Anti-utopianismo en una Argentina decadente

Cierta para nada despreciable porción de nuestra población pareciera profesar una ideología que tiene como objetivo, no la maximización del bienestar, sino la maximización de la desgracia.

Recientemente, una muchacha denunció (en internet) haber visto cómo una familia pobre arrasaba la sección de delicatessen de un supermercado, tarjeta alimentaria en mano. ¿En qué se indulgían estos falsos pobres?
La joven periodista reporta:

  • 8 alfajores-torta “Águila”
  • Capeletinis
  • Cajas de hamburguesas
  • “Chocolatada ‘Cindor'”
  • Pan lactal
  • Latas de ananá

Por supuesto, su revelador reporte generó cierto revuelo (en internet), con usuarios de clase media-baja remarcando que sus salarios no les alcanzan para darse lujos como beber el licuado de tanga con sedimentos comercializado bajo el nombre de fantasía “Cindor”.

No puedo responder a este tipo de quejas, sino con la proposición de un guillotinamiento. Si trabajás 10 horas por día y no te alcanza para comprar un pan lactal, alguien te está cagando.

Opción A: Tu jefe, pagándote chirolas.
Opción B: Quienes producen y comercializan el pan lactal, vía sobreprecios obsecenos.
Opción C: Ambos.

En todo caso, recomendaría alguna clase de acción colectiva en pos de la suba de salarios. Tu jefe te está robando una porción tan grande del valor que producís que te está dejando, prácticamente, en la calle. Trabajas para no poder hacerte un sandwich de paleta sandwichera. ¡Es un horror!

Pero, al parecer, el objetivo no es que todos podamos comer paleta sandwichera, sino que nadie más pobre que uno lo haga. Qué difícil nos será todo.

Más allá de eso, podemos intentar salvar esta situación tan patética, entreteniendo tres ideas:

  1. “Las tarjetas alimentarias son un error, no deberían darse. No les gusta trabajar, son todos unos n_______________________________>>>>>>>>>>>>>>>>>>”
  2. “Si se le da dinero a los pobres para comprar alimento, deben comprar sólo lo esencial (harina, leche, huevos y dos latas de caballa). Cualquier otra compra es un escupitajo en la cara del laburante.”
  3. “Los pobres tienen derecho a comer alfajores.”

“Las tarjetas alimentarias no deberían existir”

Concuerdo, nadie debería necesitar una tarjeta alimentaria. Su existencia es algo muy desafortunado porque su necesidad es algo muy desafortunado, y celebrar la entrega de tarjetas alimentarias es criminal. Un Estado preocupado por las condiciones de vida de la población no debería contentarse con que dependan de él para comer. En condiciones ideales, se entregarían las tarjetas alimentarias con la esperanza de que pronto dejen de ser necesarias – y se celebraría el decrecimiento de la población dependiente, no su aumento.

No pretenderé que, en este país errado, este no sea un planteo utópico. ¿Cómo podría alguien que necesita asistencia estatal para comer dejar de hacerlo, en un país hiperinflacionario, subdesarrollado y profundamente desigual? La existencia de la tarjeta alimentaria sólo beneficia al político que gana con poco y al empresario que quiere seguir teniendo trabajadores no-registrados a quienes convence de no reclamar por su blanqueo porque eso significaría seguir cobrando un sueldo miserable pero, esta vez, sin asistencia estatal.

“LOS POBRES TIENEN QUE COMER PAN Y BEBER AGUA”

Más allá del asunto de qué deberían o no deberían hacer los pobres, que, confieso, me interesa poco, considero menester abordar por qué los pobres toman las decisiones financieras que toman. Más allá de lo repugnante de la posición de veedora del changuito ajeno que se autoasignó esta periodista de Twitter, debo darle la razón: Comprar ocho tortitas Águila es una pésima decisión económica si uno está corto de capital. Ahora, un libertario me interrumpiría regodeándose de que “por supuesto los pobres toman pésimas decisiones económicas, ¡Por eso son pobres!” Por supuesto, la realidad es un tanto más siniestra y no invita a asesinatos de carácter.

A menos que uno conozca la historia familiar de una persona pobre, le será difícil saber a ciencia cierta si es pobre por culpa de una cadena de malas decisiones que evidencian un carácter indeseable, o si es pobre por causas sistémicas (racismo institucional, imperialismo, etcétera). Y a veces las líneas son borrosas. Es difícil saber qué vino primero, si la pobreza o las malas decisiones, porque el estrés consecuente con la pobreza puede causar una pérdida de hasta 13 puntos de IQ.

Pero los pobres no desperdician el dinero “porque tienen un IQ bajo”, desperdician el dinero porque el mañana no existe. Como explicó el Dr. Elliot Berkman en un artículo para The New Republic, “La pobreza fuerza a la gente a vivir en un ahora permanente”. ¿Por qué es más fácil para una persona de clase media enriquecerse, que para una persona pobre?

Los pedos de clase son característicos de la clase media, pero, más allá del programa de Nelson Castro, alguien de clase media puede acceder a educación de relativa calidad y a cuidados de salud, siempre pudo comer y siempre pudo costearse ciertos consumos culturales. Pero lo material no existe por sí solo, brinda garantías y construye un sentido de yo que es capaz de tener aspiraciones.

Los pobres son malos con el dinero porque la planificación financiera requiere un futuro para el que planificar y el futuro es una cosa incierta, oscura y rara. Más aún si la posibilidad de comer esta noche es incierta, oscura y rara.

“EL ALFAJOR-TORTA ÁGUILA ES UN DERECHO HUMANO”

Basta de pelotudeces, ni que fuera un TriGuayma.

2 comentarios en “Anti-utopianismo en una Argentina decadente”

  1. 1.El Estado debería intervenir para garantizar una alimentación sana y balanceada, sobre todo cuando ya tiene las herramientas para hacerlo.
    2. Aunque el ejemplo es obsenamente clasista, si cabe la crítica a los “ananás” frente a harinas y otros productos con un poder de “adaptabilidad” mucho mayor.

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    • Habría una manera bastante straightforward de solucionar el asunto, y sería, por ejemplo que el Estado diese la ayuda alimentaria mediante bonos sólo canjeables por ciertos tipos de alimentos. Por mi parte, creo que, llegado el caso, el Estado debería sugerir, no garantizar en el sentido de obligar. Si hay algo que los pobres no necesitan es tener incluso menos autonomía sobre sus propias vidas.

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