Hollywood: Festín para parásitos

Parece que hoy, todo lo que ves es violencia en el cine y sexo en televisión.

– Family Guy

Nueva época, Vieja academia

Ya es un hecho aceptado que vivimos en una nueva época dorada no solo para el cine, sino para el lenguaje audiovisual en general. Nunca antes en la historia hubo tanto acceso a tanto contenido. Series, miniseries o unitarios, películas que no salen en el cine (Ni tampoco en VHS), cortos de todo tipo, y ello sin contar la cantidad de producciones audiovisuales que se desprenden de la música como los videos que la acompañan; o bien el registro mundial de cada minuto de nuestra existencia a través de celulares, para su posterior transmisión en las redes sociales. Lejos de denostarlo, pareciera que el desarrollo tecnológico habilitó la democratización del arte, en otras palabras: las fuerzas productivas que hacen al mundo audiovisual se encuentran en un constante estado de desarrollo tecnológico y expansión sin precedentes (Y aparentemente sin límites tampoco) a tal punto que es inimaginable tener un celular comprado hace menos de 7 años sin una cámara decente.

Por supuesto que esta “democratización” se da tan solo en la población que puede acceder a dichos celulares, al capital cultural que permite aprender y acercarse a este tipo de prácticas: el manejo de las expectativas en la vida sigue siendo igual de limitante. Sin embargo, ya no es un requisito exclusivo el ser financiado por una mega productora para producir contenido que alcance (o incluso supere) a cualquier estudio, en lo que a la  práctica real de distribución y visualización refiere. 

El cine independiente no es nuevo, pero si se encuentra ahora en manos de una masa mayor a la de la Nouvelle Vague. Un caso similar se da en la música, donde basta con saber utilizar un programa simple como GarageBand para construir una carrera: lo han hecho desde traperos de Soundcloud hasta el mismísimo Damon Albarn. 

En efecto, nos hallamos en un momento en el cual el cine se encuentra expandido como arte a un nivel cercano a la música. Los requisitos materiales para la creación de una obra de este arte en particular son menores, y la socialización del conocimiento necesario, de índole técnico o cultural, es mayor. Hollywood sigue estando ahí, por supuesto, pero parecería que su rol a nivel global se reduce a algo más institucional debido a su desplazamiento como grandes creadores de películas exitosas. Eso sí, el patrimonio de los blockbusters todavía les pertenece. 

El carácter retrógrado de la Academia en cuanto institución es visible a kilómetros. No hay sentido alguno en excluir a Greta Gerwig. Little Women, su segundo largometraje, nominado a mejor película al igual que el anterior, Lady Bird, es uno que, si bien no excelente, muestra su crecimiento como directora. Sumando a su currículum luego de haber hecho carrera como actriz y guionista junto a Noah Baumbach, su marido. Si bien ella no fue nominada a mejor directora, si lo fue Baumbach por Marriage Story (Exquisito film). Por suerte, Baumbach tuvo el lujo de compartir podio con el director de la Biblia Cinematográfica del Incel (Sí, me refiero a esa mezcla insulsa de Taxi Driver y el The King Of Comedy que resultó ser Joker.) El hecho de ser una actriz icónica, directora y guionista, adaptando una de las obras universalmente más conocidas de la literatura con un twist personal, no le dio mérito para ser nominada a mejor directora, pero Todd Philips, el creador de la nueva Citizen Kane (The Hangover) si fue merecedor.  

No me sorprende la ignorancia absoluta que maneja la Academia. Tampoco me importa realmente, y eso es porque el prestigio que supo tener, se desvanece un poco más cada día, como un tatuaje a color viejo. El cliente siempre tiene la razón, y la clientela no está satisfecha: la Academia no cumple. Sin embargo, es interesante analizar las decisiones que toma por su carácter de institución que pone la vara, organizadora del evento cinematográfico más visto todos los años. 

Es precisamente su carácter de institución legitimadora lo que la mantiene viva. Es un negocio perfecto en el cual tres meses antes de la premiación comenzamos a ver en carteleras películas creadas con el fin de aparecer en dicho evento. La mayoría pasan sin pena ni gloria, no al momento de su estreno, sino a futuro. Realizando un análisis comparativo, las diez películas ganadoras durante la década del 70 son al día de hoy clásicos. Entre ellas se encuentran The Godfather, Rocky, The Deer Hunter, y Kramer vs Kramer. Nos referimos a una década donde el star system ya se encuentra más que consolidado, a la vez que surge una nueva forma de crear cine, el “New Hollywood” de directores como Scorsese, DePalma, Spielberg o Coppola, directores que al día de hoy son nombres indiscutibles de la industria cinematográfica, si bien en ese entonces su cine se podía caracterizar de moderno y vanguardista. No se puede decir lo mismo de la década que nos precede. 

