La revolución está cancelada

No podemos fingir que miopías discursivas y la reticencia a solucionarlas no van a tener costo. Es tristemente probable que ese costo no vaya ser sólo político, sino también humano – Carajo, ¿Qué digo? Que se continúe tratando la legalización del aborto cuesta las vidas y los cuerpos de miles de mujeres al año. Lo sabemos. Aún así, permitimos que el activismo pro-legalización se diluyese en una infantilada, en un síntoma de cierto tipo de adolescencia suburbana. Explícitamente así, con la erosión simbólica que eso significa y con las instrucciones que sugiere a la oposicion. 
El brote reaccionario local ya sabe qué hacer: Intentar doblegar espíritus invitando a criptofascistas a exponer moralinas científicamente incorrectas en escuelas católicas. 
Mientras tanto, hagamos camisetas.
Todo hallazgo subversivo es absorbido por el mercado, esterilizado y devuelto al público como mercancía. ¿Está mal? No lo sé, hasta hace un tiempo funcionó. Lo que sí percibo es que ahora no sirve. Porque si nuestros reclamos se esterilizan, estamos perdiendo.
Cuando se esterilizan, se pierden sujetos políticos, se invisibilizan narrativas relevantes que requieren más atención más rápido, que aquellas que las reemplazan en la escena pública. Si bien, por causas materiales, quienes llevaran el debate a favor de la legalización son jovencitas de clase media alta, en su mayoría, heterosexuales; ellas no son el único sujeto político. Diría, en este asunto, no son el sujeto político principal. 
Su derecho es el derecho a abortar sin estigmatizaciones, pero van a poder abortar. Por el dinero de sus padres, por su red de contactos, por el argumento de no poder dejar la carrera, por la incertidumbre que significa tener un hijo sin planificación familiar, van a poder abortar. Son meras representantes, si se quiere, delegadas autoproclamadas pero vitales de mujeres cuya dignidad humana, si no su vida, depende de tener acceso a un aborto. Pero plantear este asunto como “La Revolución de las Hijas”, adornando la portada rosada de un paperback de $629 con cuerpos de adolescentes clasemedieras rodeadas de brillantina es un insulto. Esta autoproclamada revolución no pertenece, al parecer, no tiene lugar para aquellas que no pueden ser hijas porque no tienen padres. Léase: Niñas del interior que necesitan abortar el fruto de un incesto, mujeres trans que trabajan a la vera de la ruta. Las hijas traicionadas o negadas en la precariedad y la cerrazón no tienen revolución. Esta es la revolución que una madre compra en un shopping mall para su hija mayor, que irá a Bariloche en algunos meses. No hay redención, no hay promesa, sólo lip service cuando es lucrativo. Cuando matan a una trava, nadie marcha. No hay Trending Topic ni cobertura en noticieros. No hay Ni Una Menos más que para los avatares de un imaginario feminista que tiene como tope de deconstrucción la promoción de lencería con una modelo talle 5. 
“Un libro pensado desde y para las hijas, con la intención de que la palabra ruede, crezca y circule. Ellas no van a parar.” Nunca nadie les dijo que pararan en su vida, por supuesto. Queremos que lleguen a CEOs. Mientras tanto, las travas mueren y las pobres son segregadas a la domesticidad y al analfabetismo funcional. 
En un contexto como este, con el avance territorial de movimientos “provida”, el supremacismo blanco del norte, los populismos nacionalistas, el fundamentalismo islámico, la misoginia disfrazada como única herramienta de preservación de la dignidad masculina, debe estarse a la altura de las circumstancias. 
Todo progresismo, pero el feminismo especialmente, pretende demandar ponerse constantemente incómodo, “deconstruírse”, cuestionar el aparato de presupuestos con los que se navega la cotidianeidad, repensar el propio rol social. Pero quienes construyen el feminismo mainstream fallan en hacerlo. No sólo porque, como arguyí en escritos anteriores, el feminismo está ignorando a las mujeres pobres mientras una de sus vertientes más populares hace el trabajo de la derecha transfóbica; sino también porque el diálogo necesario para construír una alternativa abarcativa, viable y sustentable a largo plazo está siendo negado. Y no sólo eso, como discutíamos hace algunos días en su casi premonitorio episodio de Vinos & Conservas, una discusión sobre sutilezas pronto se convierte en determinante del valor humano de las partes involucradas. 
La cancelación de Alexandra Kohan, incluso más estúpida que la de Zizek, tiene en su corazón una lectura histérica. Una lectura histérica cuyo único objetivo es continuar con la tendencia del feminismo mainstream de plantear superioridad moral y cerrar filas. Atomizarse, expulsar, pretender establecer espacios seguros echando a todo un sexo como si el otro fuese inherentemente bueno, como si sólo los varones violaran. 
Considerando que estamos pidiendo algo difícil (la deconstrucción), algo doloroso, pero necesario, la praxis más efectiva sería una que minimizase, que anesteciase ese esfuerzo, que lo hiciese incluso placentero. Una defensa hábil tiene que permitirnos captar apoyos donde no están, no expulsarlos. 
Mientras tanto, la derecha abarcativa, siempre mutando, siempre mutable, de “anarcopaleoconservadores”, “tradicionalistas hispánicos” y etcéteras, continua permeando incluso sin viabilidad electoral. Alguien me dijo, hace unos días: “ellos entendieron a Gramsci, nosotros no”, y es verdad. 
Por Sofía Vázquez y Aaron Marco Arias.

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