A nadie le importa tu opinión

Día a día, hora a hora, minuto a minuto y segundo a segundo hay una lucha dándose en los rincones del ciberespacio. Es el motor de las stories: la lucha de clases.

Van a tener que perdonarme el juego de palabras miserable. Comencemos por los hechos. 

El fin de semana pasado (empezando por el viernes 29 de mayo) explotó, como era de esperarse, una nueva polémica en Twitter. Todo comienza cuando Mimi, una residente en la ciudad de Buenos Aires de unos 21 años, estudiante de derecho, viraliza a través de su cuenta de Tik Tok un pequeño video resaltando los grandes éxitos de su joven vida. Se leen, entre sus muecas burlonas, distintas frases que vendrían a ser los logros en cuestión, entre ellos estar empleada en un estudio jurídico, tener un promedio de ocho en la facultad, y vivir sola, todo gracias a su esfuerzo individual. Mimi es soberbia y se nota. Habría que ubicarla un poco. 

Su video se hace viral. Todos en Twitter Argentina opinan sobre la falsedad de sus argumentos meritócratas. Más tarde aparece Victoria. Se trata de una ex cohabitante de Mimi. Victoria tiene mucho para decir de Mimi, pero sus ataques se van a centrar en un detalle particular: su higiene. Puede, incluso, que Mimi tenga hasta hábitos grotescos: entre ellos el de dejar al descubierto, en lugares de tránsito público dentro de la vivienda, y en contra de toda regla de Feng Shui, su ropa interior sucia, inmunda.  Si, Mimi es la de las bombachas cagadas de Twitter. 

En cuestión de minutos que parecen segundos, la imagen pública de una persona cuyo destino era ser una nota a mitad del Clarín del lunes se encuentra devastada. Al día siguiente, Victoria, estrella musical en potencia y youtuber pega su ascenso meteórico y hace que Andy Warhol estalle de felicidad esté donde esté, al explicar en tres videos que suman una hora y media en total todas las maldades de las que Mimi es capaz, incluso revelando que tanto su psiquiatra como su psicólogo le informaron de la supuesta condición de psicópata de Mimi. Vaya profesionales, vaya cuidado hacia una potencial paciente con un supuesto trastorno de la personalidad.

Victoria empieza a recibir miles de visitas. Todo se dispara. Esos beats no fueron producidos en vano.  Finalmente, unas horas después, Mimi responde por Twitter redoblando la apuesta y comunicando que Victoria tiene un morbo escatologico, y solía empaparse en los vahos de su ropa interior. Tan solo un rato después, voila, habemus foto de las bombachas cagadas. ¿Pero por qué?

Foquismo cibernético

Ya pasó más de una semana desde el comienzo de la polémica. El nombre de Mimi está olvidado, su figura relegada a entrar en el panteón eterno de los memes. El destino de Victoria será similar, probablemente con una imagen social menos escandalosa – a menos que su estrategia publicitaria haya sido certera y se convierta en la nueva trapera del momento. Supongo que está por verse. Sólo queda alguna que otra mención ocasional de las bombachas cagadas.

Probablemente en un par de semanas le llegue a mi viejo la noticia y entonces le voy a decir “Papá, eso paso hace como un mes”, porque una de las leyes de internet es que el tiempo no vuela, viaja en el mismo tiempo en una suerte de actitud cíclica y algo impenetrable. Ahora Twitter resopla por otras cosas: la semiestatización de Vicentin, si Larreta es un alien o no, la eliminatoria de Angelo de Bake Off. Es difícil conservar el aliento así, y sin embargo, hay un magnetismo al que es imposible escaparle. Hay que saber qué está pasando. Hay que saber cómo opinan nuestros conocidos, nuestros amigos, quienes nos siguen y también el enemigo. Twitter es un micromundo al que le damos mucha importancia. No me interesa ahondar en una crítica a la estructura de internet, ello sobra incluso desde antes de que su uso sea masificado. Me interesa más investigar las predisposiciones sociales que llevan a una gran parte de la población, principalmente comprendida en la clase media, a tomar como un espacio público a esta red social, usándola como una suerte de ágora moderno donde el linchamiento colectivo se hace pasatiempo. 

Es como si con la reducción del espacio público, los ámbitos de expresión artística y de debate, tuvieran una expresión furiosa a través de las redes. ¿Quién es Mimi? ¿Alguien sabía quién era antes de esto? ¿Es tan terrible lo que hizo? Liberémonos por un momento de todo lo que vino después de que publique su video: ¿Que castigo merece? ¿Acaso no es otra persona más siendo soberbia, como las hay de a millones en internet? ¿A quién le importa su opinión? Esta última pregunta no la hago como chicana, sino para rastrear quién es el sujeto político cuya única tarea es el repudio, el desagrado, la indignación manifiesta. De nuevo, ¿a quién le importa lo que haga Mimi? ¿A quién le importa otra concheta más? 

