Oda a HMLTD

Probablemente, West of Eden (HMLTD, 2020, Lucky Number) sea uno de los mejores álbumes hechos por gente sub-30 de los últimos 10 años. De seguro es uno de los mejores lanzamientos del año, en el campo que vagamente podríamos titular como “pop experimental”. 

El álbum debut de HMLTD (Hate Music Last Time Delete, anterioremente Happy Meal Limited), como sus trabajos anteriores, combina post-punk y pop con texturas y clichés del trap y del industrial. West of Eden trata el momento de quiebre en el que nos encontramos, cultural, económica y medioambientalmente. Como tal, su tracklist consiste de piezas de chatarra de épocas anteriores, ensambladas y combinadas con texturas y sensibilidades contemporáneas. Es tal la hibridación, que West of Eden no se siente como hauntológico, sino como futurista. Es un álbum ciberpunk. Y como tal, comienza declarando la muerte de Occidente, con un primer track titulado “The West Is Dead”.

Como bien explicó el frontman, Henry Spychalski en una entrevista con Another Man:

“Mucha gente señala a Brexit y a Trump como una crisis, pero creo que en realidad son respuestas a una crisis que ya ocurrió (…) El álbum es sobre el colapso espiritual de Occidente, donde la religión ha muerto y nada la ha reemplazado. Todo lo que nos queda es tener sexo y hacer compras – intentos incesantes de saciar deseos que nunca serán saciados.”

El sonido, los personajes y los lemas que se desprenden de este álbum son fantásticos. Todo West of Eden – y, aventuraría, toda la discografía de HMLTD es fresca, rupturista y de un mérito artístico incuestionable. La banda combina una gran competencia técnica (especialmente, en lo que a vocales y producción respecta) con conceptos audaces y un vigor juvenil que es raro no ver saneado.

Pero, así como la música es fantástica, quienes la producen han sido acusados de negar las implicaciones de su imaginario. Es casi como si este álbum dijera algo que sus creadores se niegan a decir.

¿Apropiación cultural?

La sorprendente heterosexualidad de los miembros de HMLTD ha motivado ciertas hit pieces, en las que se los vapuleó como “queerness tourists”. Como ya tratamos desde estas columnas en numerosas ocasiones, hay un discurso complicado con respecto a las nuevas masculinidades. Sabemos que, como la feminidad se está reinventando, la masculinidad debe hacerlo también. Y el mainstreaming de la derecha radical responde a angustias de clase, deformándolas en angustias raciales y de género. Sin una revolución en la masculinidad equivalente a aquella que están experimentando nuestras contrapartes, actores nefastos encuentra un espacio vacío que llenar. 

La masculinidad contemporánea parecería existir en un espectro con dos extremos patéticos: Uno es un afterthought del feminismo pop – una caricatura del hombre servil pensado por una mujer económicamente privilegiada que se traduce en un ejercicio culposo, un mea culpa constante y sobreactuado, al que sólo se someten algunos varones – la mayoría de ellos, con intenciones ulteriores. Al otro extremo se encuentra una depravación neofascista desde la que no puede construirse nada. 

En este contexto, que hombres heterosexuales expresen su identidad de esta manera, y expresen el tánatos inherente a la masculinidad como se espera que un hombre gay lo haga me resulta celebrable. HMLTD invita a una masculinidad nueva. Como hombre bisexual que suele preferir relacionarse afectivo-sexual con mujeres, lo celebro, y no me importa. Me erotizan estos twinks y sus juegueteos homoeróticos son más que bienvenidos. 

Por otra parte, tanto las canciones como los videos de HMLTD tratan “temas LGBT”. No son el tipo de artista que se baña en estética queer, renegando de lo que esa estética implica. Por ejemplo, “Joanna” & “Where’s Joanna”, dos de mis canciones favoritas del álbum, sucesivas y hermanadas, tratan la disforia de género. “Joanna” introduce la problemática. “Where’s Joanna?” trata la represión de la identidad como un tipo de asesinato:

“Tengo la cabeza de Joanna en mi clóset / y nuestro cuerpo en mi baúl (…) Tengo su cabello rellenando mi almohada y me conforta en la noche/ Y mantengo nuestra lengua en un cajón junto a mi cama para usarla cuando guste (…) Pero cuando la gente viene, me pregunta: ‘¿Dónde está Joanna?’ (…) Pero por favor no busquen en mi clóset (…) Por favor no busquen a Joanna / Así que, por favor, no me busquen a mí / Yo soy Joanna”.

No son el tipo de artista que se baña en estética queer, renegando de lo que esa estética implica. En una entrevista con NME en noviembre del año pasado, Henry Spychalski, frontman de la banda, dijo:

“Siempre intentamos presentar una versión alternativa de la masculinidad. La cual no cae dentro del campo queer, pero ciertamente se diferencia de la versión tóxica de la masculinidad que subyace al patriarcado y con la que hemos crecido.”

En la entrevista con Another Man que cité anteriormente, Spychalski alude a, por ejemplo, Lord Byron, como una de sus influencias. Hay cierto flare decadentista en la estética de HMLTD. Pero eso que es decadentista es queer. Maquillarse como un club kid, tomar cues estilísticos del decadentismo y tomar como referencias a Evelyn Waugh o Lord Byron y luego negar el carácter queer de lo que uno está haciendo es como pasar un año escuchando a Montana Slim, aprender a hacer yodelling, y hacer un álbum titulado Melodías de la vieja pradera, para luego fingir nunca haber escuchado country canadiense. Lord Byron era bisexual, las canciones de HMLTD tratan temas queer y su estética está plagada de significantes queer. Si no les gusta, lo siento. Facts don’t care about your feelings. Entiendo por qué deja un gusto horrible en las bocas de la gente. Especialmente porque parecería que Orville Peck y Tyler The Creator son los únicos trolos sub-30 haciendo algo interesante fuera del pop mainstream.

¿Es West of Eden un excelente álbum, poco ortodoxo y genial? Por supuesto. ¿Es un producto de aquello a lo que podríamos referirnos como “cultura queer”? Por supuesto. Sobre el resto, preferiría olvidar

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