Alguien tiene que ceder

Hace algunos días, Forbes publicó una pieza sobre la necesidad de “reformar el capitalismo”. Cuando alguien intenta problematizar al sistema sin problematizar la calidad de los empleos creados o el hecho de que tener billonarios significa tener cuotas increíbles de poder en manos de gente que no ha sido electa para detentarlo, lo que en realidad está proponiendo no es una reforma, sino un lavado de cara. 


¿Cuáles son los problemas del capitalismo?


La desigualdad, o, mejor dicho, la severidad de la desigualdad: Que un tipo pueda pagar un año de salarios de su multinacional con lo que gana en 30 minutos, mientras otros están condenados a vivir descalzos, comiendo de cambiar el cobre que extraen de desechos tecnológicos , en algún lugar en el fondo de África. 


La especulación y la creación de riqueza a través de la especulación: Los billonarios “virtuosos” que “crean valor”, “innovan” y han hecho de su pasatiempo intentar sanar al mundo plantean como sus enemigos a los especuladores financieros, a “los mercenarios”, como los llamaría el especulador impositivo y esclavista moderno Jeff Bezos. 

“Innovación” 

En un reciente artículo en el Dystophia Quarterly titulado OneZero, Zander Nethercutt articuló una apología de los monopolios de big tech. Nethercutt arguye que no es el status monopolístico el que vuelve poco éticas a las compañías de tecnologías, son éticas o no lo son de por sí, independientemente del lugar que ocupen en la industria. 


La primer respuesta que este planteo azuza es parafrasear a Ortega y Gasset: Uno es uno y sus circunstancias . Pero, más allá de eso: ¿Cuánto poder es conveniente permitirle obtener a un actor inético? ¿Mucho o poco? ¿Qué tan difícil tiene que hacérsele a un actor inético acaparar capital y, por lo tanto, poder que eventualmente va a politizarse?

Cuando la privacidad y el uso ético de la data se conviertan realmente en una preocupación pública, será mejor tener el terreno más o menos despejado para la aparición de proyectos open source, decentralizados, for- o non-profit, que tengan la protección de la privacidad de sus usuarios como parte de su “propuesta de valor único”. 


No lo dirán popes de aceleradoras, ni CEOs de start-ups que persiguen el sueño americano de tenerlo todo, pero sí lo dirán quienes están preocupados en que el futuro sea más o menos vivible: breaking up big tech is a no-brainer. 
El ethos del emprendedurismo que plantea toda innovación tecnológica como el noble producto de nobles ambiciones esconde la dimensión ética de la producción de tecnología. Es cierto, uno no tiene siquiera que ir por sobre la anécdota para concluir que algunos son “líderes naturales”, tienen la capacidad de impulsar y gestionar proyectos, mientras otros tienden a la pasividad. Es cierto, algunas empresas crean productos novedosos, mientras otras caen muy por debajo del estándar que estas primeras fijan. El asunto es si es justa recompensa para el liderazgo y la innovación convertirse en el operador billonario de un banco de datos. 


En un artículo anterior, quizás chicanero, comparé el ethos corporativista con el sistema simbólico que justifica a los totalitarismos comunistas. Sobre el final de este, me tomé el atrevimiento de emprenderme en cierta pregunta: Como alguien que tiene que participar de la economía, ¿Qué puede uno hacer? 
Todos estamos en aprietos. El consumo ético bajo el capitalismo parece imposible: Ninguna opción es lo suficientemente ética, ni para los consumidores, ni para los productores. La democratización del lugar de trabajo y la disminución de la brecha entre las ganancias totales y los sueldos sería un buen lugar donde comenzar, pero no sería aceptable como objetivo final. Aquí, mi análisis está codificado y restringido por mis experiencias laborales y mi clase social. 


Concuerdo con Randall Lane, el autor de la pieza de Forbes,  el imaginario que sustenta el emprendedurismo tiene que pasar a basarse en producir valor sobre todas las cosas. El gollete del asunto es que, si la transformación es sólo discursiva, y la empresa sigue siendo una lucha por maximizar ganancias motorizada por la voracidad, con límites legales determinados en función de la comodidad de los poderosos y no del bien común, estos nuevos discursos no serán más que un disfraz de algo que continúa siendo tan cruel como siempre. No es un asunto de retórica, sino de ética, ¿Cuál es el mayor precio que estamos dispuestos a pagar para generar comodidades redituables? ¿Qué tanto sufrimiento humano cuesta? ¿Qué sacrificios no estaremos dispuestos a hacer? 


En lugar de concluir este artículo como debería, lo haré atajándome de críticas sin sustento y hombres de paja.

¿Me opongo a las pequeñas y medianas empresas? ¿Todo patrón me parece un hijo de puta? No, por supuesto que no. Conozco empleadores nobles. Conozco pequeñas y medianas empresas creadas y mantenidas por hijos de puta que fundaron mitologías personales sin nunca haber atravesado ni la más modesta dificultad.

Es un error abordar problemas sistémicos como si fuesen asuntos personales, que pueden ser resueltos  a través de y tienen como causal a individuos particulares. Hace que todo se vea demasiado fácil y nos condena al cortoplacismo. Pero no puede negarse que, ante noticias como las excenciones de impuestos a Amazon, parafraseando a un mejor Jeff, “puedo sentir la voz de Maximilien resonando a través de mí”. 

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