Una nueva poética

Por un arte acorde a nuestro tiempo


Nota del editor: El presente fue publicado originalmente en Nuzine, el año pasado, y fue reproducido con permiso de su autor. Tanto él como nosotros recomendamos la lectura previa de El que quiera un cambio, que se vista de negro, y a Sobre la saturación del trap y lo que come la máquina del dinero, para su mayor disfrute.


El manifiesto

Para empezar, es todo un problema la idea de crear un arte nuevo a partir de un manifiesto que plantee un programa. Las vanguardias son el ejemplo de que un arte que se construya sobre ideas delimitadas de antemano está destinado a agotarse en poco tiempo. Sin embargo, podemos ver a ese supuesto programa (o más bien, boceto de uno) desde otra perspectiva, más profunda: la del inicio de una nueva poética.

La Poética

Necesitamos un arte acorde a nuestro tiempo, que exprese la asfixia estética y no algo que alimente la retrofilia. Cyberpunk sin punk, punk-rock sin rock. Recuperar la estética militar, sin ser el ejército de nadie

— Sofía Vázquez

Se han escrito varias poéticas a lo largo de la historia. No todas tan claramente prescriptivas en cuanto a lo que el arte debía ser o expresar, pero siempre una reflexión acerca de él. La primera es la de Aristóteles, que ve al arte como representación, y produce su primera categorización, que permanece hasta hoy. Una poética es un texto concreto que busca institucionalizar una determinada forma de hacer arte. Sin embargo, creo que algunas obras mantienen, más o menos implícitamente, sus respectivas poéticas, más o menos claras, más o menos (o nada) prescriptivas, y más o menos exitosas.

Cervantes inventó la novela moderna (Don Quijote de La Mancha), pero nunca escribió o dejó constancia de su pensamiento acerca de la literatura, a excepción de una serie de ideas que dejó explícitas pero también y sobre todo implícitas a lo largo de su obra. Y aquí aparece mi punto principal con respecto al artículo al cual respondo: más que buscar un arte a través de un texto no artístico, lo más efectivo sería directamente mostrar ese nuevo arte. De todas formas, creo que es plenamente legítimo hacer un llamado por un arte acorde a ciertas experiencias. Pero es necesario enfocarse desde el principio en buscar ese arte activamente. Y ese es el objetivo de este texto.

Rosalía y Kamasi Washington sirven, en mi opinión, de posibles modelos de este nuevo arte. Lo que hace la primera no puede ser llamado una mera fusión de flamenco y otros ritmos, sino que explota una infinidad de recursos técnicos y estilos musicales e innova en todos ellos. No solo hay una nueva música, sino que, más allá de eso, introduce en la esfera masiva una nueva forma de leerla y sentirla. Kamasi Washington hace algo parecido. La primera palabra del primer tema de su disco The Epic es change, pero, a diferencia de Rosalía, no creo que haya nada en particular en lo que el artista innove musicalmente. Pero sí que, como ella, nos ofrece una experiencia musical diferente a la del mero consumo comodificatorio. Creo que la impresión general frente a ese disco fue ah, el jazz era eso. eso no era solo el jazz, sino la música vivida de una forma particular. Con espíritu. Un espíritu imperceptible que invita a imaginar. Que inspira. Además, Kamasi Washington tiene un mensaje social marcadísimo, que no puede ser subsumido y derrotado porque su música es demasiado reflexiva y poderosa (creo, en el sentido de la fe). Así que también podría considerarse emancipatoria. Además creo que, incluso cuando Kamasi Washington grabó estándares viejísimos de jazz en su disco, no llegó a ser retrofílico. No buscó volver hacia atrás sino solo tocar una canción vieja a su manera. Otra idea difícil de los artículos de Vázquez es una cierta asociación «actual-bueno/retrofílico-malo», que puede prestarse a la ambigüedad y derivar en la idea de que toda referencia a la tradición es per se mala. Este es el principio vanguardista que determinó su esterilidad. El arte es convención, y la convención es necesariamente histórica. Lo mismo pasa con el lenguaje. Y, como el lenguaje, el arte necesita de la historia y de la convención si quiere comunicar algo.

Otro aspecto positivo de los ejemplos mencionados es que dan cuenta de las posibilidades narrativas de formas afines de entender al Arte (sin etiquetas. Yo digo jazz, pero sé que en el fondo no estoy diciendo casi nada, y no me importa) El álbum de Rosalía organiza un universo doméstico e introspectivo, mientras que The Epic abarca un imaginario absolutamente distinto. Diría que, desde el título hasta el recorrido que hace sobre una enorme cantidad de lenguajes sobre todo negros que contiene, es un disco, entre comillas, Grande. Finalmente, ambos artistas pueden considerarse masivos, de manera que su producción no está limitada por una difusión precaria.

El espíritu

El rechazo a la comodificación se opone tácitamente a la de una serie de experiencias más elevadas o más profundas que las de comprar, en una canción, una identidad. El camino buscado por Sofía Vázquez sería, intuyo, el inverso: la identidad se produce en consonancia con el arte, que hacemos porque somos seres humanos y compartimos símbolos y otras cosas y después vemos qué pasa, ya sea comercializando ese arte o no. Hasta ahí, creo, podríamos resolver el problema del arte como producto de venta y nada más. Un arte colectivo, que no pretenda surgir de un Autor, podría ser una forma de romper las barreras de las etiquetas y del narcisismo, que se perderían en el encuentro con otros.


