Pensamiento lógico a distancia

Recientemente, me hice de una copia digital de Bullshit Jobs: A Theory de David Graeber, cuya traducción más sensata ha podido ser Trabajos de mierda: Una teoría.
Bullshit Jobs es la versión extendida y mucho más retóricamente cuidadosa de un artículo que Graeber publicó en el tecer número de Strike!, hace ya seis años.


Su hipótesis central es que la situación laboral de una buena porción de las sociedades occidentales (según autoreportes, aproximadamente el 40%-50%) penden de funciones no sólo prescindibles o redundantes, sino perniciosas. Si no perniciosas para la sociedad toda, perniciosas para el individuo que las lleva a cabo, que es profundamente desmoralizado, no sólo por el carácter real de sus actividades, sino también porque debe autoengañarse al respecto. Sellando papelerío prescindible estúpidamente durante ocho horas por día, o corriendo clohorídrico hacia la nada, uno está atrapado en una agenda kafkiana. Y, si uno ocupa un escritorio en alguna open office, no basta con el absurdo, el absurdo está travestido en un imaginario que no sólo enarbola “el propósito” y “hacer lo que se ama”, sino también ideales de familia y unidad, con un tenor discursivo que juguetea entre Plaza Sésamo y  The People’s Temple.


Una aclaración debida: Ni para Graeber ni para mí, son los trabajos artísticos o las así llamadas “ciencias blandas” bullshit jobs. Graeber es progresista y yo lo soy también, esto no se trata de denostar licenciados en comunicaciones y forzar a todo el mundo a aprender a montar aplicaciones en React. Las artes y las disciplinas humanísticas producen conocimiento, enaltecen el espíritu humano y generan valor, las matrioskas de secretarias administrativas, no.El hecho de que existan trabajos prescindibles, absurdos o nocivos, y que haya gente que deba abandonar carreras en las artes para tomar uno, deja en evidencia el hecho de que hay una distorsión en qué se considera valioso. Esto se debe, parcialmente, a la profunda desigualdad y cómo eso afecta la distribución de poder. Toda relación productiva está modelada en base a los intereses y valores del 1%.


Hay algo experimental, subjetivo y un tanto poco ortodoxo sobre cómo Graeber aborda este asunto. Para comenzar, el primer ensayo precedió (y de hecho, motivó) investigaciones al respecto. Todo el asunto nace de la sensación de que esto está ocurriendo. Reportes, testimonios y un consenso generalizado sobre lo acertada de esta sensación la validaron, y luego comenzaron a hacerlo quienes producen conocimiento sistematizado.


Que algo sea considerado un bullshit job depende, en gran parte, de que quien lo lleva a cabo lo considere como tal. Por supuesto, aquí hay varios problemas:

  • El ethos de “sigue tu pasión, vive tu sueño, ama lo que haces” puede llevar a ciertos trabajadores jóvenes a autoengañarse sobre qué tan valioso es su trabajo. (El Jim Jonesismo de las startups y nuevas corporaciones).

  • Quienes se encuentran en la cima del escalafón corporativo tienden a estar rodeados de consultores, asesores, pares y asistentes que les reaseguran el valor moral y práctico de su aporte. Y probablemente hayan crecido en un contexto similar. Podría capitalizarse esta situación para mucho más que risas baratas a la vera de la máquina de café. Esto podría azuzar algunas ideas.

Recomiendo el libro de Graeber, que es lo que libros de su género deberían ser. Más allá de su crítica muy inteligente, con base teórica y perspectiva histórica, es entretenido (por ejemplo, elabora una taxonomía de los trabajos de mierda, que es tan acertada como hilarante).  Pero me interesaría, en esta ocasión, organizar algunas observaciones sobre cómo esta situación afecta las opciones de formación profesional y las expectativas de quienes están comenzando una carrera en el sector privado. Especialmente, en el mundo corporativo. Y sí, como creo haber deslizado en una sutileza, hace algunos párrafos, considero a las startups parte de ese ecosistema.

La especialización como pantomima

Hace un tiempo, escribí sobre la expertise como pantomima. Negocios medianos y pequeños nacen y se nutren de la idea de que cualquiera puede ser un consultor si sabe articular una fina capa de conocimiento de manera convincente.
El principio de que “no es necesario saber mucho, sólo saber un poco más que la persona que querés ayudar” puede inspirar a quien padece un paralizante síndrome del impostor a compartir sus extensos conocimientos, a pesar de que, a su parecer, sean humillantemente escuetos.Pero también genera un clima raro en el que, como cierta empleada de cierto consultor una vez artículo, “tenés a gente pagando por cursos de sentido común”. Literalmente, hay gente pagando por cursos de sentido común.


