EDET N°011: Cuarentena eterna / Quiero una tortillera de presidente

Esto fue un error. Especialmente porque parecería que sólo puede ser una de cuatro cosas. Y todas son detestables.
Si atento contra mi propio bienestar, dispensándome repetidos (y de más contundentes) martillazos en la cabeza, puede ser un ataque psicótico sobre cómo la infectadura está haciendo gays a nuestros hijos con 5G.
También puede ser una suerte de crónica introspectiva sobre los reales y serios, pero casi intransmitibles dolores de un encierro prolongado. Puede ser un análisis tibio que reproduzca discursos oficiales y que problematice sólo el comportamiento de ciertos individuos (los corredores, por ejemplo), con esa tendencia tan fea y tan estúpida que tiene la “centroizquierda” de convertirlo todo en una disputa barrial entre uno, rodeado de humildes, obreros muebles nórdicos, y el vecino de arriba, poseedor de una de las grandes fortunas del país porque tiene mejor parquet.

También podría escribir un monólogo de joven gorilún aspiracional, sobre cómo el gobierno está manejando pésimamente la economía y prolongando la cuarentena de una manera muy cuestionable, con intenciones muy cuestionables también. No funcionaría, sólo convencería a los ya convencidos y no se traduciría en acciones efectivas en dirección alguna. ¿Qué vamos a hacer, otro bocinazo por la República? Por Dios.

Mi padre me envía una grabación que alguien más hizo, quejándose sobre la visita del presidente a Tandil. Rodeado de un séquito, merodeando libremente por una ciudad cerrada, mientras los pequeños comerciantes padecen. Concuerdo con sus observaciones, no puedo sino hacerlo, pero pregunto ahora lo que le pregunté a mi padre en respuesta: ¿Qué se hace? Uno puede tener innumerables quejas acertadísimas sobre la coalición de gobierno y sobre lo que algunos hypeadores de la nada llaman “albertismo”. Pero si luego la praxis política es votar a Macri, no hay caso. Si no hay oposición, y si no hay un proyecto de país real que involucre forzar a este tipo de caracteres a pagar el precio de sus acciones, la queja es apenas una catársis. Bien podría uno estarse quejando de un vecino que lo miró mal, o de algún faux pas racista de la tía Pochola. ¿Qué importa?

La situación es tan triste, y las distintas posiciones que la ciudadanía toma son tan desestimulantes…

Hay quienes hacen un doubling-down estúpido por amor al presidente y odio al prójimo, contestando a observaciones como “el presidente gana 200 mil pesos por mes” con “ojalá ganara dos millones”, mientras sus vecinos sufren haber perdido un sueldo de 20 mil pesos. He reconocido cierto overlap entre ese grupo y quienes contestan a pequeños traspasos como “fui a llevarle Zucaritas a mi tía Pochola y le di un beso en la mano” con comentarios como “Ojalá ese beso haya sido el beso de la muerte, lo mereces por forro e hijo de puta”.

Esta situación puede servirnos de ensayo general para un gobierno totalitario. Quienes toman la confesión de alguien que ha estado viviendo solo, encerrado en un monoambiente por tres meses, para vapulearlo, desearle desgracias, e incluso amenazarlo, llevan en la sangre lo mismo que llevaban quienes hacían la vista gorda durante el Proceso. Es el mismo espíritu autoritario, es el mismo deseo de sentarse en un podio de moral y verdad y decidir quién vive y quien muere con el aleteo de una pestaña.

Hay tambien quienes toman la extensión indefinida de la cuarentena, no con furia correctora, sino más bien con una pasividad y una resignación comprensible y loable desde lo individual, pero peligrosa en lo colectivo.

El presidente es pobre, pobre presidente

Por otra parte, es increíble, pero este país está atascado en su pasado reciente. Es como si la elección de Mauricio Macri nunca hubiera sucedido, y este fuese un tercer gobierno de “La Yegua”. ¿Por qué carajo ahora tengo que mencionar un nuevo programa de Jorge Lanata, que es en realidad el mismo de siempre? No lo puedo creer. Basta. ¿No quieren que vuelva a la escuela secundaria, de paso, y llamamos al próximo año 2014-bis?

Como fuese, hace unos días, Lanata reportó que el sueldo de Alberto Fernández es, una vez deducida una serie de tasas e impuestos, de AR268056. A raíz de esto, argenet se plagó de bufones indignados ante un salario tan bajo. Sí, es cierto, el presidente gana aproximadamente U268056. A raíz de esto, argenet se plagó de indignados ante un salario tan bajo.

La queja sobre el salario del presidente es grotesca, pero no es sincera. Forma parte de un histrionismo y forrez performativa típicos de la tendencia gobernante, con el que navegan épocas de escasez y decisiones complicadas. ¿El presidente gana mucho? ¡Quiero que gane el doble! ¿Extrañás a la tía Pochola? ¡Ojalá se muera!

Por otra parte, que esta haya sido la dirección que tomó el reclamo evidencia el carácter elitista y cuasifeudal del peronismo. No hay que pedir que Alberto Fernández gane más. No es mi papá, no es un prócer que asume el poder altruístamente, y no es un rey. Hagamos a los políticos meros funcionarios públicos otra vez.

No quiero que Alberto Fernández gane medio millón de pesos. Quiero que al menos el 40% de la población tenga sueldos de 200 mil pesos. No quiero un presidente millonario, quiero un país desarrollado con sueldos altos. Dejen de fanear ricos, se los pido por lo que más quieran.

“I want a dyke for president. I want a person with AIDS for president and I want a fag for vice president and I want someone with no health insurance and I want someone who grew up in a place where the earth is so saturated with toxic waste that they didn’t have a choice about getting leukemia. I want a president that had an abortion at sixteen and I want a candidate who isn’t the lesser of two evils and I want a president who lost their last lover to AIDS, who still sees that in their eyes every time they lay down to rest, who held their lover in their arms and knew they were dying. I want a president with no air-conditioning, a president who has stood in line at the clinic, at the DMV, at the welfare office, and has been unemployed and laid off and sexually harassed and gaybashed and deported. I want someone who has spent the night in the tombs and had a cross burned on their lawn and survived rape. I want someone who has been in love and been hurt, who respects sex, who has made mistakes and learned from them. I want a Black woman for president. I want someone with bad teeth and an attitude, someone who has eaten that nasty hospital food, someone who crossdresses and has done drugs and been in therapy. I want someone who has committed civil disobedience. And I want to know why this isn’t possible. I want to know why we started learning somewhere down the line that a president is always a clown. Always a john and never a hooker. Always a boss and never a worker. Always a liar, always a thief, and never caught.”

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