¿Hay feminismo para las mujeres pobres?

La interseccionalidad es clave para cualquier activismo progresista. Cualquier causa es mejor abordada considerando su contexto y las dimensiones de desigualdad, las dinámicas injustas que las atraviesan.

Las representantes del feminismo interseccional en el mainstream cultural tienden a ser inefectivas en este aspecto, abordando brusca, insuficiente y deshonestamente asuntos de clase.

Mi intención, en esta pieza, es de alguna manera comenzar a intentar construir discurso en la brecha que el así llamado “feminismo hegemónico” dejó vacante.

No es cierto que el feminismo, en su variación más popular, en la República Argentina, sea un movimiento obrero o popular. Su apoyo por parte de las clases trabajadoras y precarizadas es escuetísimo. La enorme mayoría de las mujeres pobres se oponen a la legalización del aborto, y viven en barriadas cooptadas por el evangelismo.

Creo preferible abordar este argumento en particular citando cierta observación de James Baldwin en “El diablo encuentra trabajo”, sobre cómo los pobres siempre tendrían hijos, a pesar de los “programas de control de la natalidad de los civilizados”, porque hijos es lo único que podrían tener. Sólo teniendo hijos podrían construir expectativas a futuro, cumplir un rol estable, etcétera, etcétera.

No cuestiono el conservadurismo casi instintivo de aquellos que viven en condiciones de precariedad.

Tengo la certeza de que hoy voy a cenar, tengo la certeza de que voy a tener disponible agua segura, y no sé, sinceramente, cómo se siente vivir sin esas certezas. Como cualquier miembro de la clase media argentina, sé cómo se siente tener que reducir mis consumos en tiempos de crisis, y no saber muy bien hasta qué punto habrá que reducir. Pero vivo con ciertas certezas que no sólo me garantizan el tiempo para reflexionar sobre algún tipo de construcción progresista, sino que también me dan la cintura emocional para hacerlo.

No podemos seguir fingiendo que deconstruirse no es de ninguna manera psicológica o emocionalmente taxativo. Con esto no estoy siendo prescriptivo, no estoy invitando a la gente a vivir errada o a ser filosóficamente inflexible; estoy siendo descriptivo. Es evidente que cuestionar un cuerpo de preceptos que uno consideraba inambiguamente verídicos y que fundamentaban su cosmovisión y sus expectativas de sí mismo, va a ser costoso. Alguien que no puede contestar con certeza si va a contar con los recursos para cenar esta noche, vive en un mundo mucho más caótico y confuso que el mío. En ese mundo, mandatos del conservadurismo tales como la idea de la familia heteroparental son fuente de orden. Es una herramienta inepta, entre otras, para estructurar un sistema de principios.

Por supuesto, aquí no estoy planteando que el conservadurismo sea un vicio de quienes padecen inseguridad alimenticia, o que todos los pobres son conservadores por razones biopolíticas. Por supuesto, aquí estoy haciendo un recorte en pos de un análisis útil.

Las pobres mueren por abortos inseguros, pero es mucho más probable que una muchacha que vive en la precariedad tenga la voluntad de parir que una muchacha de clase media. La primera no tiene planes que un parto vayan a forzarle a posponer. No hay futuro.

No he logrado acceder a data sistemática sobre estos aspectos. Todo se reduce a meteorología cultural, para ponerlo en un término patético. No tengo data sistemática en estos aspectos, pero el feminismo hegemónico tampoco. Ni ellas ni quien les contesta hemos vivido esto, estamos utilizando algunas experiencias, mayoritariamente documentalísticas, para hablar por gente que no conocemos.

En la presente, me sustentan los resultados de una praxis de diagnóstico errado.

El feminismo mainstream no es popular, es la cruzada de la clase media. La interseccionalidad discursiva es feble porque las mismas condiciones materiales impiden que los pobres accedan a espacios en los que puedan construir discursos propios. Si el feminismo es un feminismo de la experiencia propia, un feminismo del testimonio, es doblemente deficiente. ¿Por qué siempre son mujeres y gente queer de clase media en adelante, quienes tienen un lugar en la mesa? ¿Qué se puede hacer al respecto, sin incurrir en el maternalismo?

¿Cómo abordar como un igual a una mujer que no ha tenido las mismas herramientas ni expectativas que uno, y decirle que la distribución desigual de las tareas domésticas no es un no-problema de pedorros de Belgrano R, sino la razón por la que su hija tuvo que dejar la escuela?

La precariedad tiene tiempos cortos. Retorno a mi ejemplo de la cena. La precariedad involucra necesidades urgentes y lo priva a uno de la capacidad de proyectar a futuro. Si esta noche es un signo de interrogación, ¿Qué hay de aquí a un año? Dios sabe. ¿Cómo decirle a una mujer que está presa de inmediateces, que esos derechos también son sus derechos?

Este es un problema sólo hasta cierto punto cuando se trata de interpelar a las mujeres trans – a quienes ya una sección del feminismo, tristemente, planteó como hombres patológicos o como mujeres descartables. Las mujeres trans ya entienden su existencia como inherentemente politizada, y tienden a entender qué implica eso.

Ciberiluminista, Nabokoviano recuperado.

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