Un Fuego que sigue ardiendo

El 18 de julio del corriente año, se produjo un ataque a las oficinas del primer estudio de Kyoto Animations. El ataque, perpetrado por un hombre que alegaba ser víctima de plagio por parte de la empresa de animación, se cobró las vidas de 36 personas y dejó varios heridos, a causa del fuego que este despreciable ser provoco al grito de “Mueran”. Si bien la situación ya ha pasado, el perpetrador está en manos de la justicia, las víctimas han recibido su debido homenaje, y el fuego fue apagado, este sigue ardiendo, y amenaza con llevarse consigo a una de las formas de expresión cultural más trascendentales que se haya visto. 

Este fuego es metafórico, claro está; pero no por ello menos peligroso. De hecho -y a riesgo de sonar insensible para con las víctimas de la tragedia de KyoAni–  es mucho más letal que el físico, la amenaza del calor abrasador de sus llamas está presente en cada nueva serie, película, OVA o novela ligera que la industria de entretenimiento japonés saque a la luz; industria que en algún momento supo empujar los límites de lo que se podía hacer en el terreno de la animación. ¡Por el amor de Dios! ¡Nos han dado joyas como “Akira” (1988) y “La Tumba de las Luciérnagas” (1988)! Obras que mostraron al mundo el potencial de la animación como medio de expresión que posibilitaba contar historias de una magnitud inimaginable por medio de formas de arte más tradicionales, como lo son el cine al estilo Hollywood, o el teatro. 

Esta forma de arte está siendo vista como algo inherentemente nocivo para sus consumidores. Este fuego, estimados lectores, no es nada menos que la industria que se genera alrededor de la Animación japonesa; una industria multimillonaria que se vale de la identidad cultivada de sus seguidores más acérrimos, una industria indiferente al valor artístico de lo que se produce siempre y cuando las cuentas cierren bien, una industria que avanza como el fuego más poderoso y que a su paso no deja nada. 

Este fuego es el que causa el estancamiento del Anime como género, creativamente hablando, la explotación de sus trabajadores, quienes se ven forzados a pasar jornadas interminables en condiciones infrahumanas en proyectos que son poco menos que basura. Esta es la causa, también, de la mala reputación que una forma de arte tan tradicional y representativa de su cultura, como lo es el Anime con relación al Japón.  

Toda industria, desde la más inocua a la más nociva, necesita consumidores leales para subsistir. Las tabacaleras necesitan fumadores, los casinos necesitan jugadores, los narcotraficantes necesitan adictos, etc. No es una excepción la industria del Anime, la cual sobrevive, en gran medida, gracias a la autodenominada Comunidad Otaku que se ha formado en torno a esta forma de arte. Comunidad que se presenta como un gran caso de estudio en identidad cultivada, ya que posee sus propios términos, posee un pequeño canon de obras magnas que deben ser vistas obligatoriamente para formar parte, y hasta cuenta con ciertos personajes tristemente célebres que hacen de arquetipo de Otaku, y que son pseudo celebridad. Véanse cosplayers de todo tipo, y formadores de opinión de la más dudosa integridad moral. 

 Pero, por el momento, sólo nos interesa lo que esta comunidad le hace a la forma de arte que la consagró en primer lugar; es decir, cómo la comunidad Otaku alimenta el fuego de la industrialización que amenaza con convertir el arte de la animación japonesa en poco más que un producto de masas, en uno tan soso que cualquier tira de Cris Morena pasaría a ser un film Tarantino al lado de las cosas que esta industria produce. Un fuego destructor, sin dudas.  

Este fuego destructor es alimentado por una serie de consumos sesgados, cerrados a nuevas experiencias, y orientados al escapismo de la realidad, la cual muchos de lo que se identifican como Otakus desprecian, o sobre la que despotrican por no adaptarse a sus fantasías más descabelladas. 

Esto deviene, por supuesto, en series de dudosa calidad, donde se perpetúan estereotipos de personajes, roles de géneros retrógrados, e ideales que en nada se ajustan a la experiencia humana real; así también como se abandona la experimentación y la innovación por parte de los creadores de Anime en favor de fórmulas ya probadas, fórmulas que no dicen nada nuevo ni relevante fuera de la cámara de ecos que la comunidad Otaku genera. 