Capaz podemos suponer que ella es una suerte de chivo expiatorio donde desatar toda la ira que nos provoca la tan “selecta” burguesía nacional, ese conjunto de millonarios “planeros” a los que nos vemos subsumidos desde que existe la Argentina como país. Definitivamente este no es el caso. Mimi no ostentó cargos durante el macrismo ni es dueña de alguna fabrica. Es apenas otra “adinerada” estudiante que hace el viaje a Buenos Aires a estudiar, como tantos otros lo realizan cuatrimestre a cuatrimestre, en su mayoría sin el mismo origen económico del que ella goza. Hipótesis descartada: Mimi no es heredera de ningún Rockefeller.

“Eu, pero Mimi es una meritócrata, su actitud y su ideología deben ser repudiadas”

Este es el punto último al que quería llegar. Lo que Twitter nos ofrece es no solo el estrellato por unas horas si no también la capacidad de poder decirle a esas “estrellas”, más cercanas que las que vemos en la tele, que sus ideas son erróneas, sus personalidades falsas y su vida en general, un fracaso. La red se presenta como un microclima donde la influencia real a nivel político es nula salvo contadas ocasiones, en muchas de las cuales estas supuestas consecuencias sobre la realidad se dieron gracias a que los actores que recurrieron a Twitter llegaron a él desde el espacio político y no al revés. Twitter no es una comuna de París cibernetica, ni creo que lo sea*. Y probablemente sea esta la razón por la cual el Mimigate propicia a las respuestas de los usuarios, lo que los motiva a atacar a una cualquiera. Porque a fin de cuentas lo que ella hizo no fue más que un Tik Tok disgustante, pero que no le hizo daño a nadie. No le saco la comida de la boca a nadie, tan solo se dio el gusto de reproducir ideología dominante en un espacio cargado de la misma, incluso si nos referimos a usuarios más progresistas: el progresismo también se puede vender, y nunca estuvo tan de moda ser abierto (más no de izquierda, claro está). 

El TikTok de Mimi tiene el mismo efecto que subir una historia a Instagram escuchando la sesión de Radiohead tocando In Rainbows: la única diferencia con su esnobismo sería que este es de criterio estético, de gusto. Mimi es parte de una burguesía lumpenizada. Una burguesía que necesita acercarse a la plebe para legitimarse, que no puede valerse de sí misma porque su ordinariez es ya excesiva: su falta de criterio estético les quita mérito. Ni siquiera eso. Mimi aspira a ser parte de esa burguesía, como lo hacen el noventa por ciento de los porteños. Aquí es cuando tomar partido por Victoria vale la pena. Lo que ella dice sobre Mimi rompe con su pretensión, sin importar si Victoria apoya una ideología igual de opresora pero pintada de rosa. 

Mimi no nos vende política, no nos induce a votar por el macrismo o Espert. Mimi nos vende personalidad, la personalidad que el emprendedor capitalista moderno debe tener para triunfar en la vida. Se trata de una personalidad que se supone elegante, descendiente de la realeza. Victoria, en cambio, le arrebata la titularidad del gusto, destruye el mito: detrás de ese éxito y ese gusto tan selecto solo hay un calzón cagado. Lo que observamos en la contienda del Mimigate es tan solo una discusión sobre la legitimidad de los criterios estéticos, es la falta de gusto de una personalidad idealizada como aseguradora de éxito. Mimi es una sucia, igual que vos. Ya no es cool tener buenos modales ni triunfar en la vida. Twitter está que arde. Los usuarios toman bandos y se pierde el cariz ideológico, reemplazándose por una mezcla de asco y comedia. La alegría se masifica. Fiesta en las redes. 

En fin, redondiemos el asunto.

Ni Dios, ni patrón, ni algoritmo

Escribe la usuaria de Twitter @nocioncomun el 2 de junio “Todo tuit es un tuit de neurosis”.  No puedo más que acordar. Porque Twitter es exactamente eso y más. Es también, como decía Enrique Symns citado en “Mosca de Bar”: 

“ [Los bares son] Los últimos pantanos de la selva, donde no existe el miedo, la última oferta de la eternidad (…) no digo la selva pero por lo menos el bosque que le queda a la ciudad” 

¿En qué momento se convirtió Twitter en nuestro diario público? 

