El Coronavirus va a salvar al planeta

Hace unos días, recibí un mensaje en Twitter de parte de un lector de este mismo pasquín. El adorable joven se dedica al activismo ecologista, y se le ocurrió preguntarme qué opinaba sobre cierta idea que ha comenzado a propagarse por sus círculos, en estos últimos días.

Como el título del presente explicita, ha escuchado a colegas plantear que el Coronavirus es bueno para el medioambiente. 

Para comenzar, y casi impulsivamente, no puedo sino disentir – no de la afirmación, sino del abordaje a las problemáticas medioambientales que hace de ese un planteo posible.

El planeta está hecho mierda ¿De quién es la culpa? Algunos dirán que es “nuestra” culpa, salvándose del ejercicio sucio de apuntar dedos, refugiándose en un amplio y vago colectivo de culpables que no puede ser llevado a juicio, pero que tiene el poder de cambiar las cosas.

Ese cambio, el ecologismo pop propone, se da cambiando hábitos de consumo. Comprar productos verdes, reemplazar la carne por hamburguesas de soja presentadas en dos capas de plástico, dentro de freezers dentro de hipermercados a los que llegaron en camiones y de los que se irán en automóviles – o en colectivos, o a pie, in the grand scheme of things, no importa – y ese es el problema. El ambientalismo de “esta bolsita de tela va a salvar al mundo” propone soluciones individuales y muy débiles a problemas enormes. Cuando la solución es una decisión de compra, el triunfo de la humanidad es un triunfo de marketing, y quienes no tienen acceso al producto panacéico no estarán contribuyendo a nuestra destrucción.

No pretendo una apología del derroche. Yo mismo soy bastante ahorrativo. Reduzco residuos, no conduzco un automóvil, etcétera. Pero la idea de que uno salva al mundo cambiando hábitos de consumo es deficiente.

100 compañías son responsables por el 71% de las emisiones causantes del calentamiento global. No se trata de cambio climático antropogénico, sino de cambio climático corporagénico, capitalgénico, profits-over-peoplegénico. Un ambientalismo que no es anticapitalista, que no advoca por regulación que imposibilite la existencia de corporaciones que hagan dinero haciendo mierda al planeta, es un ambientalismo rengo y superficial. Es identidad cultivada – en el mejor de los casos. Podría volverse mucho más siniestro.

Según el camarada que motivó esta pieza, el Coronavirus es, entre susurros, low-key celebrado por sus colegas porque creen que “exterminaría”[citation needed] a poblaciones altamente contaminantes. La idea de que un genocidio es parcialmente deseable porque es bueno para el medioambiente puede parecer un accidente retórico, la desviación de algún loco, una anomalía. Es, de hecho, una tendencia dentro del ecologismo… Jóvenes, ¿Han oído hablar del ecofascismo?

Breve introducción al ecofascismo

El ecofascismo volvió a ser relevante hace un tiempo, a raíz de la masacre de Christchurch. Su autor dejó detrás, además de una grabación de la masacre en cámara subjetiva, un manifiesto titulado “The Great Replacement” (“El gran reemplazo”) y en el que declaró, entre memes, que una de sus preocupaciones era el cambio climático. 

De similar manera, Patrick Crusius, autor de la un poco más reciente masacre de El Paso, trató el clima en su brevísimo manifiesto: 

“La destrucción de nuestro medioambiente está creando un lastre enorme para futuras generaciones. Las corporaciones encabezan la destrucción de nuestro medioambiente sobreexplotando recursos desvergonzadamente (…) Si podemos deshacernos de suficiente gente, entonces nuestro modo de vida será más sustentable.” 

Y, de similar manera, Anders Breivik condenó la idea de la “deuda climática” en la explicación de su masacre. 

El ecofascismo es racialismo digerido a través de preocupaciones ambientalistas. Su autor fundacional fue Madison Grant, y su biblia, The Passing of the Great Race, or The Racial Basis of European History, tomo en toda ley racialista (más su racismo no es vitriólico, se pretende científico), que alerta sobre la decadencia de la “raza nórdica” y arguye por su superioridad aludiendo a su “capacidad para el autogobierno” e “instintos generosos”. 

