La política de la paranoia y la paranoia como política

“Paranoid Reading and Reparative Reading, or, You’re So Paranoid, You Probably Think This Essay Is About You”, un ensayo de Eve Sedgwick que he estado revisitando estos últimos días, comienza con una escena maravillosa:

“Hace algún tiempo, durante la primera década de la epidemia de SIDA, estaba conversando con una amiga mía, la activista y académica Cindy Patton, sobre la historia probable del VIH. Esta era una época en la que se especulaba ubicuamente sobre si el virus había sido deliberadamente creado o esparcido, sobre si el VIH representaba una operación o un experimento del ejército de los Estados Unidos que se había salido de control, o quizás que estaba yendo exactamente como se quería. Luego de escucharla hablar un largo rato sobre geografía y la economía alrededor del tráfico global de productos sanguíneos, finalmente, con ansias, le pregunté a Patton qué pensaba de esos rumores siniestros sobre el origen del virus. ‘Cualquiera de las etapas tempranas de contagio podría haber sido accidental o deliberada’, dijo. ‘Pero me cuesta interesarme en eso. Quiero decir, incluso suponiendo que estuviésemos seguros de todos los elementos de la conspiración: que las vidas de africanos y afroamericanos no valen nada a los ojos de Los Estados Unidos; que los hombres gay y los usuarios de drogas son despreciados cuando no son odiados activamente; que el ejército deliberadamente investiga maneras de matar no-combatientes que ve como enemigos; que la gente en el poder observa con calma la posibilidad de una catástrofe ambiental y cambios poblacionales.
Suponiendo que estuviésemos seguros de todas estas cosas — ¿Qué sabríamos que no sabemos ya?’” [Mi traducción] 

A veces, no es necesario confirmar con rigor positivista y evidencia concisa los elementos de una conspiración. Ya debería impulsarnos a la acción el hecho de que todos los elementos estén dados como para que no esté fuera de personaje que el gobierno, (los grandes capitalistas, etcétera) orquesten lo que se les atribuye. Por supuesto, la verosimilitud real de esta acusación depende del grado de insania del denunciante, y cómo deba procederse al respecto también.

Como bien plantea la autora, la paranoia funciona como una manera de proteger la propia emotividad contra la desgracia que parece ser el motor del mundo. Predecir malas noticias se vuelve, entonces, un ejercicio de preservación del ego — pero quizás sólo lo sea durante un rato. La paranoia, eventualmente, pasa a ser un juego de “quién golpea primero”. Si estoy seguro de que vas a atacarme, voy a hacerte lo que creo que vas a hacerme. Si no, voy a hacerme lo que creo que vas a hacerme. 

En esta pieza, revisitaré algunas de las ideas de Sedgwick nutriéndome de ejemplos provenientes de nichos extremistas. Especialmente, me interesa su idea de “lectura reparativa”, siendo la lectura reparativa una instancia superadora de la lectura paranoide, en la que se pretende buscar la dicha en lugar de evitar el dolor. 

Ser Nazbol debería estar en el DSM

Considerando el accionar del paranoide como autolesivo (“estoy tan adelantado que me voy a lastimar antes de que lo hagas”), es un tanto predecible que jóvenes deprimidos, desafectados, tiendan a la política de la paranoia. El overlap entre los reaccionarios jóvenes y los incels está bien documentado. El overlap entre los NEETs y los reaccionarios está bien documentado. 

Los más radicales exhiben la conspiranoia típica del neo-fascismo: “(((ellos))) [los judíos] nos controlan”. Y “(((ellos)))” son los culpables por todo lo que está mal. En el cambalache de “todo lo que está mal” se encuentran tanto problemas económicos profundos e innegables, como asuntos de la vida privada ajena, banalidades o meras discordancias estéticas que no tienen por qué ser tratadas con la gravedad con las que se tratan. 

¿Qué problema habría, por ejemplo, en que una drag queen fuese a leerle cuentos a niños en una biblioteca?

A: La drag queen puede “confundir a los niños” 

La infancia es un estado de confusión permanente. El mundo es un lugar confuso, y si uno acaba de llegar a él y apenas está comenzando a comprender las herramientas primordiales con las que se entiende a sí mismo (el lenguaje), todo es confuso. Si la criatura se confunde, se le explica — y, padres que tienden a explicar este tipo de cosas suelen encontrarse con levedad, aceptación, y cierto pequeño entusiasmo ante el aprendizaje, o bien con desinterés neutro.

