Mi vecino Miyazaki

Como bien sabrán los asiduos lectores del pequeño pasquín comunista, en el último tiempo nos hemos dedicado a cubrir a sujetos de, como decirlo sin herir sensibilidades, orientaciones un tanto polémicas, y que han contribuido, cada uno desde su lugar de “”“” Expertise ““””””, a formar el panorama cultural en el que nos desempeñamos- Véanse las andanzas del Profesor Langosta de hace algunos días, o el detonante que fue Jimena Barón para hablar de la prostitución.  

A su vez, sabrán que un humilde servidor ha estado escribiendo sobre el animela radicalización de las comunidades que se han gestado en torno a esta forma de arte, y cómo esta disciplina que se apreciaba revolucionaria en sus orígenes ha devenido en un escapismo toxico para quienes la consumen asiduamente, y en un ambiente laboral aún más toxico, que esclaviza y aplaca a algunas de las mentes más brillantes en el campo de la animación. 

Sin dudas, una visión de un optimismo inquebrantable. Por ello, hoy creo menester el desviarnos un poco de “las pésimas noticias para quienes estamos acostumbrados a las malas noticias”. Ya saben, a modo de relajar los ánimos; pero aún más que ello para destacar que hay personas que siguen pregonando ideas en pos de la humanidad y de su evolución, en todos los ámbitos en los que sea necesaria. Para celebrar a algunos de los más grandes artistas de los últimos años, quizás de todos los tiempos, si se me permite la hipérbole. Y de pasada, para demostrar que el anime aún es una forma de expresión disruptiva. Si, estimados lectores, hoy hablaremos del gran maestro Hayao Miyazaki, su magnánima obra, y por qué este animador de casi 80 años es al día de hoy uno de los pocos artistas de vanguardia que quedan.  

Este tópico no surge de casualidad. Verán, a principios de año, Netflix anuncio que se haría cargo de la distribución de la gran mayoría de las películas de Studio Ghibli– El mítico estudio de animación nipona fundado por Hayao Miyazaki e Isao Takahata- entre las cuales se incluye la filmografía completa del maestro Miyazaki. Sin duda, una oportunidad de oro para aquellos que no hayan experimentado su cine, y una inmejorable excusa para que este admirador trate su magnánima obra, y el porque es revolucionaria décadas después de su apogeo.   

Debería lanzarles una aclaración más: Esto no será una exploración película por película de la obra del señor Miyazaki -ya que por el momento no me planteo escribir un tratado al respecto- sino más bien un repaso temático de su obra, los puntos altos de la misma, su influencia, y cómo esto se relaciona con la potencial redención de la comunidad otaku, siendo una suerte de antídoto para la radicalización. 

Hablar de las temáticas que toca Miyazaki en su basta carrera es hablar de una amplia gama de temas aparentemente dispersos que el director Nipón logra unificar con su estilo único e irrepetible que bien podría ser un género en sí mismo. Dichas temáticas incluyen asuntos tales como el ambientalismo, la dicotomía Tradición Vs. Modernidad, las dinámicas familiares (tanto las tradicionales, como las disfuncionales, o aquellas que se ensamblan a lo largo del tiempo), el horror de la guerra, la industrialización, lo espiritual y lo mágico como formas de interpretar la realidad –y, por supuesto, el feminismo explícito de sus películas. Sin lugar a dudas, una hermosa ensalada ideológica que el propio Miyazaki sazona perfectamente con obsesiones personales para crear mundos vibrantes e imaginativos, pero no por ello menos reales e importantes que una plétora de películas tradicionales.  

Entre estos gustos particulares alrededor de los que Miyazaki construye sus mundos podemos nombrar, la aviación, la estética steampunk, las narraciones fantásticas de autores como Lewis Carroll y Roald Dahl, así también como el folklore de su natal Japón- todo esto hace de él un artista más que interesante. 

 Pero el interés del público, los mundos exóticos, y las referencias pseudo-intelectualoides no son nada sin una consistencia temática tangible a lo largo de su obra, y sin el mensaje que trata de entregarnos el señor Miyazaki en cada una de sus películas, mensaje que suele variar de film en film, pero que sin lugar a dudas suele ubicarse dentro de sus parámetros ideológicos y estéticos, volviéndolo uno de esos directores fácilmente identificables. Basta con solo ver algunos frames de sus obras para reconocerla como suya, como ocurre con realizadores como Nolan, Tarantino, o el recientemente laureado Bong Joon-Ho.  

