El feminismo radical y el mulato trágico

En 1929, J.H. Sears publicó The White Girl, de Vera Caspary. La novela cuenta la historia de Solaria, una mujer mulata de gran belleza, que pasa como blanca. Su secreto origen racial es revelado cuando se le aparece su hermano, quien es más oscuro que ella. Con la convicción paranoide de que su piel se está volviendo oscura, Solaria se suicida bebiendo veneno.

Blaire White es nuestra Solaria. Pasando como una mujer cis, puede fingir no pertenecer a una underclass. Pero, tan pronto como se le aparece una mujer trans que no pasa (ya sea por elección o por haber perdido una lotería genética), se ve reflejada en ella, el reflejo es insoportable, y Solaria debe purgarse de aquello que es bebiendo veneno. El veneno del reaccionarismo.

El tropo de “el mulato trágico” (“The Tragic Mulatto”), de origen racial, identidad y, para la época, humanidad ambiguas, fue tremendamente común en la literatura y el cine de la era de Jim Crow. El mulato no era “tan malo” como el negro. Los esclavos de piel clara cotizaban más alto que sus contrapartes, y si bien todos los esclavos (y sus hijos) eran vulnerables a abuso sexual, los esclavos blancos le daban a sus amos la oportunidad de violar a alguien que era considerado menos que humano, pero sin las culpa del sexo interracial. Los esclavos blancos eran legalmente negros, pero su apariencia correspondía con aquella del objeto de deseo que los blancos debían tener.

De igual manera, el mulato padecía racismo internalizado. Odiaba lo negro en él. No aspiraba a la emancipación de los negros, sino a su emancipación individual: Al triunfo privado de ser considerado blanco.
Si bien el racismo internalizado es real, como bien plantea el Dr. David Pilgrim, en su artículo “El mito del mulato trágico”,

“El mulato trágico era más un mito que una realidad (…) El mulato se
volvía trágico en las mentes de los blancos que razonaban que la más
grande tragedia era ser casi-blanco: tan cerca, aún así a un golfo
racial de distancia. El casi-blanco merecía la lástima – y el
desprecio.”

El mulato trágico existía, antes que nada, en las mentes de los blancos.
Hace algunos párrafos, me referí a una mujer trans como un mulato trágico. De hecho, esto es muy relativo.
Cuando uno observa las dinámicas discursivas del feminismo radical transexclusionario y del activismo anti-trans de hombres gays blancos (a quienes cancelo, en masse, hasta nuevo aviso), nota que el mito del mulato trágico se les aplica perfectamente.
Para los homosexuales transfóbicos, las personas trans somos negros oscuros. Nuestra vivencia es una capricho y nuestra identidad es un fetiche. Mientras, su amor es noble, pueden casarse, pueden adoptar niños. La enorme mayoría de las personas trans, mientras tanto, viven en la pobreza.

Mientras el primer Comisario de Salud Pública de la Unión Soviética, Nikolai Semashko planteaba a la homosexualidad como algo que debería ser aceptado como parte de la revolución sexual, otras facciones del Partido planteaban que era degeneración burguesa, o una enfermedad social. Esta mañana, leí a un trolo comunista decir que “la doctrina queer” (¿Por qué no llamarla “ideología de género”, directamente?) era neoliberal. Debatir la naturaleza de la homosexualidad es considerado inaceptable, pero cada vez que alguien menciona a una persona trans, antes de extenderles cordialidad básica, tenemos que teorizar media hora, flojos de papeles, sobre la naturaleza del género. Váyanse a la puta madre que los parió.

La liberación LGBT es una agenda de la clase obrera. La gente LGBT pobre es sometida a lo peor del capitalismo. Por otra parte, la liberación LGBT demanda la revisión de estructuras y preconceptos que hacen a la opresión de clase, y que hacen a la opresión patriarcal. Cualquiera que diga lo contrario no sabe de qué está hablando, es rico, está vendiendo algo, u todo al mismo tiempo.

Mientras discutimos la naturaleza del género en base a historias de Instagram, se arrojan aserciones como que, por ejemplo, “a las personas transfemeninas” (mujeres trans, para quienes no tengan el cerebro quemado), no les importan las condiciones materiales de las mujeres. Esto no es cierto. Al revés: A las mujeres cisgénero no les importan las vidas (ni las muertes) de las mujeres trans. ¿Cuántas mujeres trans vimos en Ni Una Menos?
La misoginia que sufren las mujeres trans parecería no existir para cierta ala del feminismo porque el movimiento la ignora sistemáticamente. El feminismo es más propenso a incluírme a mí, que no vivo como una mujer, que no me veo como una mujer, y que no soy una mujer, que a incluír a una mujer transgénero.

Ver a mujeres cis y homosexuales utilizando constructos como “doctrina queer” (“ideología de género”), que pertenecen al imaginario conspiranoico de la derecha radical, es al menos triste. Es como si no quisieran reimaginar la sociedad para volverla transversalmente más justa, sino usar la misma bota con la que les pisaron la cabeza durante generaciones, para pisar las cabezas de otros, más oscuros.

La mujer trans como mulato trágico existe, antes que nada, en la mente de la gente cisgénero. Pero los homosexuales y las radfeministas que invalidan sistémicamente a las personas trans, atribuyéndoles locuras y conspiraciones, ignorando sus vivencias y discriminándolas, son en sí mismos mulatos trágicos, viviendo a la sombra de lo que quieren ser – aceptables. Algunos homosexuales quieren hacer con la gente trans lo que los heterosexuales hicieron con ellos. Algunas mujeres quieren hacer con las mujeres trans lo que los hombres hicieron con ellas. Son mulatos que, en lugar de advocar por la liberación negra, reafirman la opresión blanca porque creen que van a salir ganando – siempre y cuando no se expongan mucho al sol. En la mente de “los blancos” somos iguales, tanto los negros como los casi-blancos. Ambos merecemos lástima – y desprecio.

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