Por qué los Straight Edge tienen razón

A menudo, quienes se promocionan como interesados en “discutir ideas”, llevar a cabo ejercicios de pensamiento investigando el mérito intelectual de lo impensable, no son sino los tímidos (si se quiere, cobardes) portadores de ideologías nefastas. Y en cierta manera es un insulto a quienes realmente quieren considerar ideas alocadas de una forma sobria, honesta y desinteresada. Esta no es sino la primera entrega de una serie de ensayos en los que haré justamente ese ejercicio.


El movimiento Straight Edge surgió en la escena punk de Washington DC, durante los años 80s. El origen del término puede ser trazado hasta una canción homónima, publicada en el disco debut de Minor Threat.

En sus inicios, el movimiento Straight Edge promovía la sobriedad, en contraste con una escena en la que se consideraba un acto de rebeldía reventarse con droga. El hedonismo y la autodestrucción eran comprensibles como consecuencia de una situación emocional complicada, pero yermos en materia política. Un reventado era necesariamente funcional a los poderosos, esclavo de quien fuese que lo mantuviese ebrio.

El Straight Edge fue una nueva forma de una idea vieja. La adicción siempre fue un mecanismo de control político, y no es raro que aquellos con una visión progresista o revolucionaria lo noten.

Por qué los Straight Edge tienen razón

En un video breve pero conciso, el youtuber Kraut (a.k.a. Kraut & Tea) explica cómo el vodka “arruinó” a Rusia. Durante los más de 400 años de zarismo, la producción de Vodka estuvo monopolizada por la corona, que, como bien explica Kraut, mantuvo a la población constantemente ebria. Y un campesino ebrio no puede pensar en su situación, organizarse, ni proyectar un futuro más allá de la próxima botella de Vodka.

“Ese paisano es un paisano al servicio del régimen que lo mantiene borracho. El zarismo ruso estableció un sistema de alcoholismo subsidiado por el Estado (…) Es por esto, olvidado hoy en día, que el Partido Comunista Ruso era un partido prohibicionista que advocaba por la prohibición del licor. En propaganda soviética temprana vas a encontrar esto reflejado, así como en películas soviéticas en las que los revolucionarios rompen botellas de licor como si se tratara de cadenas que los han constreñido.”

El sistema de alcoholismo subsidiado por el Estado fue reestablecido por Stalin. El resto es historia. Rusia tiene, hasta hoy en día, un problema sistémico de alcoholismo, que eleva, por ejemplo, las tasas de violencia doméstica en el país.

Si bien la abstinencia puede ser una gran filosofía personal, y una agenda noblísima para los partidos de izquierda, puede ser contraproducente como objetivo estatal. Especialmente, en el corto plazo. Altas tasas de consumo problemático de sustancias suelen ser una consecuencia de un determinado contexto sociocultural. Es por eso, por ejemplo, que las personas LGBT son más propensas a los consumos problemáticos que el resto de la población. Las adicciones no son un problema que aparece solo, sino como consecuencia de la alienación, la pobreza, la desesperación, o todo esto junto.

Pero el prohibicionismo rara vez trata la adicción como la consecuencia de un contexto hórrido (eso podría significar revisar cosas como el sistema de producción, lo que casi nadie parece querer hacer), y tiende a plantear la adicción como una enfermedad a nivel social, pero como una falla de carácter e incluso un delito a nivel individual. Esto es reforzado si quienes están sufriendo una epidemia de adicciones son un grupo racializado. Basta con ver cómo la epidemia de opiaceos que está atravesando EEUU ahora es tratada en un tono muy distinto a la crisis del crack de los 80s. Cuando el gobierno de dicho país inundó los ghettos para financiar a los Contras en Nicaragua, los consumidores de crack afroamericanos eran matones y “welfare queens”. Ahora que gente blanca están muriendo de sobredosis de heroína en las heartlands, sus casos son tratados con una empatía que a los afroamericanos se les negó.

Cuando el prohibicionismo lee en el consumidor y en el adicto a criminales, se inundan las cárceles y se refuerza el ciclo de desposesión y violencia, llenando los bolsillos de unos pocos en el proceso.

Pero esta es una tangente. Al fin y al cabo, sólo un subsector de Straight Edgers radicales quieren la prohibición. Otro subsector es estricta (e incluso violentamente) vegano y anti-sexo casual. Otro subsector coquetea con el fascismo. Pero, como explicó Kim Gordon en su memoir,

“No se trataba de una cosa puritana. El straight-edge le pedía a sus adherentes que tomaran control de sus vidas, que no fuesen consumidores ciegos, y que no se dejasen engañar con que el alcohol y las drogas eran cool.”

Por qué los Straight Edge están equivocados

La idea de la abstinencia (y si se quiere, del estoicismo y la virtud vista como el control de las pasiones) es más que noble. La considero un excelente contrapunto a cierta parodia de revolución que se desplegó en las décadas pasadas, y que entronó el consumo de estupefacientes, la promiscuidad y el no hacerse muchas preguntas al respecto como una suerte de libertad. Aquí no puedo sino recordar algo que David Foster Wallace dijo en La Entrevista:

“[Ser feliz] claramente significa algo diferente a que hago lo que sea que quiero hacer – quiero tomar este vaso y estrellarlo contra el suelo ahora, y tengo todo el derecho a hacerlo, debería hacerlo – Quiero decir, lo vemos con los niños, eso no es la felicidad. Ese sentimiento de tener que obedecer cada impulso y gratificar cada deseo, me parece a mí un extraño tipo de esclavitud.”

Por otra parte, como bien nota Nina Aron, el Straight Edge se mantuvo en “la provincia de los privilegiados”, un movimiento hasta el día de hoy, notoriamente de clase media. Tanto el movimiento por el derecho a ser un reventado, como el movimiento por la nobleza de no serlo padecen de lo mismo. En el caso del Straight Edge, esto significa una desconexión de quienes más lo necesitarían. Y, al enfocarse sólo en la modificación de comportamientos individuales y ser, alejado de sus orígenes, una idea de carácter modular, el Straight Edge puede calzar con el socialismo, el fascismo o Silicon Valley.

Además, quizás la abstinencia no sea el mejor camino. Es posible reconocer la vileza del consumo excesivo de alcohol, su potencial nocivo, y a la vez reconocer y promover la función social del alcohol, el alcohol como excusa para encontrarse y como forjador de espacios. Espacios que, como sabían los socialistas de la Alemania de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, tenían (y tienen) un enorme potencial revolucionario.


¿Cuál debería ser el tópico de la próxima entrega? Sientase libre de enviar una sugerencia a [email protected], con el asunto “Por qué [grupo] tienen razón”.

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