La distribución inequitativa del futuro

Esta mañana, La Nación publicó la transcripción de una columna del periodista José del Río, titulada “Por qué les molesta tanto Marcos Galperín”. ¿A quiénes les molesta? Veamos. Más allá del discurso como producto que apela a las sensibilidades de una audiencia target específica, creo que vale la pena considerar seriamente lo planteado. Al fin y al cabo, el discurso confeccionado para satisfacer a un sector del mercado se desprende de preocupaciones sinceras. Es diseñado en pos de reflejar una manera de pensar existente y, en menor o mayor medida, influyente.

El texto se centra en la relación entre tres sujetos: Un “vos”, un “él” y un “ellos”. Vos, el lector, sos interpelado tan pronto como el texto comienza: “¿Por qué les molesta tanto Marcos Galperin? ¿Te lo preguntás?”. De aquí en más, se te posicionará como aliado de Galperín, “Él”. 

 “Para que tengas una idea, cuando él estudiaba en la Universidad de Stanford”, comienza un párrafo. “Globalización, internet, cambios, nuevos paradigmas y definiciones respecto de lo que él cree que tiene que ser el empresariado”, comienza otro. “Cuestiones que él piensa:”, etc. Si vamos a ser puntillosos, el “Él” recurrente que no merece ser aclarado remite a aquel “Él” con el que la actual vicepresidente se refería a su marido fallecido, también un notable funcionario público. ¿Por qué tanta devoción? 

Como fuese, más allá del “vos” que estás de acuerdo con “él”, hay un “ellos”, que nunca es explicitado, pero que por supuesto refiere a los sindicalistas en general y a los Moyano en particular. 

En este punto, debería hacer una aclaración: Los Moyano me repugnan profundamente. Su marca de sindicalismo feudal es una perversión de una de las estructuras más nobles posibles bajo este sistema de producción. Son estafadores, su rol social es pernicioso y harto conservador. No pretendo apoyar a los Moyano. Pero hay dos falencias enormes en el texto de Del Río y en la filosofía de su audiencia objetivo. Una de estas falencias es más una característica que un problema. La otra, es meramente la consecuencia de un devenir, pero una miopía si vamos a tomarnos “El Futuro” como un proyecto serio – y si nuestra concepción del futuro dista de la de, por ejemplo, Peter Thiel.

Sobre la dicotomía Meritocracia/Nepotismo

Uno de los grandes argumentos de la columna en cuestión es que Marcos Galperín representa la meritocracia y que los Moyano representan al nepotismo y la corrupción. Con Galperín, el sector empresarial. Con Moyano, el sindicalismo.

La idea del sector empresarial como algo en constante renovación y en lo que los lazos filiales no influyen en absoluto resulta gracioso. Especialmente publicado en el periódico de la familia Mitre. Por supuesto, existe cierta movilidad social ascendente en Argentina – más o menos. Cifras colectadas por el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA muestran que la enorme mayoría de los profesionales y directivos de alto nivel provienen de familias de profesionales y directivos de alto nivel. Mientras tanto, la enorme mayoría de los trabajadores manuales no calificados provienen de esa clase social. Y así. Señalar al sindicalismo como nepotista es acertado, pero contrastarlo con el meritocrático, justo e infalible sector privado es atarse a una fantasía. 

En la columna en cuestión, se trae a la mesa al abuelo inmigrante de Galperín. El hombre llegó desde Rusia, “sin un dólar”. Pero luego “tuvo una carrera que terminó generando su propia empresa, una familia que creó sus propios emprendimientos, hasta que finalmente él logró fundar la compañía que hoy es la más importante de nuestro país.”

En el próximo párrafo ya nos encontraremos con un Galperín que recorre los pasillos de Stanford comentando sobre su sueño de crear un gran e-shop para latinoamericanos. Es interesante que para conjurar esta idea de un Galperín meritocrático tengan que hurguetear en su árbol genealógico. 

¿Tiene algo de malo no haber nacido pobre? Para nada. ¿Pueden ser meritorios los logros de alguien adinerado? ¡Por supuesto!  Pero, ¿Para qué negarse a esa narrativa? ¿Para qué intentar ocultar que Galperín pudo aprovechar una serie de oportunidades que la mayoría de la gente no tiene? ¿Por qué intentar ocultar que alguien tuvo suerte? ¿Por qué intentar tan burdamente contraponer al “sindicalista nepotista” con el humilde joven que de alguna manera encarna a su propio abuelo pobre, sin haber superado sus dificultades?

Bueno, esta pequeña hipocresía no tiene otro propósito que alimentar el autoconcepto de la audiencia de La Nación, que está del lado de Galperín porque se ve reflejada por él. Pero, hay algo quizás un poco menos cliché que hizo que mi atención recayera sobre esta columa en particular.

Sobre la distribución inequitativa del futuro

Eventualmente, Del Río se refiere a Moyano como “Hugo Moyano, uno de los protagonistas del sindicalismo de otra época.” Y acota, dirigiéndose nuevamente al lector de una forma que remite más a un vendedor de televisores que a un erudito analista de La Realidad. “Pero sabés que en el sindicalismo no hay figuras que se renueven”. Reitero: En el diario de los Mitre. Increíble. 

Pero, ¿Por qué el sindicalismo está estancado en lo que desde las columnas de La Nación llaman “el pasado”?  Porque lo que desde las columnas de La Nación llaman “el presente” no está equitativamente distribuído. 

El sindicalismo es el mismo desde hace cincuenta años porque las necesidades a lo largo y ancho de la Argentina son las mismas desde hace cincuenta años. Entonces, el caudillismo de los sindicatos cooptados no responde a un pasado, no es una reliquia descontextualizada. Ata con alambres necesidades reales de una gran masa excluída. Y se perpetúa mediante las soluciones rápidas y burdas a problemas sistémicos. 

La elite sindical argentina es una horda de rufianes que cooptó uno de los pocos mecanismos que los trabajadores tenían para elaborar reclamos reales y mejorar su situación. Aún así, tienen acatamiento, son apoyados. Si su quehacer responde a una lógica del siglo pasado, es porque las clases populares argentinas viven en el siglo pasado. Como bien nota Él, el régimen laboral argentino es anticuado y muchos de los empleos que contiene van a desaparecer. Como de costumbre, el asunto no es la validez indiscutible de esta declaración, sino qué hacer al respecto. 

Una retórica que localiza todo lo malo en el sector público y todo lo bueno, virtuoso y deseable en el sector privado (independientemente del tamaño o carácter de sus actores), es peligrosa para los trabajadores, especialmente en un país en el que se piensa al pobre como alguien que debe cumplir el castigo divino de pedalear diez horas por seiscientos pesos, vulnerable y descartable. ¿Qué querés, un subsidio? 

De alguna manera, se juega con la idea de que legislación laboral más laxa va a llevar a una competencia entre empleadores por mano de obra. Pero, ¿Por qué alguien competiría para satisfacer los deseos “suntuarios” de alguien que tiene dos opciones: pedalear o morir de hambre? Los señores feudales no competían por los mejores campesinos. Los campesinos eran suertudos de estar bajo los cuidados del Señor.

Es tan absurda la  idea de un Estado argentino casi mágico y dador de derechos como la idea de un sector privado argentino que funcione en beneficio de aquella gente  “de otra época”.

¿Te gustamos? Vos también nos gustas.

Si disfrutas lo que hacemos, considerá invitarnos un café.

Invitame un café en cafecito.app

Un comentario en “La distribución inequitativa del futuro”

Deja un comentario