La segunda llegada

Más que para la mofa, rara vez hemos abordado asuntos electorales. Particularmente porque ese no es el origen de las problemáticas que nos interesan, sino una consecuencia. Bien hemos citado reiteradamente esa platitud de Breitbart, “la política fluye desde el río de la cultura”. 

¿Cuánto tiempo más se puede patear la pelota? ¿Cuánto más puede estirarse la no-definición de la contradicción? El peronismo siempre ha sido una atadura con alambres de la tensión de clase. Ahora, que por asuntos coyunturales esa tensión parece estarse aseverando y blanqueando en paralelo, resulta lógico dudar de su capacidad resolutiva. 

Ya no tenemos tal cosa como un “business as always” político — en Argentina, podríamos arguir que nunca existió. Quienes nacimos luego de 1983 podríamos llegar a ser la primera generación desde la fundación del Estado Argentino que nació, creció y vivió toda su vida en algo más o menos parecido a una democracia. Pero el juego parece estar arreglado contra ese pronóstico. No es probable. Sí, esta redacción oscila entre la psicodelia y el tremendismo — Puede ser.

Quizás Alberto Fernández aplaque ciertas incertidumbres y cierto malestar. Pero eso involucraría, sobre todas las cosas, defraudar las expectativas de los progresistas que lo votan, no por despecho o por costumbre, sino con la convicción real de que va a ser antagónico a Macri. Que donde Macri cedió, malvendió y timó, él va a resistir, proteger y actuar con integridad. Que el Estado argentino va a dejar de servir como el “paracaídas dorado” de especuladores del sector privado o como la cuenta corriente de un noveau riche. Que el Estado argentino va a dejar de ser lo que fue siempre, tanto bajo el peronismo como bajo estos experimentos insuficientes.

Hay un gran ajuste, no fiscal sino de cuentas, que tarde o temprano deberá hacerse. El gobierno macriísta prometió a cierta clase media la eficiencia y transparencia de una democracia europea. Falló, estafó, o un poco de ambas. Pero no hizo nada por prevenir el tendal de pobres que años de irresponsabilidad político-fiscal dejaron.

Quizás, pronto, con un país defaulteado y una dirigencia cuya hora ya pasó, podamos hacer el gran reset que perdimos la oportunidad de hacer en 2001. O quizás ese gran reset sea el establecimiento de un opositor fascista. Se tiende a esos grandes resets. Considerando esta posibilidad, lo mejor que puede hacerse desde la izquierda (donde siempre, al fin y al cabo, nos posicionamos), es unirse en contra de la barbarie. Nuestra adolescencia concluyó. Papá murió y tenemos que hacernos cargo del hogar. Tenemos que crecer de golpe.

Como fuese, más allá de la metáfora costumbrista, la única certeza que podemos ofrecer es que estamos ingresando, definitivamente, en una época extraña. Permítaseme robarle a alguien mucho más elocuente:

“el águila no puede escuchar al cazador. Las cosas caen, el centro no puede sostener (…) los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de intensidad apasionada.” 

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