Los peligros del falso futurismo

Hay algunas realizaciones que le llegan a uno a cuentagotas. Me identifico con un progresismo que pretende alzarse por encima del discurso partidario que glorifica la precariedad y no articula seriamente un proyecto de país superador. Pero dentro de esa tendencia, siempre y cuando uno quiera seguir considerándose progresista, uno debe estar atento a ciertos discursos que articulan el futuro como una mera conjura tecnológica, y no como algo teórica, intelectual y espiritualmente superador. No debe confundirse la propuesta “el futuro va a ser mejor porque habrá más riqueza, distribuída de una manera más eficiente y justa” con la propuesta “el futuro va a ser mejor porque yo y aquellos como yo vamos a tener incluso más apoyo que el que ya tenemos para seguir acumulando riqueza.”

Usando la Caja Bento de las decisiones a futuro, podríamos decir que buena parte del discurso que plantea que lo que hará al futuro mejor es más tecnología no se hace desde el “Future Us” sino desde el “Future Me”. Y tanto “Now Me” como “Future Me” está más cerca de la “Clase Vectorialista” (para ponerlo en términos de McKenzie Wark), que de la persona promedio.

How the Bento Box Can Change How We Think About the World | Time
Fuente: Time Magazine

En cierto video, el youtuber Tom Nicholas analiza el atractivo que Elon Musk tiene para cierta demográfica, que parece no notar que su proyecto de futuro gira alrededor de la idea de que la inequidad se va agravar, y por lo tanto, los ricos van a necesitar una mayor segregación del espacio: Si es posible, en túneles subterráneos, con plataformas móviles que desplacen sus automóviles. Si es posible, en marte.


Pero, más allá de Elon Musk: Hay un tipo de discurso sobre el futuro que es poco ambicioso, unidimensional, limitado y clasista. Y es un quirk de clase – al fin y al cabo, la enorme mayoría de quienes trabajamos en tecnología y rubros relativos somos de clase media (al menos) y crecimos en zonas bonitas, habiendo conocido un grupo de gente cuidadosamente curada por los filtros tanto espontáneos como impuestos adrede por nuestros padres.

Hace un tiempo, escribí sobre la “distribución inequitativa del futuro”, a través del análisis de una columna publicada en La Nación. En esta país hay gente con problemas básicos a la que faltan cosas básicas -y no es poca. Actualmente, hay más de 500 personas acampando en un predio en Guernica. Se establecieron allí ilegalmente, muchos de ellos inmigrantes y muchos de ellos llevados por una organización de origen misterioso. Tienen dos problemas claros: El así llamado “problema de la vivienda” y el así llamado “problema del trabajo”. ¿Cómo va a solucionarle esos problemas harto complejos, avasallantes y francamente aburridos de analizar, que yo tenga un empleo en una consultora? ¿Cómo les va a solucionar algo que, en lugar de ser la señora de un rico o una supermodelo, quien vaya a ser mi CEO sea una CEO? ¿Cómo vamos a imaginar un país que se levanta a fuerza de pura tecnología, si el 63% de los chicos son pobres, y muchas de las empresas tecnológicas que alavamos como “unicornios” y pedacitos de futuro sólo empeoran los problemas que tienen los pobres?

AirB&B sube los alquileres, una miríada de startups funcionan gracias a trabajo precarizado que están haciendo todo lo posible para automatizar. Y algunas startups que prometen el entrenamiento necesario para alzarse por encima de la pobreza e integrarse en el mercado terminan fallandole a sus alumnos en masse, y además permitiendole a inversores apostar contra la capacidad de los alumnos de pagar sus deudas. Muchas startups, por otra parte, tienen como mano de obra a trabajadores precarizados que, a pesar de ser miembros de la clase media educada y trabajadores “especializados”, están mal pagos y trabajan en condiciones que los hacen vulnerables y descartables.

¿Cuándo le llega el futuro a los pobres? ¿Cuál es su lugar? ¿Por qué sus condiciones de vida son un afterthought, no un desafío, sino un mero contraargumento que hacer a un lado como irrelevante? En 15 años, si seguimos El Proyecto de Un País Mejor de los tecnócratas, yo voy a estar trabajando en una startup de curitas que te dicen la hora, y mis hijos van a tener clases de robótica en su colegio trilingüe (esto último no me será un lujo, si no hablas chino y ruso, serás abruptamente detenido y pulverizado con cañones ultrasónicos de producción nacional). Pero, ¿Cómo reformamos el sistema de producción, cómo reimaginamos la política, para que sea imposible que haya una familia de cuatro viviendo en una carpa en un descampado, arrastrada por dios sabe quién, porque no tiene dónde vivir? Si no vamos a pensar en reformas sistémicas y profundas para la mejora objetiva de las condiciones de vida de la gente que la está pasando mal, estamos teniendo una charla de café.

Un proyecto de futuro radical y emocionante tiene que involucrar más que mejores oportunidades laborales para los sectores medios y medio-altos. Sería lindo, but that doesn’t a country make. That doesn’t a future make. Y considerando la magnitud de los problemas que se ignoran cuando se toma ese único caballito de batalla, es algo irrealizable.

¿Significa esto que la tecnología es mala o una preocupación pequeñoburguesa? Para nada. Pero se piensa en la tecnología como la confección de chiches que ludifican y agilizan ciertos detalles de la vida diaria. Muy lindo. Las tecnologías son dispositivos de gestión del poder, que lo perpetúan, lo transforman o lo redistribuyen.

Con esto en mente, el desarrollo tecnológico debería, antes que nada, ser emancipatorio y darse en función del bienestar y los intereses del país y de su gente, no de un sector muy reducido de privilegiados enamorados de la estética del progreso pero con una ideología excluyente y de corto vuelo.

A todo esto, mi propuesta superadora sería el desarrollo de un polo tecnológico de inversión mixta (privada y estatal) orientado a defensa y al refinamiento de procesos productivos a través de dominios (desde agricultura a pequeña y mediana escala hasta industria pesada). Esto ya existe en Argentina. Justamente, como arguyó una colega en un artículo vinculado al principio de este, Argentina podría tener un submarino nuclear, tiene las capacidades. El problema no es tecnológico, es político. Y no se trata de un gobierno o un Estado que no quiere desarrollar la tecnología, sino de la falta de un proyecto de poder que encarne el utilizar esto en función del progreso emancipatorio.

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