Sin ir más lejos, sólo basta con ver el fenómeno de los Animes Isekai, iniciado por la espantosa “Sword Art Online”, para darse cuenta de cómo una comunidad que no abraza el cambio y se regocija en sus fantasías, no solo no crece hacia afuera, sino que tampoco evoluciona hacia adentro. Muy por el contrario, involuciona… 

Me resulta increíblemente llamativo que en los 90s y en la primera mitad de los 2000s, se produjesen Animes mucho más desafiantes tanto desde la narrativa, como desde su proeza técnica en animación, que lo que se ofrece hoy día, con mayor tecnología, más presupuesto y un entendimiento superior del medio. 

Comparen, por favor, “Neon Genesis Evangelion”, con todas sus contradicciones, problemas de producción y malentendidos, con algo como la paupérrima “Darling in The Franxx”, del año 2018, y verán cómo una se mantiene como un pilar en la historia de la animación aún 25 años después de su estreno, y la otra… Bueno, la otra existe. 

Pero creo que es algo entendible cuando se toma en cuenta el costo de estas producciones, especialmente cuando vemos los números record que la industria viene mostrando hace años (19 Billones de dólares en 2017 según algunas fuentes), números record que, me imagino, se ven reflejados en todos los que participan en la producción de una serie. Desde el máximo jefe de un estudio hasta el menos experimentado de los “Key Animators” se deben estar llevando una buena parte de la torta, o no… ¿No?  

Claro que no. El dinero producido por el complejo industrial de la animación japonesa va directo a los bolsillos de grandes capitalistas, dueños de estudios, ejecutivos de alto cargo, y cuanto cargo usurero haya de por medio a la hora de financiar las producciones… Por supuesto, los animadores, actores de voz, compositores, directores, y todo personal técnico dedicado a llevar a cabo la verdadera labor creativa en la industria se halla en condiciones de trabajo paupérrimas, cobrando sueldos por debajo de la línea de pobreza para quien recién se inicia en la industria, y ganando lo mínimo indispensable para sobrevivir en el caso de creadores reconocidos. 

Masaaki Yuasa, director de animación internacionalmente famoso con títulos tales como “Devilman Crybaby”, y “Pingpong: The animation” en su currículo, reconoció que ganó más por dirigir 2 episodios de “Adventure Time” que en 10 años de trabajo en la industria del Anime como director general de series en las cuales ostentaba un poder creativo casi total. Obviamente, estas condiciones de trabajando paupérrimas no sólo están dadas por los ambientes laborales muchas veces convertidos en tóxicos por los deadlines imposibles que deben cumplirse a raja tabla, sino también por las presiones culturales que vienen permeando a la sociedad japonesa desde la post guerra, presiones que empujan a la autoexplotación, a la alienación voluntaria de la sociedad, al burnout y al suicidio como solución final a problemas de un individuo que se machaca a sí mismo.  

También podríamos agregar desregularización laboral, informalidad en el empleo, y una orientación empresarial a tomar a las personas como maquinas, y tenemos un combo explosivo que no hace más que alimentar el fuego que amenaza a la animación japonesa como tal. O sea, tenemos trabajadores explotados y poco motivados en una industria creativa, un grupo mayoritario de consumo cuya identidad está tan ligada a productos escapistas y autocomplacientes que perciben cualquier intento de cambio e innovación como un insulto personal, y bueno, a su vez tenemos empresas multinacionales que, siendo empresas multinacionales, solo buscan la maximización de beneficios, aunque ello implique matar a la gallina de los huevos de oro. En este caso, al Anime como forma de arte. 

Y es aquí, precisamente aquí, y luego de tan prolongada exposición de conceptos aparentemente inconexos, que se hace evidente por qué la tragedia de Kyoto Animations duele mucho más de lo que debería. 

