Agrimensura del falo de Scorsese

Si tenés la “desgracia” de deambular por cierto pantano pintoresco (a veces llamado Twitter), es posible que en las últimas semanas te hayas cruzado con cierto “debate” que tomó temperatura. Resulta que el pasado 21 de Noviembre se estrenó en Netflix “The Irishman”, la última obra “mafiosa” del señor Scorsese. Previo a su estreno en la plataforma, fue posible apreciar el film en algunos pocos cines del país. También periodistas, críticos e “influencers” pudieron verla antes de tiempo. Es así como comenzaron a surgir imágenes y ciertos threads explicando una acción muy “especial”: cómo ver la película. Parecía que con ponerle play y algún grado de atención no bastaba. Debido a su longitud (tres horas y media), surgieron recomendaciones para verla como si fuese una especie de miniserie, pausando el film en momentos clave para no arruinar escenas ni sorpresas. Otros hacían hincapié en verla en la pantalla más grande posible y de una sola sentada. 

El (foro)bardo no tardó en llegar. Volaron términos como “snob”“elitista” y expresiones muy serenas como “cinéfilo tenías que ser”“basta de alienar a la gente, dejen disfrutar en paz” o andá al cine, bobo”. Toda esta situación provocó la aparición de ciertas incógnitas: ¿cómo se ve bien una película? ¿Cómo se ve mal? ¿Existe acaso alguna de las anteriores formas o es un intento de valorizar/moralizar una acción que no tiene por qué llevar esos juicios? ¿Si la veo en la pantalla quebrajada de mi celu mientras viajo en el bondi, camino al laburo, le estoy faltando el respeto a Scorsese? ¿Netflix está matando al Cine? Y otras hermosas preguntas del estilo. Ahora, yo pregunto, ¿se puede llegar a una respuesta clara a ellas, al menos de las dos primeras? Vamos a intentarlo. 

En primera instancia, no me interesa arribar a una definición profunda sobre qué es el cine, desde un lado sociológico, político, etc. Para navegar por esos mares, agarremos “What is Cinema” de André Bazin (1967) y después nos tomamos un café. Seamos un poco más concretos en esta oportunidad. El Cine, como técnica, es la proyección de fotogramas de forma rápida y sucesiva, creando así una sensación de movimiento para nuestros ojos, lo cual concluye en un video. Etimológicamente, se puede hallar las raíces del término cinematografía en dos palabras griegas: “κινή” (movimiento) y “γραφóς” (imagen). Por otro lado, podemos concebir al Cine como un lenguaje, uno en el cual se expresan mensajes que no serían posibles o igual de “efectivos” en otro medio. A su vez, el Cine es “un resumen de las artes”, como bien lo definió Gicciotto Canudo (1923). Un arte que nace a partir del conjunto de distintas disciplinas artísticas.   

Considero que lo importante del Cine está en el cómo. Esa supuesta regla -cliché- de oro, don’t tell, show” (“no lo cuentes, mostralo), resume perfectamente esta idea. Agarremos a distintos directores y pidamos que graben un corto sobre algo tan mundano como el abecedario. Seguro cada uno hará algo completamente distinto, apelando a distintas emociones y recursos. [Conste que Lynch ya lo hizo y… bueno.] O seamos más específico: que graben una escena de un personaje preparando un White Russian. ¿Se imaginan que alguien haga lo mismo que los hermanos Coen? Complicado. 

Entonces, tenemos distintas disciplinas, lenguajes y modos. ¿Impacta a mi disfrute, o al menos a mí recepción de los estímulos, cómo estoy observando y escuchando la obra? Resulta evidente que sí, más allá de que dos personas puedan sentirse de manera muy diversa al ver el mismo objeto al mismo tiempo. Cuando un film tiene un gran respaldo en su sonido (como por ejemplo, una película de terror), no le da igual a nuestro sistema nervioso que lo escuchemos con auriculares, a volumen 10 en la tele o en una sala de IMAX. Tampoco logran el mismo impacto los efectos especiales en una pantalla de diez pulgadas que en una de cincuenta. Ni hablar de pausar escenas, las cuales tienen un pacing específico, una construcción con su propia estructura de temperatura, matices, clímax y anticlímax que puede ser completamente modificada (y “arruinada”) con cortes y frenos ajenos a ella.    

Ahora, antes de que me consuma mi propio humo de esnobismo: ¿importa algo realmente de estos últimos párrafos? ¿Mis líneas son un parámetro válido en este asunto? Spoiler: no. ¿Acaso todos tenemos que disfrutar las películas, la música o el teatro de la misma forma? ¿Uno puede y/o debe cambiar su pensamiento y sensación al ver una obra porque Otro lo obliga a verla de cierta forma? ¿Es ésto necesario? Honestamente, debo hacer una confesión: me importa poco este debate. Personalmente sí, las películas se ven en un cine, en la mejor pantalla posible, con volumen nítido y al palo, y sin interrupciones ni pantallas negras extras. Sin embargo, nunca le saltaría a nadie por cómo disfruta su entretenimiento. El “debate” de “qué boludos son los que están con el celu en el recital” me parece que ya fue, que no vale la pena retomar hoy. Lo que sí me interesa es que pensemos un poco es cómo ha cambiado nuestra relación con el Tiempo.  

