Violencia y austeridad en Ciudad Gótica

Escribo esta breve esquela contra los comentarios de Todd Philips, el director del film cariñosamente apodado “El Bromas”. Principalmente por el hecho de que estoy en desacuerdo con Philips, y no quiero que esta respuesta sea leída como un agregado a la suya. Pero el auteur de Hangover y el oscuro ensayista concordamos en algo: La película fue malinterpretada por varios críticos. Él los llamará “SJWs”, yo los llamaré un término diez veces más controversial: Neoliberales.


Hace un tiempo, descubrí un canal de Youtube llamado RenegadeCut. Uno de sus videos más interesantes trata la ideología neoliberal de Saturday Night Live. Cómo, jugando dentro de la ventana de Overton y con el fin innegociable de generar ganancias, vende como provocativo y progresista algo que, a todas luces, no lo es. 
Una de las principales, si no la principal razón por la que Saturday Night Live es un producto inofensivo, es que carece de una narrativa de clase. “Los malos” o “los ridículos” no son los billonarios que evaden impuestos o explotan empleados: No, ellos son buenos, simpáticos, valiosos y parodiados por Steve Carrell. Los objetos de mofa son los Republicanos – y hasta cierto punto. Si gusta, si va a atraer televidentes, le harán campaña a quien sea. ¡Carajo, le hicieron campaña a Donald Tump!


¿Qué motiva esta parrafada sobre Saturday Night Live? Que los mismos medios que alzan a Saturday Night Live como un pilar del progresismo, los mismos que lo ensalsan por provocativo y anti-establishment, publicaron reseñas en las que se ignoraba la narrativa de clase de Joker. No, no se trata de los incels. El romance imaginario del protagonista con una vecina es muy menor en la narrativa, desarrollándose en apenas un par de escenas, de manera fragmentaria, y demasiado rápido, escalando al ritmo típico de la ideación delirante. Las perturbaciones principales de Arthur Fleck no están relacionadas con el hecho de que, para ponerlo en términos barriales, “no la moja”, sino con el hecho de que es un enfermo psiquiátrico pobre.


La primera parte de la película – haciendo un cálculo cuestionable, diría, “la primera mitad” – no se trata de ser un incel, esta no es la narrativa revanchista de un incel. Y rotular como “película incel” a una que trata las desveniencias de un hombre enfermo, con el bagaje político y cultural del término, es una vergüenza. El protagonista, además de padecer algún tipo de psicosis, es privado de su tratamiento en un contexto de austeridad estatal, carece de redes de contención (siendo, de hecho, el único soporte de su madre enferma), y tiene que lidiar con situaciones de hostilidad y violencia a las que los pobres están expuestos constantemente. 


No, no es un incel. Creer que es un incel es estar tan ideologizado que no se está listo para percibir  lo que está escrito en la pared. Joker no se rebela contra Chad y Stacy, se rebela contra los ricos. Especialmente, contra los ricos que se burlan de los pobres desde lugares de privilegio, contra los ricos que no reconocen a los pobres como pares, contra los ricos que acosan y violentan los cuerpos de los pobres porque pueden, porque se supone que es su derecho.


Quizás la lectura del film como la historia de un incel haya sido parte de su estrategia de marketing, quizás la controversia sea una puesta en escena. Quizás haya sido sido espontánea, no importa. Y, en ese caso, es doblemente curioso: la película fue malentendida de la manera más redituable posible, redituable para el estudio, redituable para los medios que fueron la plataforma del malentendido (publicar una reseña con las palabras clave “Joker” e “Incel” genera más clicks que “Joker” y “pobreza” o “Joker” y “clase”).


Pero, si bien esto podría esperarse de los negocios norteamericanos, lo que más me llama la atención (y llamó la atención también de Sofía Vázquez, con quien tuve el deleite de discutir sobre esto por teléfono, hace un rato), es que esta lectura reduccionista e impotente haya sido importada por gente que se dice marxista. Esto denota a las claras tres fallas de parte de la izquierda argentina:

  • La compulsión por hacer copias burdas de algo proveniente de otro contexto sociopolítico
  • La imposibilidad de hacer lecturas con perspectiva histórica, la tendencia a pensar sólo en relaciones causa-consecuencia a corto plazo
  • Falta de lectura de Deleuze

El potencial de análisis de la película es abrumador. Sí, con todas sus fallas, muchas de las cuales pueden ser redimidas por cierta relativización final. No quiero decir con esto que sea la mejor película de la historia, ni nada por el estilo. Es bastante derivativa, de hecho, y el artículo que sucede al presente trata sobre eso. Pero, por ejemplo, alguien que haya leído a Deleuze probablemente encuentre en este film una perspectiva interesante sobre la locura y los límites del capitalismo. 


El hecho de que la lectura predominante en aquello a lo que podríamos referir como “el ala progresista” sea la de los incels, denota algo triste: El mainstream, una película de Todd Philips llegó a la narrativa de clase antes que nosotros.
Ahora sí, con esto fuera del camino, doy paso al comentario de mi colega Zicu22.

Ciberiluminista, Nabokoviano recuperado.

Post a Comment