Los Oscar se ven hoy en día poblados por cintas hechas para la ocasión, sumamente olvidables, cuando no genéricas y directamente malas ¿Cuál fue la ganadora de 2010? El premio se lo llevó The King’s Speech, una película entretenida (Amena a mi parecer), pero una biopic más al fin. No puedo decir que sea una “obra maestra”. Tampoco creo que la “mejor película” tenga que ser la Mona Lisa del séptimo arte, pero sí es notable la ausencia de películas que logran trascender la  marca del tiempo ¿Bajo qué mérito pueden ellas ser nombradas “mejor película del año”?

Como parte casi fundacional de la superestructura artística que hace de la industria del cine tan exitosa, incluso en un momento que la concurrencia a las salas es menor y más restringida, la Academia no deja, una y otra vez, de auto boicotearse, a la vez que asegura su propia reproducción como fuerza legitimadora. Años de críticas resultaron en el triunfo de Parasite, algo incluso inesperado, pero que cobra sentido cuando se tiene en cuenta la necesidad de legitimidad que  una institución así precisa. 

En Letterboxd, una red de reseñas de cine con un contenido de humor irónico tan alto como le es posible a nuestra generación,  escribe el usuario Matt Singer al respecto de Uncut Gems “Es realmente una lástima que ni un miembro de la Academia haya visto esta película. Si la hubieran visto Adam Sandler sería la primera elección unánime para Mejor Actor en la historia de los Oscars. Que desperdicio”

Letterboxd está lleno de snobs graciosos que hacen comentarios bastante inteligentes acerca de películas que mucha gente capaz no vio: tu usuario favorito es ese tipo desaliñado esperando a entrar al Arteplex de Cabildo y Congreso. Supongamos entonces, que este es el tipo ideal de espectador que la Academia busca satisfacer, o al menos, al que trata de vender. Bien, aunque parezca normal, ese espectador hoy no está satisfecho. Nunca lo está… Falso: no hay personas insatisfacibles, si algo nos enseñó el capitalismo. Estamos hablando, específicamente, de un sector de la clase media mundial con un gusto bastante específico en cuanto al cine, alejado ya de la ruleta Tarantino-Anderson-Scorsese, si bien los tres pueden encontrarse en su panteón. No es difícil atarse a un poco de marxismo básico para vislumbrar el problema: las fuerzas productivas del cine, si logramos entenderlo como un producto industrial, están tan desarrolladas hoy en día que cualquier persona con un celular puede grabar una película si realmente le apasiona, o incluso un corto si queremos ser más optimistas. El arte se encuentra, entonces, en uno de sus  mejores momentos: nunca hubo tanta libertad para crear. De más está decir lo absurdo que suena que un grupo se movilice en contra de la Academia  para hacer sus propios  premios, o se reclame la cabeza de Tom Hanks con tal de restituir veracidad a un evento casi centenario en el que todos los concursantes son poseedores de sumas de dinero extraordinarias, grandes nexos que los vinculan con la política, y un ejército de fanáticos. 

Una “Academia de la gente” no sería posible desde el vamos, y ello es porque, a pesar de los deseos de las universidades de cine del país, el cine es el arte burgués por excelencia. Necesitado de una gran cantidad de dinero, generador de puestos de trabajo sumamente jerarquizados. Y cuando no lo es, el resultado es peor aún. Un exceso de ambición que termina en la colección de costumbrismo que azota nuestro cine local ¿Quien ve películas que les parecen baratas? Los concurrentes al BAFICI seguro lo hacen, yo lo hago. Los aficionados también. No todos lo hacen. Distinto es el caso de la música, donde por las cualidades de su  misma existencia, la oferta es incluso mayor, y el público se encuentra más segmentado. Es normal asociar un género a una franja etaria, mientras que en el cine ello está más concentrado en ciertos grupos no tan masivos que se apropian de ciertas historias, siendo probablemente el caso más paradigmático el del fandom de Star Wars, que serviría de modelo para la sobrepoblación de sagas que hoy vemos. Pero nadie va a negar que Apocalypse Now! es una obra maestra, mientras que siempre tendremos punks más cercanos a los Ramones  y otros a los Pistols.  

Es redundante aclarar que, al mismo tiempo, la razón de ser de una institución como la Academia son precisamente sus selectos miembros ¿o alguien quiere ver a su vecino en chancletas yendo a recibir una estatuilla?

¿Cómo solucionar el dilema?

