La Kin(estética) de lo político

A finales de 2019, el Gobierno provincial de Córdoba inauguró una nueva legislatura. Más allá de ser un importante avance en términos de infraestructura gubernamental, lo cierto es que incluso los más escépticos no dudaban de remarcar su condición de monumento al mal gusto: es un edificio polémicamente feo. Pero lejos de ser una discusión netamente arquitectónica, nos habilita a pensar qué lugar ocupa la estética en lo político, y más aún, cuales son las sensaciones que nos infunda la política como actividad en general.

Pensar la estética en lo político es más que un ejercicio analítico, un pequeño juego al que decidimos jugar. Ya desde el Siglo de las Luces distintos pensadores como Kant trataron de entender eso que nosotros llamamos “lo lindo”, pero lo cierto es que nunca encontramos muchas respuestas que podrían decirse objetivas. Es más, por lo general, la respuesta parecía encontrarse en otro conocidísimo Deus ex Machina de la Teoría Política, en los “impulsos animales humanos”, así, en abstracto, que podían ser educados hacia donde quiera que la razón nos permitiera llegar. Pero la verdad, este tipo de definiciones nos parecen inútiles en términos explicativos, al menos para lo que nosotros tratamos de ver. 

La política como actividad específica está siempre permeada por ese otro abstracto y gigante que es la opinión pública, un conjunto de percepciones que comparte la gran mayoría de la población de nuestros Estados Nación y que sólo se conoce cuando tenemos que ir a votar o cuando nos enteramos de algún nuevo impuesto que tenemos que pagar. Aunque la relación en realidad es más compleja, lo cierto es que en las Sociedades del Espectáculo descritas por Debord, la política aparece interpelada por las sensaciones que nos generan sus actores y ella misma como un todo, sensaciones configuradas por los medios donde la observamos, y que si bien generan una serie de opiniones y razonamientos concretos (que suelen componer nuestra humilde y chiquita “opinión política”), también genera un nosequé en paralelo, que es una Kinestesia, una sensación de juego, que sentimos con la pasión de un distraído y es la forma en la que experimentamos atracciones, alejamientos, admiraciones o rechazos y que no se puede, nunca, pretender racionalizar. 

No pretendo proponer una rarísima morfología estética de lo político, sino más bien jugar con esa sensación extraña, por debajo de nuestras creencias políticas, que aparece en un subconsciente de la opinión donde toman lugar difusamente las sensaciones que nos da la política, que más que ser merecedoras de un paper académico sobre los valores de una sociedad, es un cuadro digno del MALBA, algunas veces hermoso y colorido y otras horripilante y lúgubre. 

Tampoco pretendo obviar ni mucho menos negar que la política es una actividad muchísimo más importante y concreta de lo que ahora tratamos de mostrar, donde más tenemos que ser responsables: de ella dependen el futuro y la vida de millones de desamparados, mientras trata de delimitar la avaricia de un puñado de otros. Trato de dimensionar esa base compartida por todos los seres humanos de la tierra que está a escasos metros de donde empiezan los sentidos y que no puede servir a los engranajes del poder más que para reírnos un rato o sentir una pequeña angustia existencial.

Los valores y sentidos con los que nos movemos parecieran estar lejos de esta extraña kinestética que trato de sacar a la luz. No tiene que ver con las desafortunadas comparaciones entre animales y políticos (donde caballos y gatos salen claramente perjuriados), no tiene que ver con esa pasión tribunera que nos da un discurso sobre ampliar derechos o cortarlos, no es esa bronca que nos causan las declaraciones de un rival político cuando dice lo que ya sabíamos que diría. Es más bien ese cosquilleo que sentimos cuando estamos emocionados por una elección, es lo que nos hace sentir ver a un político (cualquier político) tropezarse después de hablar tan grandilocuentemente de la Nación y la patria. Es un momento que nos remite, más que actos y cosas concretas, a esa sensación que nos da el todo, la aceitada unión de las partes que sentimos como “cuestiones políticas”, y que la sentimos en el fondo de la garganta con sabor a frutilla, a nada o a vómito.

No creo que tengamos que hacer mucho con esto. Proponer racionalizarlo es imposible, buscarle utilidad política, deshonesto y fútil. Pero nos puede ayudar a empezar a ver cuales son las sustancias que habitan debajo de nuestra racionalidad, y más abajo aún, de nuestra irracionalidad que vive junto a nuestras opiniones totalmente personales, nuestros deseos irrealizables y nuestros miedos. La política antes que una compleja estructura lógica de sentidos, se nos aparece como la primera vez que vemos un cuadro o que jugamos un juego. Algunas veces es un combo en el Mortal Kombat con el cual ganamos y otras una de las 200 muertes frustrantes que tuvimos en el Dark Souls, pero siempre es un movimiento que nos hace sentir cosas, y cosas que tenemos que ser capaces de ver.


Una versión de este artículo fue publicada en PretorArgento, el blog del autor.

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