Capitalismo mágico

Este artículo fue redactado en colaboración con DeskoMetrica: Una solución para agregar y analizar datos y generar métricas accionables. Conseguí un 50% de descuento en planes personales de DeskoMetrica con el código “AlMenosNoEsElPCC”, y comenzá a medir para éxito inmesurable.

_______________

“ The act of poetry is at root, a form of radical worship.” — Janaka Stucky

Tengo la desgracia de ser cliente del Banco Provincia. Siempre que desperdicio la mañana esperando en la línea de cajas, mi atención retorna sobre un banner que muestra a una mujer soplando las velas sobre una torta. Debajo de ella, se lee la frase “No pidas un deseo, pedí un préstamo”. 

Esta pequeña nada ejemplifica la relación complicada entre capitalismo y magia. 

Silvia Federici, académica luminaria en el asunto, arguye que la caza de brujas fue necesaria para el avance del capitalismo. La magia, como era practicada por los herejes feudales no sólo posicionaba a las mujeres en roles peligrosos para los intereses de los nuevos poderosos, sino que también impedía el avance de la cosmovisión capitalista. El capitalismo fue una contrarrevolución contra los herejes, e involucró atacar sus prácticas culturales. Entre ellas, la magia. Como rescata el Youtuber y divulgador Olly Thorn, la hechicería es “el rechazo a trabajar, en acción”.

Pero esto no significa que el capitalismo sea anti-magia. Al contrario. Pero su magia no se presenta como tal. Su magia no es la suspensión de la explicación que atribuimos a la magia, sino un intento dogmático, tanto de explicarse a sí misma como de explicar y justificar el mundo en el que existe. La pseudociencia es magia bajo el capitalismo. Y, por supuesto, construye comunidad e identidad alrededor de consumibles. 

En escritos anteriores (1 y 2), me referí al emprendedurismo del espíritu, y a las doctrinas de autoayuda que pretenden una falsa equivalencia entre la realización personal y la realización empresarial. El dinero es más certero que la magia, pero hay algo de magia en el dinero. 

“Money is a kind of poetry” — Wallace Stevens 

Una búsqueda de los términos “manifesting money” en Youtube es suficiente para toparse con un submundo de entrepreneurs que predican “la ley de la atracción”, popularizada por Rhonda Byrne en el libro sobre el que tu primo con pedos empresariales corre maratones con la napia, El Secreto.

La idea de que los pensamientos positivos podían afectar el mundo material tuvo sus tímidas primeras instancias en los experimentos de Phineas Quimby, un norteamericano viviendo a principios del siglo XIX. Quimby, un hombre de su época, contrajo tuberculosis, la cual fue pésimamente medicada con calomelanos que pudrieron sus dientes. Se reporta que, eventualmente, Quimby encontró una cura, tanto a sus males como a los de innumerables otros — mayoritariamente, de bajos recursos y subescolarizados, como Quimby mismo. 

La verdadera enfermedad estaba en la mente, y según Quimby, podía curarse mediante estados de sobreexcitación, hipnotismo y una suerte de protopsicoterapia para la erradicación de los malos pensamientos.

Trabajando entre la primera y la segunda revolución industrial, en una norteamérica peligrosamente cercana a la guerra civil, Quimby desarrollaba sus prácticas populares y peligrosas, en respuesta a una medicina aún profundamente deficiente y a una época de debilitamiento espiritual, en la que, como articulan García Álvarez, Cabanas Díaz y Loredo Narciandi: 

“ya no era operativa la vieja religiosidad calvinista que había servido en los momentos fundacionales de la nación, proporcionando a los colonos la idea del trabajo continuo como vía de escape a la desesperación que suponía la duda sobre la condenación eterna. (…)

La idea de un individuo que nace predestinado no encajaba dentro de un sistema que prometía a cualquier sujeto que, mediante el trabajo y el desarrollo personal, podía llegar a donde quisiera, de acuerdo con el modelo del hombre hecho a sí mismo (aunque para ser precisos no debemos pasar por alto que los liberales como Frederick Douglass veían la cura mental y el Nuevo Pensamiento con malos ojos debido a su carácter complaciente y a su discurso metafísico). Se requería una religiosidad democrática que diese cabida a las preocupaciones –también democráticas– de los nuevos ciudadanos. Los anhelos de prosperidad, salud y felicidad habían sustituido a las inquietudes por el pecado, el infierno y la salvación. 