Para tratar de ser más precisos, podríamos fijarnos estas cuestiones por medio de un breve ejemplo. Tomemos por caso Porco Rosso– quizás la más infravalorada de sus obras- y cómo en solo una de sus escenas más intrascendentes Miyazaki ya pone más ímpetu y claridad artística que muchos durante toda una cinta de 2 horas. La escena en cuestión involucra al personaje principal, Marco (un aviador italiano de la década del ‘20 que, por una maldición nunca explicada, es trasformado en cerdo) y a la mecánica/diseñadora de aviones Fio, quienes interactúan durante la mañana luego de que Marco llegase al taller de su tío solicitando la reparación de su avión para hacerle frente al rival que se le ha presentado en el último tiempo. 

Antes de ir a dormir, Marco decide posponer la decisión de dejar su avión en manos de la joven de 17 años hasta la mañana siguiente, sólo se queda por la promesa de ver un diseño que lo convenza de lo contrario, y un acuerdo de palabra que hizo con el tío de Fio de esperar -cuestión de honor, uno de los mayores temas de la cinta. Al salir del baño y caminar por la casa, Marco nota que Fio estuvo toda la noche despierta rediseñando su avión, tras un breve intercambio de ideas en donde la joven se muestra determinada, inteligente y carismática, un anonadado Marco acepta pagar por el trabajo quasi experimental de la joven, así también como darle rienda suelta para que realice lo que desee, aun cuando previamente había expresado sus dudas al respecto. Dudas que, cabe aclarar, aún estaban con él luego de levantarse, pero que prontamente fueron disipadas al ver la pasión que demostró la joven.  

La acción trascurre en menos de un minuto y el uso del dialogo es mínimo, pero Miyazaki ya nos dio toda la información por medio de las imágenes que nos presentó en la pantalla y las interacciones que sus personajes tienen entre ellos. En el “Set-up” de la escena se ve a Marco listo para retirarse, con sus valijas sin deshacer y aprontándose para ser el primero fuera de la casa, cosa que cambia cuando se encuentra con la joven claramente desvelada pero enérgica en su labor. Se ve la pasión en sus ojos, así como se nota su grado de sapiencia en el tema al hablar de igual a igual con un piloto veterano. Estas cosas ya se nos son comunicadas de antemano al ver la cantidad de notas y planos rechazados que la joven tenía pululando por su lugar de trabajo, así también como se hace evidente su dedicación al proyecto cuando se establece que estuvo toda la noche trabajando (evidenciada por las ojeras bajo sus ojos, las tazas de café, y la cantidad de trabajo realizado). La escena concluye con Marco aceptando, y la película avanza a mostrar un montaje de como son los días de labor en el aeroplano.  

Sólo con ese minuto Miyazaki hace claros y transparentes los temas de Porco Rosso, el honor y la palabra como valores máximos, la fortaleza de sus personajes femeninos y su no-necesidad de héroes salvadores ni de servir sólo como interés romántico, la pasión como fuerza conductora de la vida, entre otros temas de los cuales no se sonroja.  

El fascismo, la guerra, y el amor romántico brillaran en Porco Rosso, cada uno a su tiempo. Al hablar abierta y honestamente, sin miedo a las contradicciones, y explorando varios puntos de vista a la vez para dar una visión más universal sobre los mismos. Claro está, empapándolo todo de esa cosmovisión tan mágicamente intoxicante que caracteriza a sus obras. Miyazaki logra hacer todo esto sin tropezarse con sus personajes, siendo honesto con su mensaje, y por sobre todas las cosas, divirtiendo… ¿Imposible? No, claro que no. ¿Difícil? Sin dudas. Pero ¿Cómo lo logra? Bueno, estimados lectores, para eso debemos hablar del porqué de la influencia del señor Miyazaki en el mundo del cine, y más allá también.     

Hayao Miyazaki se revela como alguien muy influyente a lo largo del mundo, no sólo en su Japón natal. Es reverenciado por animadores y realizadores a lo largo y ancho del globo, por 4 de copas como quien les escribe hasta por animadores de la talla de John Lasseter (director de la primera Toy Story y ex-jefe creativo de Pixar), Makoto Shinkai (drector de Your Name y Wheatering with You), pasando también por directores de renombre como Steven Spielberg, Quentin Tarantino, o James Cameron. Todos ellos se han deshecho en elogios al maestro nipón.  

Sin embargo, es interesante notar que estos halagos vienen de profesionales métodos y dedicados y, en su gran mayoría, con outputs creativos por arriba de la media, que operan canales de distribución y producción harto complejos que se asemejan más a fabricas que a estudios abocados al arte… Sin duda, es interesante que sus halagos vayan dirigidos hacia alguien que no podría estar más alejado de ese modelo, que vayan rumbo a alguien que obtiene su inspiración de la vida cotidiana, de la contemplación calmada del discurrir del tiempo, de un dejar ser propio de los sabios, algo totalmente contrario a las juntas de producción y brainstorming en sesiones ruidosas y colosales que deben ser causa común entre los gigantes otrora nombrados. 

