El diablo encuentra trabajo [GONE SEXUAL]

Bienvenidos a una nueva edición de El Semanario de Coger. ¿Quién cogió esta semana? ¿Con quién? ¿Fue una cogida políticamente constructiva o un secreto sucio? ¿Miraron buena pornografía o fueron partícipes en la perpetuación de un imaginario sexual violento y excluyente? ¿Existe la buena pornografía? Discutir la sexualidad obsesamente es sintomático de una vida sexual pobre, y quien motivó esta pequeña esquela no lo ocultaría.

“Basta de coger”, una crónica cuya autora firma como Mariana Beatriz tuvo números raros para el Medium hispano, y causó cierto revuelo en el círculo intelectual-intelectualoide-Puaner y ex-Puaner de Twitter Argentina. La experiencia de la autora es la de alguien que se dio cuenta de que la promiscuidad no es para todo el mundo. 

Tras la conclusión de una relación larga, Mariana tuvo una suerte de pequeño destape, y comenzó a “coger por deporte” — formulación barrial a la que acostumbraba mi abuela, y que me remite a la brillantemente titulada novela de James Salter, Un deporte y un pasatiempo. O, más bien, comenzó a coger por confort, contención y validación, transitó el duelo dopándose carnalmente:

“De la firme mano del feminismo me entregué al sexo sin culpas: ahora podía elegir, juzgar, optar, exigir, dar, seducir, dejarme seducir. Y así tapé todos mis insoportables silencios. Con sexo. Los domingos, para combatir la tristeza. Los miércoles, para acondicionar la semana. Los viernes, para no sentirme sola. Pero por las rendijas de los días la angustia se escurría más y más en mi cuarto, y de la desesperación llegué a llamar día por medio a un compañero de sábana que, sorprendido, aplaudía mi voracidad.”

Este asunto me interesa porque ilustra el hecho de que los ideales de deconstrucción, superioridad moral e intelectual son excluyentes. ¿En qué sentido? No todo el mundo tiene por qué ser poliamoroso o tener una sexualidad hiperactiva que niegue del romanticismo y abrace una camadería plagada de formalismos similar a la que se tiene con un empleador simpático.

El femiprogresismo blanco metropolitano, así como está, institucionalizado, commodificado, y por lo tanto convertido en una identidad cultivada, puede ser — y es, de hecho, tan restrictivo como lo que pretende combatir. Las teorías falopa sobre la sexualidad del futuro son un pasatiempo mío. Me gusta tratar estos asuntos. Pero no puedo ignorar que, si pasásemos el tiempo que desperdiciamos buscando sexo, teniendo sexo, pensando sobre sexo y etcéteras relativos, planeando algo así como un alzamiento proletario, el Estado Argentino habría dejado de existir hace décadas, y habría en su lugar una confederación mutualista. Sueños, etc. 

En conclusión, me plego a la propuesta de la susodicha. Por supuesto, este es un lugar al que los fascistas ya llegaron. “No Nut November”, una iniciativa anti-masturbación cuyo único aspecto cuestionable, en un principio, fue su sobredimensionamiento de los beneficios de la abstinencia, pronto fue cooptada por fascistas. Por fascistas que plantean que la pornografía es un dispositivo de los judíos para alienar a los jóvenes, arruinar a la familia, etcétera. Como anteriormente especulé sobre el futuro de la porneta, ahora me hundiré en su pasado.

La cosa horrible

Como la homosexualidad no puede ser atribuida a la posmodernidad, la pornografía no puede serlo tampoco. Una historiografía de la pornografía sería demasiado extensa para este formato — si bien, de ser deseada, puedo prometerla. Para racconto vago que caiga en algún lugar entre la laxedad desvergonzada y la pretensión de rigor, mejor ninguno. Parafraseando a Brandon Urie, “Escribo pecados, no Wikipedias.” 

Pero, en cualquier recorrido bibliográfico, se volverá obvio que, ni la pornografía, ni la manufactura de juguetes sexuales, ni la homosexualidad son fenómenos posmodernos. Han sido constantes “desde que el hombre es hombre”, y probablemente nos persigan cuando ya no lo sea. En todo caso, los factores a problematizar sobre esta pornografía son el enorme volumen de material disponible, la facilidad de su acceso, las condiciones de trabajo en la industria, y la forma de interactuar de las partes involucradas, de los actores. 

Pero, si bien el neofascismo antipornografía cubre el frente del maltrato a la mujer con oportunismo e hipocresía envidiables, la narrativa que construye al respecto tiende a lo delirante. La pornografía es tratada como una droga peligrosa. Como tal, quienes la consumen le atribuyen sus fracasos sociales y profesionales, y quienes han podido “vencerla” azuzan a sus contrapartes con acusaciones delirantes, como que un masturbador compulsivo no puede tener un trabajo, o que existe tal cosa como la adicción a la pornografía — la ciencia es al menos ambigua. 

Los alt-righters que acusan al progresismo de llorón y pasivo por trazar conexiones entre los fracasos de individuos y sesgos institucionales, culpan a la pornografía por no tener relaciones significativas, un empleo de calidad o un sentido de propósito. Es casi como si temieran oponerse a quienes realmente son culpables de la desterritorialización y la precarización de la vida. Por supuesto, si se negasen al imaginario aspiracional de la burguesía, no tendrían con qué torturarse. Cucks. 

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