En efecto, parece que todo es una cuestión de tiempo. ¿Por qué surgió la discusión en primer lugar? Aparentemente, porque “The Irishman dura un tiempo más que considerable. ¿Qué ha pasado con cómo disfrutamos/consumimos los productos, al menos los de entretenimiento comercial, con respecto a épocas pre-streaming, pre-celulares y demás? Me arriesgaría a decir que demasiado. Y tampoco lo traté de “consumo” de casualidad. A veces tengo la sensación de que “no hay tiempo que perder”.  

¿Que perder para qué? Para ver series, por ejemplo. La práctica harto conocida de maratonear series es algo en boga, por lo menos para quien puede permitírselo. Hoy vas al baño y podés salir con lágrimas. No porque te haya quedado doliendo el recto o porque sigas pensando que la vida es una mierda (perdón, se me escapó el emo kid). Tenemos que aprovechar cada minuto, cada segundo libre y tildar otra serie de la lista interminable. Podemos ver un capítulo en todas partes, en todo momento, sin siquiera tener internet todo el tiempo. ¿Nunca te armaste el día pensando en cuánto tiempo le podías dedicar a ese consumo? Necesitás estar al día con los productos, participar de las discusiones que se generan con la serie del momento en Twitter, para después casi nunca volver a hablar de ella. El momento es hoy, apurate. Ni hablar si tratás de ser un escritor en alguna de estas industrias, por lo general tenés que estar al día lo mayor posible o se complica el laburo.  

A veces, el producto ni siquiera tiene que ser algo de “calidad” (siendo nosotros los propios jueces), simplemente algo que ocupe ese vacío de la angustia que asoma si “no hay nada para hacer” y entonces tenemos que enfocarnos en nuestros propios problemas (o peor, en los de nuestra sociedad). Recuerdo cuando Netflix apenas estaba surgiendo y de a poco contaba con producciones originales. Hoy en día el número es tan importante que el catálogo podría ser solo de ese contenido.  

De paso, con lo escrito no quiero insinuar la afirmación de que Netflix está “matando” al Cine, o al menos su variante más tradicional. Tampoco creo que podría afirmarlo aunque quisiera. Más allá de esta plataforma en particular, el surgimiento de nuevos medios y herramientas ha permitido la multiplicación de voces y creación de obras que de otro forma quizás no hubiesen podido nacer. Pero escuchame, ¿a dónde va el mayor presupuesto? Ah bueno, esa es otra cuestión. De cualquier manera, si el Cine estuviese muriendo, me parece que en todo caso lo está matando el mismo Cine. Con una ayudita de nosotros, por supuesto. Discusión para otro momento.  

Retomando la cuestión del tiempo, ¿qué pasa con él? Estamos arrojados en el mundo, eyectados, y somos posibilidad. Sin embargo, en el capitalismo tardío me cuesta pensar qué tanto podemos “controlar” nuestro tiempo. Jornadas laborales, explotaciones varias, alienaciones al por mayor, las adicciones que podemos contraer con nuestros “refugios” de redes sociales. Que por momentos no me pueda concentrar del todo para estas líneas y esté chequeando Instagram a cada rato. ¿Nada de esto se traspasa a cómo disfrutamos el entretenimiento? ¡Pero por favor! No se queda ahí: atraviesa cosas tan elementales como cómo interactuamos con otros o cómo pensamos. Pero nuevamente, me estoy excediendo.     

¿Es necesario hacer un análisis moral de nuestro consumo o del disfrute del entretenimiento? ¿Tiene alguna razón de ser? Quizás simplemente la vida puede ser muy aburrida, y le estamos dando una vuelta de tuerca. O muchas y ni nos damos cuenta. Parafraseando a Žižek, “estamos esperando un cambio y el mundo está cambiando constantemente. Necesitamos frenar a pensar”. Capaz Guy Debord (1967) tenía razón con su visión del espectáculo, lo mismo Huxley (1932) con el vivir anestesiados. ¿Nuestro consumo del entretenimiento no nos permite enfocar la energía en otras causas? Puede ser, como también puede ser que sin ese entretenimiento todo sería un suplicio, costaría estar anclados constantemente en nuestras realidades. Habría personas, quizás vos al leer esto, quizás yo al escribirlo, que no podrían vivir.   

Para cerrar, y tratando de llegar a una respuesta clara y concisa a la cuestión propuesta en el título de esta nota, debo pedir disculpas. No me ha sido posible hallar si Martin camina con tres piernas o no. Reitero las disculpas. 

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