Este tren de pensamiento se vuelve aún más interesante cuando se observan las formas de encarar una producción. Por su lado, Miyazaki es conocido por menospreciar las convenciones típicas de la industria, como un guion que dictamine la trama, o un itinerario que lo ate a ciertos objetivos de corto plazo. 

 El bueno de Hayao se caracteriza más bien por trabajar por inspiración, hacer un boceto y dejarlo reposar por meses (incluso años, en ocasiones) hasta que madure en una idea concreta a partir de la cual construir una historia, historia que él va mutando a medida que dibuja, ya que su guion son básicamente los “storyboards” que se le van ocurriendo conforme pasan los días, conforme va desenvolviendo su magia junto a su equipo de animadores y dibujantes. 

Equipo que es muy reducido, y trabaja a un ritmo lento, buscando el mejor resultado posible. Todo este proceso que se ubica tranquilamente en las antípodas de las producciones modernas, llenas de personas, horarios, presiones y objetivos, cuales fábricas de sueños vacíos que solo terminan de producir en pos de ver una ganancia y recomenzar el ciclo… Un pensamiento interesante sin dudas, que nos lleva nuevamente a la pregunta de cómo logra Miyazaki lo que logra con sus películas.  

Bueno, mis estimados lectores, habrán captado que este acercamiento tan artesanal a la producción de las películas es la razón de ello. Verán, no apresurarse, meditar cada decisión, estar más en contacto con el mundo que lo rodea a uno, estar más pendiente de uno mismo y lo que le pasa, junto con una honestidad intelectual y moral pasmosa da como resultado obras de una calidad superior a la media, ya que el artista se vuelve honesto para con su visión, no para con una junta de inversores, ni para un público nicho que demanda formulas fijas y respuestas fáciles. El compromiso de Miyazaki es uno personal a sí mismo, a la tradicional escuela de animación que él representa, a esos animadores viejos que se formaron trabajando en estudios, bajo la tutela de los que los precedieron, y por sobre todo, a la inteligencia del público.  

Este compromiso en la calidad, esta forma de producción tan poco ortodoxa, y el apego a formas casi arcaicas de animar y producir películas enmarcan a los films de Miyazaki en una categoría muy particular en lo que a cine de animación se refiere, y aún más particular si lo comparamos con el decadente estado de la industria del anime, industria de la cual el maestro fue crítico durante toda su carrera, afirmando cosas tales como “El anime fue un error…”, hablando propiamente de la industria y los círculos de fans que se generaban en torno a ella. Pero, en tanto realizador, fue aún más profundo con sus críticas, y disparó contra sus colegas, a los cuales calificó como “otakus” (usando la palabra de forma despectiva), y a quienes culpó, no solo por el estado del arte, sino por expresar solo sus fantasías pedantes que en nada aportan al oficio, a la sociedad, o ni siquiera a la salud de quienes producen esas basuras.  

En las propias palabras del maestro:  

“Como se puede ver, el ser capaz de dibujar esto o no depende de si pueden decirse a ustedes mismos: ‘Oh, sí, en la vida real existen chicas así’…Si no pasas parte de tu tiempo en ver a gente real no podrás hacer esto porque nunca lo habrás visto…algunas personas pasan su vida interesándose sólo por ellas mismas…Casi toda la animación japonesa  se realiza sin haber observado a persona reales. El anime está producido por humanos que no han mirado a otros humanos. ¡Y esto es porque la industria está llena de otakus!”  

Si bien Miyazaki apuntaba a aspectos estéticos, de diseño y de historia (como el movimiento de los niños en la animación, o cómo llora alguien de acuerdo a la emoción que causa dicho llanto), es interesante notar que también habla de la forma en la que las personas interactúan con los otros y con su alrededor, y da una gran verdad: Estamos viviendo en un mundo donde la otredad se está volviendo un concepto tan ajeno que preferimos en muchos casos repelerlo a enfrentarlo. O, aún peor, siquiera tenemos que resistirnos a conocerlo. 

Con esto, Miyazaki pone en relieve una de las cuestiones más dolorosamente obvias de nuestros tiempos, nuestra posición es cada vez más débil, endeble, y carente de respuestas ante un mundo cambiante.  El ser humano está dejando lentamente de serlo, y hay muy poco que podamos hacer contra ello… O al menos eso creemos. Y aquí es donde me gustaría disentir con Hayao Miyazaki, ya que no creo que el anime haya sido un error como él ha afirmado, y tampoco creo que los otakus (incluso los más radicalizados y aislados de la sociedad) sean causas perdidas. En lo absoluto. Aún hay una esperanza para ellos, y mucho tiene que ver el cine del gran maestro para ello.  

