Tío Bernie

Escribo estas palabras pasadas las ocho de la noche. Aún no se sabe si Bernie es el candidato demócrata elegido por Iowa. Pero calculos parciales pronostican una victoria arrasadora. 

Si Bernie fracasó en las elecciones anteriores, fue porque aún el establishment neoliberal podía apuntar a una figura segura, a una política de carrera, salpimentar la oferta con retórica feminista y salir al ruedo. Este ya no es el caso. Los candidatos que, se pretendía, representaran lo que representó Clinton, caen chatos. 

Algo se comprendió: La vida se ha precarizado hasta tal punto que lo que solía invitar warm fuzzy feelings y ser simpático ya ha dejado de serlo. Hay que hablar de clase, hay que hablar de sufrimiento. Hay que hablar de comer salteado y quedarse sin hogar por tener cáncer. Hay que hablar de Estados Unidos. 

En el establishment demócrata, la victoria de Sanders es una mala noticia. No termina “de cerrar” muy bien por qué. Quizás porque no es mujer, y se creía que este sería el momento histórico de saldar la muy retrasada deuda de una presidencia femenina. Incluso si se quiere jugar a las políticas identitarias (más sobre eso luego), se ignora un detalle no-menor: Sanders es judío. Bajo la presidencia de Trump, se cometió la masacre antisemita más grave de la historia de los Estados Unidos.

Sanders es un judío crítico del capitalismo — es un judío comunista (no lo es, pero están convencidos de que lo es, cosa que es tan grave como si lo fuera). Ni siquiera me aventuraré a una presidencia: Que este tipo sea una fuerza con la que lidiar es tan o más rupturista que una primera presidencia femenina. 

Mientras tanto, en los márgenes de la derecha seducida por el Trumpismo, la luna de miel está llegando a su fin. La revolución laboral-nacionalista de Trump resultó un pequeño fracaso. Los patrimonios extraordinarios siguen creciendo, por supuesto, a costa de trabajo de pésima calidad. Como resultado, los “working poor” (quienes trabajan, pero viven pobremente) siguen engrosando sus filas. 

Sanders entendió algo sobre los votantes de Trump que el establishment neolib se negaba a entender. Bien se lo explicó a los editores de The New York Times: la gente no es racista en masa “porque es mala”, no es una excentricidad ni una forma de catarsis muy privada. La masa racista – no el elitista prejuicioso – se está contando una historia sobre el mundo en la que otras etnias tienen como empresa colectiva hacer el mal, y su sufrimiento tiene un color de piel, una nacionalidad… y, por supuesto, una orientación sexual. Y esa narrativa tiene su auge en momentos de crisis extrema. La literatura al respecto es rica, y toda apunta en esa dirección: No hay fascismo donde se vive bien, hay fascismo donde la vida es una carrera desesperada por acaparar la escasez. 

Es con un discurso de clase tan frontal como el discurso racialmente cargado de Trump, que no sólo se pueden conseguir resultados electorales, sino también salvar a las clases populares de la estafa del fascismo. Encerrar más niños inmigrantes puede ser una catarsis sucia, pero no independiza a nadie de las Estampas de Comida. 

¿Será posible un Presidente Sanders? Dios sabe. Lo más probable es que no. Al fin y al cabo, el tipo se opone a la clase billonaria. Literalmente, se opone a gente con suficiente capital como para comprar democracias. Pero me sacaron tanto que me sacaron la vergüenza.

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