B: La drag queen va a “confundir a los niños” como parte de un armado por los grandes capitales para pervertir a los niños

¿Qué evidencia hay de esto? ¿Debe evidenciarse siquiera un nexo entre la drag queen y “los grandes capitales? ¿O sólo debe “sentirse bien”, sentirse “correcto”?

El paranoide que se informa con los boletines de una iglesia evangélica va a ver locuras absolutas como obviedades. A mí, la idea de que las drag queens pervierten a los niños es absolutamente loca. Y la idea de que los grandes capitales quieren “pervertir a los niños” es loca también. Loca y absurda.

La gente no tiende a hacer cosas “porque es mala”, la hacen por un beneficio concreto. Especialmente, las elites oscuras. La idea de que el objetivo de la clase billonaria es que haya más trolos sólo puede funcionar con cierto componente místico.

Pero, más allá de las elucubraciones posibles, nótese algo muy interesante de la retórica paranoide: Nos separa del otro, nos aliena. La drag queen ya no es en sí misma, ya no es un individuo con una voluntad, un otro, un par. Es un peón o una partícipe necesaria en un plot destructivo. El paranoide no tiene otros distintos, tiene enemigos -y nunca parece tener suficientes.

Los nazbols (“nacional bolcheviques”) y otros radicales de ultraderecha tienen a tomar a la clase dominante, racializarla (“son todos judíos”), y trazar una correlación entre “(((ellos)))” y la gente LGBT, a fuerza de mierda loca. Entonces, plantean la limpieza étnica como única vía al socialismo. ¿A alguien le suena? 

“de veritas, tenemos que matar gente que tiene demasiada melanina, es el único camino al socialismo!!!!!!”

Cualquier “programa revolucionario” que tenga al racismo o la homofobia como pilares es una estafa. El tiempo que se desperdicia en justificar la violencia pandillera contra homosexuales y el racismo institucional es tiempo que no se invierte en desmantelar el neofeudalismo.

Conspiraciones como “Globohomo” son el pasatiempo ideal del paranoico, que no conoce y teme a lo que no conoce. Y que, además, no tiene interés en conocer, no tiene interés en dialogar. 

Creen que el movimiento LGBT no es algo que las corporaciones cooptaron cuando supieron que le podían sacar guita. No empezó con mujeres trans negras cagándose a ladrillazos con policías porque estaban hartas de que las usaran para llenar patrulleros. No, creen que lo comenzaron “las elites académicas”… entonces, no tienen que reconocer a un trolo como un igual. Entonces, el cajero de McDonald’s al que relevas todos los días no es un camarada, es un enemigo. 

El paranoico, sobre todas las cosas, está solo. 

Ciberiluminismo y lectura reparativa

Sedgwick plantea la lectura reparativa como etapa superadora de la paranoia. La lectura reparativa se trata “no de evitar el dolor, sino de buscar el placer”. O, mejor dicho: De buscar el deleite. 

Sedgwick plantea en la “lectura reparativa” una crítica y una praxis cuyo objetivo sea levantarse sobre la violencia sufrida para construir un futuro mejor, en lugar de buscar nuevas y más insidiosas formas de abuso en lugares cada vez más raros.

Se nos ha acusado de ser alt-right. La alt-right es la búsqueda de formas de abuso (o de lo que podría percibirse como abuso), en lugares cada vez más raros. Por eso es un contrapeso muchísimo más nocivo y potencialmente destructivo — pero un contrapunto al fin, del feminismo obseso con las “microagresiones”.

El 4chanero alt-righter tiene el mismo approach a la política que la feminista radical fanatizada y ebria de privilegio económico. Lo que es indignación histérica en la feminista que siente que nadie la respeta, que nadie la contiene, que todos toman y demandan y nadie da, es la ira de quien siente que nunca nadie lo ayudó en nada y por eso no es nada — del “failson”.

Gran parte de nuestro corpus — incluyendo este artículo anterior — podría ser leído como paranoico. Y, si el Ciberiluminismo tiene un desafío es el de pasar de la lectura paranoica (que sucesos y microprocesos, patrones y tendencias confirman y reconfirman), a hacer algo al respecto. Ese algo es, para sintetizar una agenda vaga en una imagen sólida, comprarle un caballo a un cartonero, que llegue a correr en el Kentucky Derby y que gane.

Nuestros desafíos son dejar de vivir de fantasmas y crear mejores condiciones para la dicha.

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