Los fantasmas de la Identidad Nacional

La construcción de un Ser Nacional en nuestras patrias huérfanas de su pasado colonial parece ser un camino largo y tortuoso. Y, a lo largo de nuestra historia, pareciera que el conflicto fundante de la política por definir el mundo se mostraría desde sus caras más virulentas.  


Tal vez ese es el porqué de las tan particulares características que los conflictos políticos en relación a los proyectos nacionales tomaron en nuestro país: desde la Revolución Libertadora hasta Montoneros, el siempre presente fantasma de la patria adquiere las más diversas formas.  Más difícil aún es pensar este conflicto cuando tanto se escribió al respecto, pero hoy una cosa es clara: no se trata de superar ni a Belgrano, ni a Jauretche ni a Alfonsín. De lo que se trata es de que sus ideas en relación a la patria tengan sentido en la sacudida que el Siglo XXI le vino a traer a nuestro inconsciente colectivo y a eso que tanto nos gustaría llamar nuestra Identidad Nacional. No se trata ni de Argentinidad ni de Messi, sino de definir lo que creemos que somos y cómo eso se manifiesta. 


Aun así, empezamos muy mal: la Identidad Nacional es algo imposible de definir. O, mejor dicho, su significado debe ser cargado con contenido ideológico ubicado coyunturalmente para tener sentido, lo cual nos deja maniatados para darle un sentido unívoco. 


Su cierre, su “única manera de ser” y definirse, será siempre contingente. Pero lejos de dejaros sin herramientas, esto nos da un nuevo espacio de posibilidad para pensarlo. La Identidad Nacional puede ser más bien la herramienta aglutinadora donde todo el accionar político toma sentido, en lugar de ser la base desde la cual se debería partir. Ahora parece ubicarse más al final de cada acto, discurso o marcha más que al principio, y nos deja con la posibilidad de resignificar a cada paso que damos.  


El Ser Nacional es, en tiempos de Google, ya no una serie de costumbres o tradiciones maniqueas con la cual un pelado positivista como Sarmiento trata de convencernos de seguir las normas del Estado, sino más bien una serie de elementos discursivos y pasiones con las cuales el Estado adquiere no sólo sentido, sino que su acción toma valor.


La lucha por ese sentido, por esos elementos, es la manera y el campo en la que la lucha política toma forma. La patria, como necesidad organizativa, sigue y seguirá existiendo por más de que los sepultureros del Estado-Nación sigan queriendo hacerle el funeral. Como dador de sentido, por ahora, sigue permitiendo la construcción de lo común y el despliegue organizativo del Estado y su burocracia. Por eso es tan importante pensar cuál es el lugar que esta Identidad toma en los discursos, pues sólo a través de ella es que este proceso político puede darse. 


Ahora, sin fronteras no existe identidad: tal es el catastrófico diagnóstico que la política nos hace de la sociabilidad humana. Y nada nos indica que sea distinto en la mente de cada uno de sus individuos, cuestión que toma especialmente relevancia en tiempos de caos social y debilitamiento de las identidades colectivas.  


Por más Cringe que pueda darnos Osogordointenso autodenominándose “Soldado de Argentina” pese a su nula formación militar, es un caso paradigmático de una situación cada vez más presente: la Derecha encuentra en la Identidad Nacional un aglutinador que justifica desde sus posturas más coherentes hasta sus más virulentos delirios.  


Sin caer en el error de pensar en la Derecha como una fuerza homogénea, y entendiendo su necesaria complejidad discursiva hacia el interior, lo cierto es que el advenimiento de una cada vez más presente derecha radical (desde el conservadurismo evangélico, pasando por el republicanismo ortodoxo hasta el libertarianismo Mileisista) encuentra en la Identidad Nacional una herramienta clave para su despliegue discursivo. 


Pese a no tener mayoría electoral o aval institucional, se autoproclaman herederos de una voluntad que es la de una Nación muy diferente a la que viven hoy. La Identidad propia de esta “Derecha Nacional”, como todas las identidades, mantiene su contingencia y sigue dependiente de su Exterior Constitutivo: sigue siendo, en tanto no es aquello


Desde el rechazo por el movimiento LGBT hasta los victimismos por la “Dictadura de lo Políticamente Correcto”, esta derecha siempre necesitará de un otro marcado para poder sentirse como un ser propio, necesitará de una delimitada frontera con la cual poder decir ESTO SOY. Y si bien este es un proceso propio de toda autoidentificación, aquí se torna especialmente peligroso ya que, como siempre, el futuro parece llegar tarde, y el peligro de prácticas violentas de estos grupos convirtiéndose en la norma es cada vez más grande. 


Para el alivio de cualquiera que habite el territorio nacional, nadie puede (¿nadie?) auto-adjudicarse la Identidad Nacional. El Ser de nuestro país seguirá en su eterna contingencia, de la mano de los conflictos políticos que nos toque encarar, siempre surfeando sobre lo que el Estado y su aparato burocrático puedan y quieran soportar. Ahora, tal vez volver a preguntarnos y resignifica lo que entendemos por nuestra Identidad colectiva sea el camino ideal para encausar nuestro nuevo cosmopolitismo y nuestra cada vez más difusa línea entre lo que somos y lo que pretendemos ser. Tel vez en nuestra distopía cyberpunk postcapitalista, pensar nuestra identidad en nuevos términos nos otorgue herramientas con las cuales por fin podremos construir proyectos nuevos que vayan más allá de nuestros paradigmas actuales. O, tal vez, nada de esto sea suficiente ni útil para nada. Pero lo único seguro es que nunca podremos decir ESTO SOMOS, porque estamos en el eterno camino de serlo.  

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