Comunicado: 10/12/2019

La postura de la izquierda los últimos 30 años, mayoritariamente ha estado centrada en una vaga crítica al sistema económico, una naturalización de la asimetría y la acumulación que ha pasado a tomarse por impericia más que por la voluntad del enriquecimiento abusivo del 1%. La tradición rupturista, otrora respaldada por la existencia del bloque socialista, fue reemplazada por una socialdemocracia redistributiva. Ésto no quiere decir que sea algo malo per se, pero resulta obvio que dentro de las reglas institucionales y económicas es imposible ir más allá de ésto y consecuentemente condena a éstos modelos a una especie de ciclo “derecha ne0lib3r4l-izquierda socialdemocrata” que en realidad sólo expresa la circulación del capital de una forma de tráfico a otra.

El caramelo de la izquierda fue la conquista de derechos civiles y la defensa del consumo de las clases medias-bajas. Otros reclamos han venido acompañados de un anticapitalismo chic, conformista; reclamos prestos a resolverse mediante vías institucionales o corporativas que terminan favoreciendo a la elite más que a cualquier otro sector. Not anticapitalism at all

O al menos, así lo expresan ciertos sectores de la derecha populista al chicanear para legitimar su odio a las minorías -una se siente tentada a señalar que estamos en plena construcción de las personas trans como el judío del siglo XXI- en orden de generar una falsa sensación de identificación entre las filas de los que se cayeron del sistema luego de la contrarrevolución Reagan-Thatcher. ¿Ya podemos llamar neoliberalismo a lo que trajeron éstos muñecos, o tenemos que pedirle permiso a algún lobbyista?

Es decir: las mismas fuerzas que generaron el desamparo de los sectores medios a causa de la reterritorialización del capital luego de la apertura en los 80–90, ahora intentan culpar al 1% equivocado, los putos, los judíos, los indios. Ponganle el nombre que quieran a un movimiento que desplaza una crítica al sistema económico hacia un chivo expiatorio.

El peor negocio de la izquierda fue dejar de señalar que el desamparo de las mayorías, la imposibilidad de forjar proyectos de vida sostenibles por fuera del consumo, era a causa de las fuerzas que también le permitieron a ciertos sectores una mejora en sus condiciones de vida. Conviene señalar que aferrarse a la defensa de esas conquistas a expensas de no lograr romper el velo del sistema económico las vuelve altamente volátiles: al igual que la institución-familia nuclear o incluso la raza lo fue hace no mucho tiempo, el género fluido, la aceptación de los homosexuales o la equidad entre hombres y mujeres son útiles hoy para el mercado pero mañana puede que no lo sean. Menos aún en una “revolución conservadora”.

El paternalismo (con altísimas dosis de clasismo) del cual hizo gala el progresismo alrededor del globo es la inyección letal de los derechos de las minorías que dice defender. No lo digo por oponerme a sus demandas, sino porque las considero incompatibles con una narrativa que explique por qué a la mayoría de la población la están cagando.

Algo que es transversal a todas las expresiones políticas es que sus logros vienen a expensas de su neutralización como sujeto político, su subordinación al Estado y a las corporaciones a la hora de expresar la necesidad de una transformación.

Pero, ¿Qué lleva ahora a esa izquierda progresista a acatar el mandato del poder, a recibir la estocada de la austeridad? Ponerse de ese lado implica necesariamente dejar la lucha contra el sistema económico en manos de quienes también se oponen a la conquista de derechos civiles (lucha que ya puede darse por perdida por parte de la izquierda en tal caso). Hay un alto componente de confort ideológico, pero tambien de temor y vergüenza. Hay que dejarlos atrás.

El fanatismo con el que hoy los bienpensantes defienden al actual gobierno actúa en una doble barrera: de transformación, porque se torna imposible una reforma estructural del sistema político económico si toda tu praxis está basada en esas instituciones preexistentes; y de entendimiento, porque no puede comprender cómo alguien puede oponerse a sus dogmas. La democracia es un dogma. El capitalismo es un dogma. El universalismo es un dogma.

What is to be done?

Lo que tenemos por delante es un diagnóstico que no merece ser discutido.

La consecuencia de no abordar esto a tiempo no será meramente una persecusión a las minorías. Un viraje autoritario hará que las mayorías sufran políticas destinadas a preservar los intereses de la clase dominante. No debemos caer en la trampa de la santificación de las opresiones para desplazar de la discusión aquéllo que se busca realmente reprimir: cualquier cuestionamiento a los privilegios del 1%.

Pero además, el enfoque que necesita una construcción de izquierda de hoy en adelante no debe contemplar más la idea de “debate-conclusión” sino de “problema-solución”. Es necesario transmutar el falso impulso colectivo (en realidad individualizado) del reclamo, delegativo y atomizado fácilmente, y redirigirlo a una construcción que aparente ser individual, pero en realidad orgánica y con un programa real para conseguir el poder, y un sistema que reemplace el existente. Alguna clase de estructura vertical es necesaria para conseguir algo.

Las herramientas de las corporaciones de medios y redes sociales pueden ser muy utiles para esta clase de propósitos, tanto como lo son para los grupos de derecha. En lugar de una escandalización respecto de la circulación de mensajes “repudiables”, la izquierda debe preguntarse qué podemos decir nosotros que resulte desagradable para el Poder.

Ésto no quiere decir que no haya que pensar, que razonar o que analizar cómo están las cosas, sino más bien encarar el proceso de pensamiento en función de la acción concreta.

Un movimiento de estas características necesita recursos. Pues bien, buscamos la manera de financiarnos. El desafío no estará en saber si el origen de los recursos es ético (en cuanto cualquier forma “empresarial” tendrá ciertos puntos ciegos éticos), tanto como en evitar que dicha obtención implique una falta de control sobre el propio movimiento.

¿Se planifica una acción concreta contra la clase dominante? Pues se piensa en cada detalle, se tiene en consideración el flujo de información para proteger a los involucrados de posibles filtraciones y consecuencias.

Y así con todo. Se hace lo que se debe hacer. La derecha radical ya entendió que esto es una guerra hace años, y se están entrenando. Hagamos lo propio.

Pero claro, una praxis de éste tipo requiere un cambio radical de la actitud individual frente a los acontecimientos políticos.

Requiere volver a aprender a forjar estructuras de confianza, requiere disciplina y aprender a acatar (y a desacatar cuando sea necesario). Requiere coraje.

Requiere estar dispuestos a sacrificar cosas, a que una mejoría no necesariamente implicaría mantener el estado actual de cosas – Gracias a Dios.

Nada lo impide excepto la propia voluntad de aceptar que la situación es crítica.

No tenemos nada que perder,