Aquellos que trabajamos en empresas tecnológicas estamos acostumbrados a cierta taxonomía lisérgica. Yo, en mis funciones, hoy en día, actúo como “consultor”, “estratega” y “arquitecto” de una serie de abstracciones. Algunos productos de mi actividad laboral son evidentemente útiles. Otros, desperdicios de tiempo y energía o asuntos que podrían haberse resuelto si, en lugar de romper un proyecto en cientos de microtareas que deben ser llevadas a cabo por decenas de personas, se comprendiera la naturaleza del trabajo creativo y no se lo intentara someter a lógicas y estándares que lo precarizan.


La propagación de la fauna marciana a la que pertenezco ha impulsado y justificado un mercado educativo “no convencional”, el cual, parcialmente, celebro (hay programas online realmente útiles), pero que está plagado de bullshit courses para conseguir bullshit jobs


Entiéndase: Un curso a distancia sobre “la imaginación arquitectónica” no es un bullshit course. Sí, me refiero al de Harvard, que es gratuito. Yo lo hice, me encantó, soy tan maricón y pretencioso. Tampoco me refiero a un curso en el que se enseña a codificar en Javascript. Eso es una habilidad real que demanda un esfuerzo y hace al mundo mejor y más interesante.Una bullshit education es una educación a medio camino de todo, que intenta ser todo para todo el mundo, enseñar lo que sólo puede aprenderse en la práctica junto a lo que no puede aprenderse en absoluto. Una bullshit education es una de la que uno emerge con conocimientos escasos sobre todo, cargado de argot y case studies, pero sin técnica, sin práctica y sin una visión más profunda o crítica de la disciplina.


Con el tiempo y la precarización de la vida toda, se vuelven incremencialmente menos claras las habilidades necesarias para competir en el mercado laboral, “liderar”, etcétera. Entonces, comienzan a ofrecerse programas como el curso de “Pensamiento Lógico” de Platzi, o cursos de “creatividad”.

“Creatividad” o “pensamiento lógico” son cualidades que, si no se tienen como naturalmente, se fomentan, o como consecuencia de cualquier formación, o mediante un trabajo diario e íntimo de lectura y análisis.


Algunas licenciaturas son bullshit education. La mayoría de los cursos de “creativo publicitario” son bullshit education. Estos diplomas paraguas que pretenden ser carísimos pantallazos generales, pero de los que uno emerge sin saber suficiente sobre nada, hacen también a esta hiperfragmentación del trabajo y a la propagación de bullshit jobs: Gente buena para algo, se dedica a ajustar el tornillo 45 de la pieza 190, bajo la supervisión de gente que no es lo suficientemente buena para hacer nada.


Un curso de pensamiento lógico o creatividad pretende simplificar, agilizar, reducir a un casillero que llenar, procesos íntimos, extensos y demandantes. No sólo reduce la creatividad o el pensamiento lógico a “skills” laborales, sino a un único plan breve, claro y corto. Uno no puede aprender a pensar o a ser creativo como puede aprender a escribir material de marketing o a desarrollar back-ends de aplicaciones.


Pero, bueno ¿Qué hace a un buen redactor de material de marketing, si es que hay tal cosa, o a un buen desarrollador back-ends? Creatividad y pensamiento lógico.
Allí está lo interesante, más allá de que esto evidencie la profundización del vaciamiento intelectual de Occidente (sólo la celebridad á la Zizek podría salvar a los futuros aspirantes a filósofos de convertirse en life coaches, oscuros investigadores denostados, o desertores).


Cuando se venden creatividad y pensamiento lógico, se está vendiendo éxito garantizado.¿Por qué? Algo cercano a una respuesta abarcativa tomaría más tiempo que el que mis colegas y la paciencia del lector tolerarían, pero, en parte, es porque en este contexto socioeconómico, uno tiene dos opciones: Nadar o hundirse. 
Las redes de contención profesionales y sociales son incrementalmente escasas, la vida se está precarizando, el tejido social se está rompiendo. Y nos han vendido como único ideal uno de éxito extraordinario validado por el mercado, porque no parece haber mucho más. ¿Hay mucho más?

Ciberiluminista, Nabokoviano recuperado.

Comments

  • 05/09/2019
    nicob

    Comparto. Un muy buen libro, pero creo que la mejor traducción del título sería “Trabajos al pedo”. Refuerza la idea de lo innecesarios que son esos trabajos.

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