Pañuelos celestes, Homo Sacer y la política del presente

Hace una semana, Amalia Granata era elegida diputada en Santa Fe. Una elección tal vez menor, un cargo por sí solo irrelevante, pero que devela la potencialidad del discurso “provida” para representar una alternativa electoral. Ahora, ¿es sólo la posición en contra del aborto lo que los sustenta como proyecto político?

Es inocente pensar que sí, pese a que gran parte de las críticas estaban vinculadas a la falta de formación y de un programa más allá de la postura respecto a la ley IVE. El horrible comentario de la misma Granata Pañuelos celestes, Homo Sacer y la política del presenteen TV hace unos pocos días evidencia aquello que siempre denunciamos:

La deshumanización constante de los antiabortistas hacia la persona gestante está codificado por clase.

Ellos saben que el aborto se practicará de forma clandestina, saben que es imposible “prohibirlo”. También saben que quienes más riesgo de muerte corren son quienes viven en la pobreza. Esas personas morirán siendo responsables de su propia decisión, se lo merecen. El feto será sacralizado; El único sacrificio, la única vida llorable, es la que no tiene nombre aún. El rol que cumple su santificación, sin embargo, es la de transferir la condena a quién muera intentando abortar, “merece morir porque quiso matar al bebé”. Así, la persona gestante pasa a ser un ejemplo cabal de lo que Agamben llama nuda vida: alguien a quien cualquiera puede dar muerte con total impunidad.

Gran parte de la discusión se trazó alrededor de definir si hay o no entidad humana en el feto, y al día de hoy creo que es un tópico totalmente estéril. Las dos fuerzas, de creación y de conservación del “derecho a la vida” están fundadas en una submisión de una vida por sobre la otra, más que en una definición acabada de “qué es la vida”. No han podido explicar nadie qué es vida sin tener que recurrir a descripciones totalmente vagas y objetables.

La prohibición total del aborto conlleva inevitablemente a un montón de situaciones donde feto y persona gestante morirán juntos. Esas circunstancias pueden ser estrictamente clínicas, como malformaciones o inmadurez de la persona gestante (no, una niña de 12 años no puede ser madre), pero también estar ligadas a condiciones económicas: imaginen por un segundo a una persona que apenas puede procurarse su propio alimento, esperando a un hijo. De mínima, podemos esperar un bebé con problemas de raquitismo, una madre descalcificada, entre decenas de otras consecuencias; a lo que después le sigue la incapacidad de proveerle alimento, tal vez un techo, los condicionantes que impone el bebé para progresar y mejorar la situación económica.

La postura “provida” paradójicamente despoja a las dos vidas de su dignidad humana más básica y perpetúa la sumisión de clase buscada por los sectores conservadores. ¿Cómo podemos esperar algún tipo de responsabilidad estatal sobre el bebé una vez nacido si un argumento en contra de legalizar el aborto (“está mal pagarlo con los impuestos de todos”) evidencia mezquindad? . Es obvio que la aparente despolitización de la vida supone en realidad no politizar la contradicción entre el interés biopolítico del Estado por preservarla y su incapacidad de garantizar el bienestar de quien gesta y del bebé mismo.

La imposibilidad práctica de resolver los problemas estructurales que vuelven a la prohibición total del aborto una medida desigual no es una mera omisión, una intransigencia. Es una declaración de principios, una validación al sistema que impone a las personas embarazadas la obligación de parir, a modo de tributo. Quien pare en un contexto de vulnerabilidad perpetúa la desigualdad, aunque le cueste la muerte. No es casual que los sectores religiosos que se oponen al aborto sean justificados por la existencia de gente vulnerable: sin ellos, su poder territorial se vería diluido.

La existencia de partidos “provida” no es un triunfo de la antipolítica. Viendo cómo van de la mano con el LGBT-odio y el antisemitismo, es evidencia de lo que creo que define a esta era: la designación explícita del homo sacer como justificación plena para un proyecto político enfocado en preservar la desigualdad y la hegemonía sobre los cuerpos.

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