Los laureles también son para ellas

El empate 3–3 entre Argentina y Escocia en la Copa del Mundo de fútbol femenino inauguró el deporte como campo de batalla de una puja tan vieja como el deporte profesional.

El deporte es uno de los pilares de la tradición grecorromana que mejor perdura hoy por hoy. Se dice que Cayo Apuleyo Diocles, en sus 24 años como corredor de carros (auriga) ganó el equivalente a 26 toneladas de oro. Quienes vencían en sus respectivas disciplinas en las Olimpíadas griegas eran tratados como héroes y en algunos casos recibían dinero y ofrendas.
A diferencia de lo que pasaba por esos días, hoy las estrellas deportivas también pueden ser mujeres.

El deporte organizado, a partir del siglo XX, nace obviamente con una idea de igualdad muy diferente a la de la Antigua Grecia, tanto es así que el tenis, deporte de raíces aristocráticas y fuertes vínculos con la generación “flapper”, fue jugado y promovido por mujeres desde sus inicios; Dorothea Chambers, Molla Mallory y Suzanne Lenglen fueron sus exponentes más notables (y excéntricas). El tenis femenino está presente en los Juegos Olímpicos desde el 1900.

Sin embargo, durante toda su historia la diferencia entre hombres y mujeres fue problematizada y visibilizada, llegando a uno de sus puntos más altos en 1973, cuando a raíz de los reclamos por paridad en los premios, Margaret Court y Billie Jean King se enfrentaron a Bobby Riggs en la “Batalla de los Sexos”, dos partidos de exhibición con la idea de mostrar que las mujeres podían ser también profesionales del tenis más allá de la diferencia física. Lo que hoy ya nadie se animaría a cuestionar y un sinfín de brillantes jugadoras, era en ese entonces objeto de discusión, y esos partidos funcionaron como vidriera para demostrar que ellas también merecían un lugar en el profresionalismo. Años después se crearía la WTA, vendrían Navratilova (que se retiró a los 50 años, ganando el dobles mixto del USopen 2006) , Graff, Sabatini, las hermanas Williams, y Hingis y terminarían la discusión; hoy los cuatro Grand Slam entregan los mismos premios para hombres y mujeres, aunque siguen siendo desiguales en el resto del circuito.

Pero además de todo, es un deporte que desde sus bases promueve el intercambio entre sexos: los chicos suelen entrenar en grupos mixtos hasta que alcanzan cierta edad, es muy común ver a hombres jugar contra mujeres en cualquier club, un fin de semana, y el dobles mixto es una categoría presente desde su génesis. Aún así, hay preconceptos. No faltaron voces críticas cuando Andy Murray anunció que su entrenadora sería Amelie Mauresmo.

Entonces, ¿cómo podemos esperar a que la igualdad en el fútbol sea algo que “se dé naturalmente” si mínimamente no cuestionamos el origen de la falta de representación en algunos ámbitos? Es extremadamente cínico alegar que la mitad de la población “no tiene interés” en el fútbol cuando en la mayoría de los colegios, durante décadas se lo trató como “un deporte de hombres”, prohibiendo y estigmatizando a las mujeres que lo querían practicar.
¿Cómo exigir resultados contra países que hace 40 años dejaron de tener ésta discusión?

No es sólo una cuestión de dinero -algo que es condicionante para desarrollar un deporte de elite más que cualquier otra cosa- en tanto no haya un cambio profundo en la mentalidad de que “hay cosas que las mujeres no pueden hacer”. Fomentar la actividad deportiva de base es usualmente una política de estado, basta ver los incentivos que da el sistema educativo de Estados Unidos para que los estudiantes se dediquen al deporte que más les guste y cómo eso se refleja en una superioridad en la mayoría de los deportes a nivel profesional, tanto en hombres como en mujeres.

Contra una cultura que disuade, que pone palos en la rueda y cuestiona de forma absurda la capacidad de participar de las mujeres en el fútbol, resulta notable el resultado de ayer, y el rendimiento mostrado los últimos partidos.
Hacer críticas del estilo “si quieren que les paguen deberían jugar mejor” no explica ni resuelve nada, porque la mayoría de los reclamos exceden a la profesionalización (algo que no va a tardar en llegar sin dudas) y porque la única forma de llegar a la excelencia es con dinero.

Dato chicanero: salvando la Copa Mundial de 1930 (con una participación muy pobre de conjuntos europeos), los resultados de la selección masculina hasta 1978 no fueron particularmente buenos. Para ser su 3era participación, la de las chicas no se vio nada mal, más aún sabiendo de la disparidad mucho más marcada entre los países que dominan la disciplina y los periféricos. El resultado esperado para la clasificación a la siguiente rueda no se dio

Más allá del aluvión de críticas desde el resentimiento y el antifeminismo; así como el partido entre Billie Jean King y Bobby Riggs inspiró a las siguientes representantes del tenis femenino, el empate de ayer puede ser el punto de inicio de una nueva generación de chicas que sientan que es posible también para ellas jugar, que reclamen en sus escuelas para que no las obliguen a hacer gimnasia artística, que organicen picados mixtos con sus compañeros, que formen sus propios clubes y, de a poco, forjen su propia historia, algo que sin dudas ya está en marcha. Queda al resto decidir si dejan disfrutar y progresar al prójimo o hacen que el águila del resentimiento les coma el hígado de sus miserias.

Androide con escasa formación académica y agudo sentido de la intuición. Mis intereses son tan diversos como mis contradicciones; World War II Nerd. Asesora de asuntos aleatorios.

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