Tampoco soy tan naiveSé que hay cosas mucho más complicadas en el mundo que lo que el cine de animación puede aspirar a arreglar [EJEM Jeff Bezos, EJEM Trump, EJEM advenimiento de las derechas a nivel mundial] sin embargo, no está de más considerar al anime como una herramienta más de difusión, promoción, y formación de aquellos valores otrora olvidados. 

Valores que, no está de más recordar, suelen estar al centro de la mayoría de los animes, aunque los fanáticos suelan pasar olímpicamente de ellos para focalizarse en su Waifu”. 

Algunas ramas de la cultura otaku son ejemplos de los nuevos valores y derechos que una sociedad en constante cambio y evolución reclama, así también como un fusible de potencial desradicalizacion. Aquí es donde entra este cine maravilloso de Miyazaki, con todos sus componentes innatamente japoneses, su colorida y vivida imaginación que da vida a mundos más allá de cualquier arcoíris, pero que, sin embargo, se encuentran poblados por problemas harto similares a los nuestros: explotación laboral, contaminación del medio ambiente, problemas psicológicos. Desde los megalómanos más teatrales, hasta el más mundano sentimiento de “Burnout”, todos están presentes en Miyazaki, así como la guerra, y el fascismo hacen su entrada en las obras del maestro, pintando panoramas tormentosos y difíciles de surcar para nuestros protagonistas, que, si bien suelen triunfar, jamás lo hacen por medio de la violencia.  

Muy por el contrario, Miyazaki retrata soluciones más cercanas a las que se podrían aplicar en el mundo real, trabajo en equipo, negociación, entendimiento, y honestidad ante las adversidades. Honestidad, tanto en nuestras intenciones para con lo que se nos opone, como con lo que sentimos nosotros mismos- una postura que solo se fortalece cuando vemos todo lo que la rodea, los mensajes, la evolución de los personajes a lo largo de los films. Lo que estas películas- llámense Porco RossoEl Viaje de Chihiro, o Ponyo– logran es auténtica magia, magia que de verdad pienso que puede cambiar al mundo. 

Creo que debería explicar cómo se da ese cambio, pero ya llevan mucho tiempo aquí, así que creo que pasaré a explicar mi escena favorita del cine de Miyazaki- quizás también lo sea de la historia del cine, al menos hasta la fecha. Verán, en El Viaje de Chihiro, luego del primer día de trabajo de nuestra protagonista en la casa de baño de la bruja Yubaba, tras haber visto a sus padres convertidos en cerdos y haber entregado parte de su nombre a cambio de un empleo y un lugar para dormir (así como la promesa de volver a ver a sus padres), Chihiro, ahora Zen, se escapa, ante la frustración de no tener para comer y de ser tratada como mierda. Se repite a ella misma que debe ser fuerte, que debe aguantar todos estos embates que la vida le da, se lo repite comienza a acumular furia a medida que anda. Su carrera llega a su fin en un campo de arroz aledaño. Se recuesta allí repitiendo eso. El odio y la angustia ya son visibles en el rostro de la niña de 11 años, el hambre es palpable. En su momento más álgido, llega Haku con unos Onigiri (bolas de arroz) y se los ofrece a Chihiro para que coma. Ella los rechaza, él insiste diciendo que puso un hechizo en ellas que harán que les de fuerzas. Ella acepta y toma un mordisco de una… Se conmueve de inmediato. Las lágrimas comienzan a brotar de sus mejillas, rompe en llanto ruidoso. Haku le implora que vuelva a comer un poco, más ella no corta su llanto ni para comer. Él la abraza y la reconforta diciendo que todo saldrá bien. La cámara se aleja lentamente mientras de fondo suena la melodía conocida como The name of life”. La imagen se desvanece lentamente y la película continúa. 

Una escena simple que combina todo lo que está bien del cine de Miyazaki- Su excelsa imaginación, el realismo mágico de sus mundos, la animación casi perfecta, y la dirección que solo un visionario puede tener- con el humanismo que debería estar presente en todos nosotros, profesa que la verdadera fortaleza viene del aceptar lo que nos pasa y cómo nos pasa, de tener a alguien en quien confiar, de sentir y empatizar a niveles verdaderos de esos que duelen, pero en los que el mundo se revela como ese lugar lleno de belleza, de posibilidades, de esperanza…  

Gracias, maestro Miyazaki, por este cine tan maravilloso, gracias de todo corazón. Espero que ustedes, estimados lectores, sepan hacerle un pequeño lugar a estas historias como yo lo he hecho. Espero que algún día podamos hablar al respecto, y que sea un primer paso para construir esos significados colectivos de entendimiento y progreso que tanta falta nos hacen, tanto a otakus, como no-otakus, fascistas, comunistas, peronistas, radicales, bosteros, gallinas, y un etcétera global.                                 

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