Netflix no es praxis

Manifestantes chilenos con disfraces del Joker, izquierdistas incendiarios que veneran a un Elon Musk con armadura, feministas pro-aborto cuyas manifestaciones son con las ropas de El Cuento De La Criada, políticos españoles que usan a Juego De Tronos como estandarte. Estos son algunos de los numerosos cruces entre la ficción contemporánea y una sociedad cada vez más volátil, y en constante riesgo de ruptura. Al contrario de lo que pudiera parecer a simple vista, considero que ninguno de estos ejemplos corresponde a genuinos actos de rebeldía revolucionaria o militancia política, sino a ejemplos perfectos de alienación contemporánea, que incluso llegan a rozar lo distópico.  

 Conviene ir por partes, para que el punto se comprenda. 

En medio de tantos matices ideológicos, hay una constante que, espero, pueda unir a todo el espectro político en un diagnóstico unánime: la cultura es poder, y los medios moldean nuestra visión de la sociedad. 

Con el párrafo anterior no quiero sonar como un telepredicador denunciando un complot en los mensajes subliminales de Iron Maiden para convertir a jóvenes incautos en asesinos seriales satanistas, sino que busco reestablecer un hecho comprobado: Nuestros productos de ocio alteran nuestra percepción de la realidad. Desde los otakus que consideran a Japón un paraíso terrenal sin saber ni lo más elemental de su cultura, hasta la gente que descubrió los males de la Unión Soviética tras ver Chernobyl, pasando por las Kpoppers que afirman amar Corea cuando, en el mejor de los casos, sus referencias al respecto son risibles, existen ejemplos incontables de cómo las personas tendemos a aceptar ciegamente la bajada ideológica que ciertas ficciones nos ofrecen, aprovechando nuestra instancia de ocio en una agenda por demás cargada hasta el extremo. 

Sumado a esto, los servicios de streaming en constante competencia mutua, la accesibilidad a todo tipo de contenido audiovisual, y el uso de las redes sociales por parte de empresas multimillonarias para captar la atención de los espectadores, han cambiado enormemente nuestros hábitos de consumo de entretenimiento. Concretamente Netflix, la gran pionera de estos servicios de streaming, fue la primera en establecer un modelo de negocios que todas las empresas dedicadas a los medios audiovisuales intentan replicar constantemente, ya sea con mayor o menor éxito: producir más contenido del que nadie jamás podrá ver, haciendo que este sea descartable. 

 No pretendo explicar cómo funciona el modelo de estos servicios, porque sería demasiado largo y engorroso para colocar en este artículo, así que me limitaré a enumerar sus consecuencias más visibles:  

  • El concepto de “maratonear”, el cual de por sí implica que el contenido de turno es descartable, e indigno de cualquier análisis más allá de lo que dicte el momento. 
  • La remoción del factor humano del arte. 
  • Lo que más me ocupa en este escrito, la sobresaturación de series y películas de moda, creadas para que el espectador siempre esté pagando servicios que, fuera de la moda de turno, realmente no le interesa usar. 

 Esto último es algo que se ve por todos lados. Omitiendo la última temporada de Juego de Tronos, ¿cuántas “mejores series de la historia” tuvimos en 2019, de las cuales dejó de hablarse tras dos meses de su emisión original? ¿Cuántas películas de usar y tirar recaudaron millones de dólares? Estoy seguro de que cada uno podrá hallar respuestas a ambas dudas. 

Entonces, ¿qué surge cuando tenemos un siglo XXI cada vez más surrealista y caótico, sumado a una generación entera a la que se le enseñó a cultivar su identidad exclusivamente en base a productos de consumo? Millones de personas incapaces de preocuparse por ningún tópico, a menos que puedan reducirlo a lo más elemental de la cultura pop.  

 Frases como “vivimos en Gilead” cada vez que los senadores de turno votan contra el aborto, “vivimos en un capítulo de Black Mirror” cuando los avances tecnológicos se vuelven abrumadores, “la política feudal y actual puede explicarse con Juego de Tronos” la cual llegué a escuchar en mi carrera, son cada vez más comunes. Independientemente de la calidad de dichos productos (spoiler: en muchas ocasiones, de decadente para abajo) se aprecia también el esmero de sus creadores por redireccionar cualquier crítica, por válida que esta sea, a las ideologías que afirma defender, en lugar de su valor artístico.  

Es decir, ¿cómo puede alguien pensar que El Cuento De La Criada es una serie mediocre, cuyo único valor reside en su cinematografía, que existe íntegramente para impactar a su audiencia con giros de tuerca sin sentido, construcción de mundo irrisoria, y nada que motive a verla una segunda vez por lo poco sustancioso de su contenido? Seguro es un machista pro-vida. ¿Cómo alguien puede decir que Joker es un film mediocre o peor, que recurre a argucias cobardes para ponerse el cartelito de controversial y revolucionario sin fomentar ningún debate real ni decir algo realmente? Es que no la entienden, porque sólo saben ver películas con brillitos, CGI, y comedia barata. 

 Entonces, tenemos casos de identidad cultivada en donde se promueven ideologías apenas comprendidas, y supuestamente revolucionarias, gracias a productos audiovisuales creados por empresas que, en muchos casos, manejan más presupuesto que varios países del tercer mundo. Si debemos recurrir a dialéctica marxista, es el capital marcando los límites de hasta qué punto oponerse a él es aceptable. 

A estas alturas, seguramente más de uno tenga una pregunta en mente: ¿no es esto un pequeño precio a pagar, a cambio de que las nuevas generaciones se interesen en cuestiones sociopolíticas del mundo que los rodea? Según lo veo, esta pregunta parte desde una falsa premisa, y la culpa de esto la tiene un fenómeno cada vez más omnipresente en nuestras vidas: la globalización. 

Desde que el mundo entero está unido por redes comerciales, sociales y políticas (a veces más claras, a veces más indistinguibles) ninguna problemática de nuestro día a día puede entenderse como una unidad, sino como parte de un todo que azota a cada vez más sectores de la sociedad. 

En otras palabras: No, no se trata de que el aborto no salga únicamente porque los senadores de turno son misóginos y varios de ellos ven la Inquisición como “aquellos buenos tiempos” sino por lobbies de diferentes sectores nacionales e internacionales, alianzas políticas, y el propio impacto que los medios tienen en la sociedad, entre muchos otros factores, y así con absolutamente todo. El mundo contemporáneo es mucho más complejo de lo que puede establecer una serie de doce episodios, o una película de dos horas y media.  

La simplificación de las problemáticas más actuales responde, en definitiva, a claros intereses sectoriales por dar bajadas de línea bruscas, y omitir el análisis más profundo y sustancial de nuestras mayores dificultades como civilización. 

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