El diablo encuentra trabajo - N°005

Le doy la bienvenida, lector/x, a esta nueva edición del Semanario de la Fortuna. 

Ya me explayé, en un muy reciente video, sobre uno de los dos asuntos que trataría en esta entrega: El discurso alrededor del Ciberiluminismo. Entonces, sólo me queda ahondar en cierta tendencia tristemente común.

Como expliqué en EDET — N°2,

“El escrache comenzó siendo un instrumento de resistencia ante la violencia institucional. Hoy en día, es una manera de acumular capital social más común en los sectores privilegiados que en aquellos a los que supo servir en sus inicios.”

Jovencitas escrachan a amigas traicioneras, a matches de Tinder insensibles, materialistas o desagradables — El escrache pasó de ser una forma de dar repercusión a una injusticia que las instituciones provocaron y/o no atenderán, a ser una manera de resolver conflictos privados que rara vez tienen una conarrativa política real. Oh, bueno… A menos que uno crea que nada escapa a la política. Que el slut-shaming de una Regina George de Berazategui a una compañera de colegio es político, que el rechazo a una cita por razones estéticas es político… Lo personal es político.

Lo personal es político, ¿Entonces ventilar los trapitos al sol es praxis

“Lo personal es político” 

En cierta breve esquela, redactada en los confines de mi adolescencia Nabokoviana y libertaria, propuse que, si bien la política afecta nuestra vida privada, no todos los pequeños actos de la vida privada son políticos. Debe haber algo atemporal, innato, esencial, cuyos límites, cuyas condiciones, cuya forma el contexto determina. Pero, más allá de ese abstracto romanticoide que eventualmente pasaría a cuestionar, puede decirse que lo personal es político.

Este sentimiento fue propuesto por primera vez en un ensayo de 1969, autorado por la feminista radical Carol Hanisch, quien plantea que los problemas personales abordados por cierto grupo terapéutico eran problemas políticos. La mayoría de los problemas personales que las mujeres reportaban tenían su raíz en la opresión sistemática de las mujeres como colectivo. Entonces, la acción y la solución deberían ser políticas y colectivas. 

Es cierto, uno está atravesado por las condiciones políticas en las que vive, uno es una criatura de su época. Pero, incluso si hay una raíz política en el slut-shaming entre muchachas jóvenes, o en que un tipo no desee a las mujeres gordas, exponer conflictos individuales con capturas de pantalla, y condenar a un individuo como sexista, gordofóbico, transfóbico, etcétera, etcétera, no es buena praxis. ¿Por qué?

Básicamente: 

  1. Falla en invitar a la reflexión.
  2. No constituye un análisis inteligente de la situación.
  3. Tiende a elaborarse desde el despecho.
  4. Personaliza, individualiza el conflicto, en términos que impiden cualquier análisis sitemático.

Puede tomarse la experiencia personal como referencia, como anclaje para la examinación de un problema. Pero, exponer la experiencia personal, denunciar a los involucrados y hacer catarsis alrededor de eso puede ser leído como la búsqueda de una vendetta personal. Diría que, en muchos casos, lo es. Incluso cuando el nombre del emisor del mensaje desagradable está tapado. Sí, lo sigo considerando escrache y lo sigo considerando vengativo. Se espera la validación del sentir por parte de una horda digital. Se busca un rincón de los abrazos, y se dota la situación de un fino velo retórico. 

Lo considero de mal gusto. Me desagrada la idea de un futuro en el que no haya conversaciones privadas y todos lo hayamos aceptado. Pero, por otra parte, y más importantemente: no funciona. No funciona porque tenemos un problema despersonalizando problemáticas. Uno de los desafíos de quienes pretendemos construir discurso político, es exceder la experiencia individual. Debemos reconocerla, pensarla, nutrirnos de ella, pero también excederla. Si tenemos problemas pensando más allá de individuos, de personajes y de episodios televisables, comenzar un appeal por el valor de los gordos en el mercado del deseo con una captura de pantalla de una respuesta histérica no es aconsejable, no funciona. 

Un asunto es compartir anécdotas, alertar a otros en la comunidad sobre un profesional médico que discrimina a X o Y minoría, o exponer a establecimientos alimenticios que tienen prácticas bromatológicas cuestionables. La exposición de malos amigos, respuestas poco amables a avances sexuales, etcétera, no sirve. No es buena praxis. No ayuda a nadie. Como práctica política es inútil. Como práctica social es nefasta. 

Delegación de conflictos 

Si… Je ne sais pas, una amiga se acostó con tu novio, te recomiendo que hagas cualquier otra cosa. Literalmente, cualquier otra cosa. Llenale la cara de dedos, pero no pretendas que se la fuerce colectivamente a hacer una suerte de caminata de la vergüenza digital. No delegues el ajusticiamiento de los personajes nefastos de tu vida privada a terceras partes. Crecé un par de gónadas y confrontalos. No necesariamente con violencia, pero confrontalos. 

El hecho de que ya todos deleguemos el ajuste de cuentas de la vida personal a un colectivo de desconocidos me asombra. Recuerdo que, cuando el “Ni Una Menos” comenzó a resonar en el pequeño enclave pequeñoburgués donde vivo, cierta área comercial estaba empapelada con carteles denunciando por abuso a un adolescente que se había sobrepasado con chicas locales. 

La falta de judicialización no me llama la atención. Al fin y al cabo, según los testimonios, el muchacho había cometido un tipo de abuso muy difícil de probar. Pero, más aún me llamó la atención la inacción de los bravucones cuyas hijas habían sido abusadas. Uno los ve por ahí, con al menos 1.80 de estatura, con sus portentosas camionetas y sus pulposas esposas, dirigiendo la empresa, jugando al fútbol con los muchachos, maltratando al empleado de un lavadero por maltratar la RAM. Resuelven asuntos minúsculos de la vida cotidiana pequeñoburguesa con el vigor hipermasculino de un revolucionario o de un fascista. 

No puede sino llamarme la atención que, habiendo vulnerado la integridad física de las adoradas hijas de esos nobles señores siempre sedientos de justicia en la distribución de tareas del buffet celebratorio del 25 de Mayo o de la bicicleteada solidaria, el acusado haya mantenido todos sus dientes. Básicamente, concluyo esta disgresión planteando lo siguiente: La masculinidad burguesa es una performance pretenciosa de los peores aspectos de la masculinidad, un triciclo con rueditas de apoyo.

Todos, hoy en día, ya sea en el Estado (como es debido en los casos extremos) o en la horda, delegamos nuestros ajustes de cuentas. 

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