Este buen amigo de Teddy Roosevelt fundó la American Eugenics Society y fue crucial en el endurecimiento de la legislación migratoria – especialmente, en aquella racialmente codeada. 

Los escritos de Grant tuvieron numerosos admiradores notables. Entre ellos, Adolf Hitler, quien se nutrió no sólo de los artefactos discursivos de Grant, sino también de su admirable labor como conservacionista para diagramar las políticas eco sustentables del Tercer Reich. Políticas que, vale la pena aclarar, fueron traicionadas por las ambiciones expansionistas del mismo Reich. Guerrear contra medio planeta e industrializar el genocidio no son medidas verdes

Pero no puede trazarse un puente directamente desde Grant y Hitler hasta Breivik. Estas ideas no saltaron de un momento de la historia a otro. 

Durante los 80s y 90s, el “Deep Ecology Movement” celebraba el VIH y las hambrunas, planteando que la tierra era una suerte de bote salvavidas, y que sobrecargarlo nos llevaría a morir a todos – o, mejor dicho, los llevaría a morir a ellos. Soy negro, sudamericano y trolo, soy la sobrecarga a la que aluden. 

Me permitiré introducir a la conversación a algunos de mis afectos. Con menos ponzoña y sin un entramado racial, el movimiento antinatalista de los años 90s sugirió que la extinción sería el mejor destino para la humanidad y agradeció a quienes decidimos no reproducirnos – al fin y al cabo, lo estamos arruinando todo y ni siquiera la estamos pasando bien. Este movimiento fue brillantemente parodiado por Chris Korda et al, en el proyecto dadaísta The Church of Euthanasia.

No todo antinatalista es un ecofascista, y no todo ecofascista es un antinatalista – los ecofascistas quieren que sigan naciendo bebés blancos, por supuesto. Por eso están a favor de todo aquello que vaya a reducir la población en regiones “racialmente inferiores”.

Ecologismo pop y ecofascismo

Ahora bien, ¿Creo que los compañeros del muchacho que azuzó este escrito son ecofascistas? No lo sé y, francamente, no lo creo. Sólo comparten cierto glitch retórico con el ecofascismo. Glitch que debe ser corregido más bien pronto.

Quienes predican ecologismo pop no están demasiado lejos de tomar como válidos los argumentos del ecofascismo. Si combatir el cambio climático se trata de las decisiones de las masas y no del bolsillo de las elites, la conclusión de que quienes tienen una relación errada con el plantea son inferiores y que tienen que morir está demasiado cerca. Es más, cualquiera que realmente esté al tanto de lo complicada que es la situación medioambiental y crea que el asunto se soluciona haciendo ecoladrillos va a odiar a los chinos y desearles la muerte.

Hay algo bastante interesante en las lecturas anti-corporativistas del ecofascismo. Prueban una vez más que el fascismo es el socialismo de los idiotas. Las corporaciones sobreexplotan recursos y destruyen al planeta, pero el Incel autor de la Masacre de El Paso no condujo hasta una sede corporativa y abrió fuego ahí. No puso una bomba en Shell. Son cobardes y sólo van a atacar a quienes están en las trincheras con ellos pero tienen un color de piel o una orientación sexual otra. El fascismo corta el hilo por lo más delgado, y la porción “más delgada” es un grupo humano que no puede defenderse. ¡Qué conveniente! 

¿Por qué la solución al cambio climático no está en ir por ahí matando gente que no te gusta? Porque el problema, sobre todas las cosas, está en un entramado corporativo que depende de que sigamos reventando el planeta. La cultura está mal, el espíritu bajo el cual se diseñan productos de consumo masivo está mal, sus métodos de producción y distribución están mal, las petroleras están mal. Si no se toca el sistema de producción (no meramente diversificando la oferta, sino regulándosela), no habrá mucho que hacer.

Este artículo no habría sido posible sin la brillante lista de lecturas sobre ecofascismo propuesta por Tank Magazine. Recomiendo echarle un vistazo.

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