La nueva religiosidad sería tan ecléctica que permitiría incluso tener entre sus fuentes las pujantes ideas del orientalismo que inundó la espiritualidad de finales del siglo xix, aparte de la preocupación por el contacto con el más allá, el espiritismo (que por cierto Quimby acabaría rechazando) y, en general, toda una amalgama de creencias y prácticas (…) que, sobre todo en Europa, estuvieron en buena medida ligadas a un romanticismo que reaccionaba contra la lógica de una Ilustración que había acabado de la mano de los ejércitos napoleónicos.”

Hoy, Quimby es un hombre de cabello largo que hace videos en internet y vende cursos. Siempre sonriente y que a los gritos, celebra que “manifestó un millón de dólares usando la visualización más poderosa para manifestar dinero rápido.” No puedo ignorar que el hombre-bot continúa prometiendo que “esta es la ley de atracción más poderosa, visualización para manifestar dinero rápido”. 


El joven reporta que, hace un tiempo, no podía pagar su alquiler y su novia acumulaba deudas. Nada funcionaba, creía que el universo le estaba dando señales, que era un idiota y que la gente rica controlaba todo el dinero y que él nunca sería libre. La visualización lo ayudó y también puede ayudarlo a uno. Esta fue la cuasi-transcripción de 20 segundos de parlamento, por lo que asumiré que estos asuntos de visualizar dinero involucran alguna clase de estimulante conocido localmente como “fafa”, “talco”, “merluza”, “raquetazo”, u “milonga”. 

Por supuesto, este muchacho no está solo. Hace un tiempo, encontré el canal de una emprendedora afroamericana dedicada al rubro textil, que había manifestado exorbitantes ganancias en ventas de pantalones. Y atribuir cierto componente mágico al dinero no es una locura — Oh, mejor dicho, es una locura esperable. 

El dinero es un símbolo, un fetiche, un trofeo, un facilitador, un acelerador, brinda seguridad, trae amigos, trae amor (o algo peligrosamente parecido), trae respeto y un sentido de auto-respeto, el dinero puede resolverlo todo. Y ante un mundo incremencialmente desigual, en el que idiotas parecen tenerlo todo mientras gente laboriosa está a un error de cálculo de no tener nada, quienes se permiten seguir creyendo en las virtudes del capitalismo deben encontrar una manera de justificarse lo injusto y lo ilógico. 

El capitalismo no puede ser vil. El sistema no está mal, lo que está mal es el individuo: si uno fracasa, todo es culpa de uno. El éxito está en tus manos. Y quienes creemos que son idiotas no lo son, son inteligentes y sabios, lo merecen todo — y en “todo” está incluída nuestra admiración. Una vez la pobreza no se trata de un sistema de producción cuyas instituciones dependen de que una buena porción de la población esté en la mierda, etcétera, tenemos dos caminos (que no son mutuamente excluyentes), el determinismo biológico y esta suerte de “animismo materialista” por más oximorónico que suene. 

Oh, bueno — Si el dinero es Dios. ¿Qué es el diablo? ¿El dinero mismo? ¿La falta de él? ¿La haraganería? ¡La mayoría de los pobres son laboriosos! Si el capitalismo es Dios, ¿Qué es el diablo? 

Escribiendo para Jacobin, Federici refiere al trabajo de Michael Taussing, quien arguyó, en su obra cúlmine The Devil and Commodity Fetishism in South America, “que la creencia en el diablo se acrecienta en esos períodos históricos en los que un modo de producción está siendo suplantado por otro”. 70% de los Millenials votarían por un socialista. 

666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 666 

Sin más que agregar,

Deja un comentario