Y uso la palabra “diario” porque la ventaja que un diario tiene es la falta de responsabilidad de lo dicho. Esto es un carácter observable a simple vista. Nadie se hace cargo de sus dichos porque llevados a su última consecuencia, el debate lo gana el twittero ¿Por qué? Porque hay una pretensión falsa de instaurar en Twitter un lugar de disputa política que está destinado a fracasar por el leit motiv de Twitter itself: la falta absoluta de reglamentación del diálogo y del enunciado (con esto no quiero decir que no hay reglas en Twitter, aunque sean tácitas, como la forma de responder a un tweet o cuando es menester citar, retwittear, responder, usar un hashtag, un sticker o incluso la parte más compleja del lenguaje de internet, la que nos intuye cuando y como usar un meme en el momento que las palabras se demuestran inútiles). 

En Twitter como en tantas otras redes no hay derecho a réplica como tal; más bien, existen enunciados y réplicas sin obligaciones de ser respondidas o incluso leídas. No hay política porque no hay correspondencia, porque la verdad última es la del individuo, no hay ciencia, no hay chequeo. Hay liberalismo rancio, el que profesan Milei y compañia (¿sera por esto que el libertarianismo nac and pop encuentra en Twitter su mejor medio propagandístico?). No hay debate pero si hay compra y venta de ideas que no son más que espejitos de colores. Hay falta de razón.  Diálogos sin compromiso de compra.

Pongamos un ejemplo. Son numerosos los sectores universitarios, generalmente relacionados de alguna forma u otra con la Universidad de Buenos Aires (docentes, alumnos y exalumnos, militantes de agrupaciones, etc.) que se reúnen virtualmente a debatir y citar a lo loco, de la misma forma que lo hacen en los pasillos de Sociales o Puán, pero ahora con la característica de que su debate es público y cualquiera podría hipotéticamente citar un tweet y destruir una idea. La falta de inmediatez debida al medio de Twitter permite que el debate sea cancelado, abandonado por aburrimiento e incluso en última instancia, bloqueado el atacante. Logros de la ontología liberal: finalmente el individuo es maestro de las palabras, y con ellas, las conexiones que posibilitan entre personas, ideas, temas, debates, en fín. 

Esto se observa tan solo en el área intelectual de Twitter, la que pretende postularse como un espacio de discusión política elevada y cuasi académica. Nuestro objetivo es más vano aun: Twitter se convierte en casos como el Mimigate en un campo de batalla en el que se juegan distintos valores como la fama, los privilegios de los que una persona supuestamente goza o no, prejuicios de todo tipo, sexo (mucho sexo, casi como motor de la acción social del actor “Tuitero” en un nivel subconsciente) y dadaísmo moderno en forma de meme. Las acciones, las peleas no tienen una importancia real: son graves hasta que a los cinco minutos alguien hizo un meme, momento en que el conflicto se diversifica. 

No es mi objetivo en este artículo hacer un recuento típico-ideal de una situación como la de Mimi y Victoria. Esto precisaría un estudio más profundo de las dinámicas de acción a las que los actores recurren y un estudio detallado de los motivos, las interacciones y las conexiones con la vida terrenal. Esta idea (la de que no es posible en este artículo no académico comprender la realidad en su totalidad) es la misma que debería alejar a la gente de la idea de Twitter como un espacio donde se juegan disputas serias. Al contrario: Twitter es un antro donde todos podemos ser famosos y reírnos de lo prohibido, donde las palabras no importan porque no es necesario hacerse responsable de ellas por completo. Donde todos los días se escoge a una nueva persona para recibir la ira de la sociedad, sea culpable o no, y donde todos los usuarios deben cumplir con su obligación social de estar informados y de opinar, exponer sus ideas tan, tan originales, en una suerte de panel de Intrusos multitudinario, pero sin un Rial que modere (plot twist, Rial también toma posiciones polémicas en Twitter).  Es el lugar donde se destapa la olla a presión de la psiquis humana moderna, maltratada por el deterioro de un sistema de producción que ya no puede ofrecernos más que su putrefacción tamizada con suaves filtros de Instagram y seductores promesas de consumo justo y ecológico entre actores “libres”. Twitter es la última promesa de la eternidad, es decir, un chiste de mal gusto, del que, si somos inteligentes, podemos reírnos.  

* Quedará para otro momento la reflexión acerca de la posibilidad de un movimiento cien por cien nativo del ciberespacio capaz de modificar la realidad material. Ya es posible observar ciertos grupos o personalidades que actuaron por este medio a lo largo de los años con una lógica antisistema, desde Anonymous hasta Snowden y Assange)

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