El feminismo se está comiendo su propia cola

“La moralidad une y ciega”.

  – Jonathan Haidt

Hoy, el feminismo ha instalado en el corazón del movimiento el germen de su propia muerte.  El feminismo se está comiendo su propia cola.

Este germen es la falla sintomática* en la que su rama más conservadora, (paradójicamente, la que se autopercibe como radical), maneja un discurso de odio que cada vez disputa más lugar en nuestras filas.

Este discurso se sustenta a base de citas de autoridad, bastante falta de comprensión critica de lo leído, y de una literalización conceptual pomposa, fogoneado desde un pedestal de moralidad donde la única y verdadera feminista es la radical, la hembra humana, la encargada de llevar la batuta en su liberación de todo lo que la encadena – que de repente parece ser literalmente eso: todo – descalificando y menospreciando a su paso a quien sea que traspase las fronteras de lo que ellas consideran que es una mujer. A esto se suma una tajante indiferencia hacia los sectores más precarizados de la sociedad. Para este feminismo, la liberación de la mujer trae consigo la liberación de la mujer musulmana, negra, pobre, villera, de pueblos originarios, latinoamericana, etcétera, sin nunca ocuparse de estas específicamente, como si se tratara de un mero efecto dominó.  

A su vez, desde este enfoque, lleva una conducta evangelizadora y puritana, donde la liberación se presenta ante nosotras más como un cuadro victoriano exacerbado de moralismos y rígida disciplina, con severas interdicciones más que la imagen de deshacer, al fin, nuestras propias ataduras: que depilarse es una imposición entonces hay que dejar de depilarse, que la anatomía de la mujer está altamente sexualizada, por lo que hay que taparse… hasta han llegado a decir que todos los hombres son pedófilos. Se olvidan de que las mujeres en la biblia no solo no estaban depiladas, sino que también estaban tapadas del cuello para abajo, lo que no quita que haya algo de valor en las primeras dos afirmaciones, simplemente están mal presentadas y son bastante miopes.  

Con esto último, me refiero a que para ellas el camino hacia esta liberación final es una carga que debe pesar en el interior de cada mujer. A menudo me gusta referirme a la ‘’deconstrucción’’ como el cilicio de las más adeptas, dado que plantean que desarmar conductas profundamente arraigadas al ethos patriarcal debe ser doloroso y conlleva un enorme sufrimiento con cada paso dado, en vez de plantear la deconstrucción como algo más cautivador, atractivo, hasta ¿Por qué no? Placentero. La única respuesta que se me ocurre es que la sensación de sacrificio las provee de satisfacción, cualquier psicoanalista que mirara atentamente podría decir que padecen de un severo caso de narcicismo moral.  

Desglosando esta arquitectura discursiva a sus componentes más mínimos, no hace falta mucha imaginación para encontrarlos en momentos muy concretos de nuestro desarrollo histórico.   

La peligrosidad de posicionarse constantemente desde un lugar de víctima –dado que plantean que todo es patriarcal, todo es machista y ellas se encuentran solas en esta lucha – no solo deja a dicha persona en un lugar de incuestionabilidad, sino que también y consecuentemente, en una situación de poder enorme. Y aveces parecería ser, un poder por el poder mismo, sin intereses utilitarios.  

Sobre esto ya habló Slavoj Zizek que, desde lo personal, ha hecho la mejor crítica al feminismo contemporáneo que alguna vez he escuchado: 

Esta cuestión endógena no puede ser separada de la coyuntura que nos toca vivir, en las vísperas de un claro resurgimiento conservador de profundas raíces religiosas, la avanzadilla de sectores neofascistas que no llegan para sentarse a dialogar sino a tomar medidas de acción contra las minorías y disidencias y el Congreso llenándose lenta pero progresivamente de férreos defensores de la familia y la tradición, de Amalias Granata y de miembros del Opus Dei, cabe preguntarnos ¿Qué feminismo queremos? Y aún más importante: ¿Qué feminismo estamos construyendo? 

No podemos darnos el lujo de echarnos una siesta. 

[edgtf_separator class_name=”” type=”full-width” position=”center” color=”#3118f0″ border_style=”” width=”” thickness=”1″ top_margin=”” bottom_margin=””]

* Cuando hablamos de falla sintomática nos referimos a que podemos percibir desde una extremidad, una porción de lo que representa el feminismo per se y no de este en su totalidad, síntomas o indicios que podrían decantar en una metástasis. Por eso es importante aclarar que este artículo no se refiere a todo el feminismo ni en su vertiente histórica ni en su vertiente teórico-práctica, sino a un problema, una situación en particular que debe tratarse.

Deja un comentario