Verán, KyoAni era uno de los pocos estudios que quedaban, con un compromiso hacia la calidad, dispuesto a tomar riesgos creativos y a poner proyectos desafiantes que apuntaban al gran público, no solo al nicho de la comunidad Otaku. Era el lugar en el que estar para los artistas de este medio, un lugar donde sus voces eran oídas, eran valiosas, eran puestas a prueba, eran… Me temo que lo que el fuego físico no pudo destruir lo destruirá el fuego abrazador de la industrialización del arte. 

Kyoto Animations se encuentra en un proceso de reestructuración. Ello implica no sólo reorganizar calendarios de lanzamientos, reconstruir la propiedad perdida, y homenajear a las víctimas, sino también equilibrar las cuentas. En pocas palabras, estamos hablando de comenzar a producir para solventar gastos, producir lo que sea rápido a modo de recuperarse. Estamos hablando de costos de personal- Kyoto Animations era uno de los pocos lugares en la industria donde los trabajadores eran tratados dignamente, donde se les pagaba un sueldo que les permitiera vivir, y donde se les daba la libertad de elegir el proyecto que más les apasionase para dedicarle tiempo; un verdadero faro de lo que debería ser. 

Recortes de sueldos, recortes de beneficios, horas más largas y todo lo que ello implica para los empleados, los artistas, aquellos que ejercían su labor con pasión y dedicación – Hoy por hoy, se encuentran caminando rumbo a las llamas de la industria, en búsqueda de supervivencia, y eso me da miedo, mucho miedo. Eso quiere decir que potencialmente ya no tendremos obras que toquen temas taboo, desde perspectivas aún más taboo, como lo fue el tema del bullying y sus perpetradores en la más que recomendable “A Silent Voice”. No veremos obras que se atrevan con conceptos nuevos e interesantes, conceptos que desafían arquetipos y convicciones tan retrógrados y palurdos que uno no puede más que aplaudir el esfuerzo y el producto final, véase “Violet Evergreen”. No volveremos a tener Animes que sirvan de puerta de entrada al género. Me refiero a series como “Clannad”, “Full Metal Panic!”, o ¿Por qué no? “La melancolía de Haruhi Suzumiya”, que si bien caen en ciertas categorías de la identidad Otaku (como el Moe, los estereotipos de género, y los lugares comunes), en su trasfondo tienen mucho más de lo que se muestra, e incluyen puertas de entrada a una nueva experiencia que tiene el poder de unir a las personas, y de traer al frente perspectivas nunca antes consideradas por los grandes públicos…  

Todo eso temo que se pierda, todo ese valor cultural, estético, todo lo que implica ese trabajo noble de mirar la vida desde su punto más mágico para volverla aún más interesante; todo ello será reducido a cenizas una vez que la industrialización se lleve puesta a las voces únicas, y estas deban ceder ante las presiones del inclemente mercado, y de los aún más inclementes y duros consumidores.  Espero estar equivocado… 

A modo de reflexión final, me gustaría decir que no quisiera que la comunidad Otaku mute definitivamente en una identidad cultivada manejada a gusto y placer por los ejecutivos de grandes corporaciones. Si bien está muy cerca de serlo, no lo es del todo, aún hay esperanza para que florezca en una comunidad verdaderamente positiva, y que revalide el arte desafiante y poderoso. Pero eso será el tema para la última parte de esta serie de artículos.  

No quiero que la comunidad Otaku se convierta en la comunidad de Kpop, no deseo que el hedonismo, y la concreción de las fantasías colectivas e individuales, se lleven puestas la empatía, el aprecio al trabajo y la vida ajena. No deseo que se llegue al punto donde los suicidios sean vistos como costos marginales de una industria, como ha pasado con Goo Hara y Cha In-Ha. No quiero que los creadores de Anime sean vistos como medios para un fin, quiero que sus obras vivan después de ellos, pero que no se pierda de vista que tras estas obras hubo y habrá personas. No quiero que la humanidad se convierta en una serie de anónimos usados para la concreción del escapismo palurdo de aquellos que no tiene los huevos bien puestos de afrontar la vida. 

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