo único q va a pasar es q las traten peor y las exploten para llegar al éxito. no apoyarlas es condenarlas todavía más.”

Básicamente, hay que consumir productos culturales de este aparato horrible. Si no, van a tratar peor a sus esclavos. ¡Qué bien! ¡Esa es, seguramente, la posición correcta! ¡Así se hacen revoluciones, negociando con terroristas! 

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