La respuesta es más simple aún: el dilema es inexistente, y estamos atravesando el momento más degradado de la Academia: la clase alta se está lumpenizando, si no lo estaba ya, y no le es posible premiar una película que “haga historia”. No es un problema nuevo. Probablemente la Academia nunca hizo una elección genial en su historia. Sin embargo, la calidad de los nominados en general se encuentra bastardeada por completo. En 2013 Argo, con Ben Affleck, se llevó el premio. Sin embargo, es probable que no salga en ninguna conversación. Es así que la existencia de una institución legitimadora como la Academia no solo ya no es necesaria, sino que es lo más cercano a la monarquía absoluta que tenemos en el XXI. Sus outfits son igual de glamurosos, y me arriesgo a decir, la verdadera razón por la que el evento todavía tiene un seguimiento fuerte.

Aceptar que los Oscars ya nada pueden decirnos sobre el gusto significa que alguien más tendrá, necesariamente, que hacerlo. En ese sentido, podemos entrar a Internet siempre que necesitemos una opinión que no sea la nuestra. El duelo no puede durar mucho, porque nos esperan millones de horas de contenido de calidad. Un proceso similar se dio con la caída del rock. Si bien desde mediados de los 2000’s no sucede nada tan importante en términos puros del género, ahora la oferta es mayor: resignarse a la pérdida de popularidad es dejar el ego de lado y entrar en un mundo de posibilidades, ver Mad Max por la mañana, y la peli de tu amigo de la UNA por la noche.

Pero está claro que no hay forma de evadir semejante evento anual. Yo personalmente rompo todos los años mi promesa de no verlo. Hay algo que sí podemos hacer: salir de ese circuito, no para entrar a uno incluso peor aunque caracterizado por cierta “autonomía e independencia”. Se trata de estar al tanto, de entrar en contacto directo con el arte, siguiendo directores, siguiendo actores, investigando sus influencias. Pero, ¿cómo explicar  la falta de criterio de la Academia? Es claro: semejante ente solo se encarga de su propia reproducción. Se trata de la coprofagia del star system, con una periodicidad anual. Nos reímos de sus chistes que no tienen nada que ver con nuestro estilo de vida y de sus relaciones como si fuéramos conocidos de Brad y Angelina. Si antes no había un gramo de criterio artístico, ahora ni siquiera hay un esfuerzo por disimularlo. “¡Ey, la selfie de Ellen!”

El desarrollo de las fuerzas productivas entendiéndose como el avance tecnológico de los distintos elementos técnicos que posibilitan la creación de obras de arte de cero nos abre una puerta enorme: la de matar a los autores, no en el sentido foucaultiano, sino en cuanto personas que conocemos como si se tratase de nuestros amigos. El cine siempre estuvo viciado de este fetichismo. También lo estuvo la música, hasta que el rock murió. Desde entonces, y con la ayuda de las redes, nuestra conexión con los artistas  deja de ser una del tipo religioso. Acercamos el artista a la gente, como trabajador. Aquí se encuentra la verdadera clave no solo para una conexión más específica con el arte, sino también con los artistas en cuanto trabajadores del mismo. No con DiCaprio, pero si con el cine independiente, más cercano a nosotros. Con los errores de las estrellas y sus retornos felices (Robert Pattinson, te hablo a vos). 

Se trata de entablar una relación distinta, no una emancipación total. Hollywood nos ofrece por vez única e involuntaria, algo que ya nos ofreció el rock en los noventa: nos echa, nos venden basura, para que el arte muera y renazca. No cabe aquí la inocente noción de “separar la obra del artista”, ni la de creer en una intoxicación terminal de la obra por los rasgos de un artista que es, en realidad, un fascista en potencia. La propuesta es superior: se trata de entender a los artistas como trabajadores. Es por su trabajo que los reconocemos, a la vez que este se encuentra determinado por las situaciones personales que acarrean como seres humanos. 

Una mirada al futuro

El planteo presenta la posibilidad de un análisis mayor, que se haya de fondo en este artículo ¿Cómo se dan en el adolescente siglo XXI los consumos culturales? ¿Por qué el espacio público se ve reducido al tiempo que los artistas se multiplican junto a los géneros y subgéneros, el público y las formas de consumo? ¿Cómo encarar un mundo para el que no nos criaron, donde la autoridad de las instituciones legitimadoras se ve cuestionada y trasladada a otros entes, no más democráticos pero sí más plurales? 

Podemos empezar por el primer casillero, el que nos habilitó la oleada de escraches a los músicos de la escena local: la desmitificación de los famosos  y los artistas, sean independientes o no, la inmersión casi aceleracionista del público en la pluralidad  que el arte nos presenta hoy, dejando de lado de una vez por toda a los líderes del gusto que ya no tienen forma de justificar su supuesto “paladar refinado”. Y, claro está, aceptar a los hermanos Safdie como nuestros mesías. 

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