Ahora bien: otro problema, superado el de la propia producción de un arte acorde a nuestros tiempos, es la posibilidad de que este no sea necesariamente emancipatorio. En todo caso, ¿emancipatorio respecto de qué? Si es de los distintos problemas del mundo exterior, tenemos como antecedente al Barroco como un arte floreciente intelectualmente pero que no constituía una emancipación sino que se evadía de la realidad.

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son

— La vida es sueño, de Calderón de la Barca

Estos versos son un rechazo a una vida material en crisis (específicamente, la crisis del imperio español del siglo XVII) , en la que aparentemente cada día se vivía peor y sin posibilidades aparentes de remontar (*guiño guiño*). Frente a eso, se produce una huida hacia la subjetividad y una evasión del mundo real, del mundo económico. Si nuestra época está signada por la regresión, un arte acorde a nuestro tiempo será en parte regresivo, castrado. No digo que todo ni que la mayor parte necesariamente tenga que ser así.

Finalmente, con respecto a la retrofilia, creo que quizás, cierta manera de abordar al arte «viejo» (bandas jóvenes de tango, boleros, música medieval, etc.) sea una respuesta a la idea vanguardista del progreso artístico. Disfrutar del arte en lugar de priorizar la necesidad hacerlo avanzar es otra de las maneras de vivir la experiencia artística que considero muy a tono con este tiempo, tanto como muchos otros de la historia (teniendo en cuenta la particularidad del período vanguardista).

Kamasi Washington y su banda.

Pintar todo de negro

Mi sugerencia es depurar todos los detalles, una suerte de navaja de Occam de la cultura. Deshacernos de las etiquetas, los colores y los logotipos. Descomodificar cada uno de nuestros consumos, quitarle importancia a la identificación segmentada. Pintar todo de negro para devenir imperceptibles.

(…)

La búsqueda de una expresión personal más genuina puede ser muy trasgresora y muy política, pero no tiene que ser el objetivo final. Mucho de lo que se ha hecho en términos de “arte político” ha tenido más de lo segundo que de lo primero. Necesitamos dejar ese interés atrás para que confluyan forma y función.

— Sofía Vázquez

Está claro que la propuesta de la autora va más allá de un proyecto estético-político concreto y programático. Pero entonces, ¿qué se busca exactamente? ¿El logro de una expresión ahogada por el mercado? ¿O algo más? Ser imperceptibles hasta que confluyan forma y función. Es decir, hasta que el arte cumpla su objetivo necesariamente debemos hacerlo de manera no identificatoria (al menos no como suele hacerse ahora) tanto como imperceptible. El Arte entendido como un todo sin etiquetas no sería consciente de sus diferencias internas (no hablaríamos de rock, jazz, cubismo, ni, en última instancia, de cine, música, etc. Creo que eso también pasa actualmente. Los límites entre géneros se diluyen más de lo que creemos), lo cual evadiría la institucionalización y la asfixia estética. Un Arte vaciado de conciencia. Lo interesante de esta propuesta es que si nos ponemos a analizar y buscar ese Arte, su hechizo de imperceptibilidad se perdería. Yo creo que existe, como ya defendí, pero para no romper el hechizo no quiero ahondar mucho en él.

En la última frase del texto de Vázquez se abre otro problema: si el arte deja de ser identificatorio, y devenimos imperceptibles, ¿cuál es la emancipación, cuál es el efecto? Vuelvo a la pregunta del segundo apartado de este texto: ¿emancipación respecto de qué? Porque tanto podría ser respecto de los condicionamientos del universo simbólico en el que estamos inmersos, como de un principio de emancipación como postura crítica frente a una realidad material, que no son necesariamente lo mismo, creo. No es la misma liberación la que propone un haiku de Chiyo-ni que la que propone The Wall. La aclaración a esta duda puede encontrarse en el tweet que acompaña al link de El que quiera un cambio, que se vista de negro: la función del arte es la de imaginar un futuro hasta ahora negado.

Mi conclusión es que el arte, sea cual sea, es un tiro al aire. Una proyección imposible de predeterminar(*)El texto de Sofía Vázquez no es un manifiesto ni una poética sino un simple llamado. Necesariamente las verdaderas poéticas sucesivas son y serán escritas por nosotros, más o menos implícitas en nuestras artes. De esta manera, sin etiquetas, imperceptibles, nos sumergiremos en la experiencia moderna que nos toca vivir y diremos, sin saberlo, cosas que no imaginamos, leídas de a poco por quién sabe quién, y quién sabe cómo. Porque podemos hacer Arte, y no podemos controlarlo completamente, pero podemos, claro, divertirnos en el intento.


(*) Recuerdo un par de casos de lecturas particularmente alejadas de la intención testimoniada de sus autores: el primero, es el del arte abstracto de vanguardia que, pretendiendo cuestionar a la sociedad capitalista, fue tomado por los burgueses criticados como símbolo antifascista y anticomunista cuando se enteraron de que era rechazado de manera tajante por los dirigentes de esos regímenes. El otro es el de la canción Como la cigarra, de María Elena Walsh, que pretendía ser un canto sobre la soledad del poeta y terminó siendo adoptada por el pueblo argentino como un himno del nuevo comienzo de la democracia.

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