Cómo dar a luz a un monstruo

A casi 15 años del tiroteo en una escuela de Carmen de Patagones, el drama de una generación incontrolable se ve como un resultado más que como un accidente.

Sólo las vidas de un puñado de personas cambiaron después de ese 28 de septiembre. Contrariamente a lo que se presume como un gran hecho, un punto de inflexión, ésta clase de eventos son el lavado de cara de los verdaderos responsables; la expiación de algo que fue una contingencia de la propia inacción para evitar afrontar nuestros propios fantasmas.

Expresión extrema de la violencia juvenil, los tiroteos escolares son moneda corriente en Estados Unidos (tradición inaugurada por la masacre de Columbine), pero llamó la atención que ocurriese en un pueblo tranquilo casi en el límite norte de la Patagonia. La sorpresa dura el tiempo que nos toma hacernos un par de preguntas y contrastar con el registro periodístico del hecho.

La enorme mayoría de los testimonios de quienes formaron parte dan cuenta de una enorme preocupación relacionada al “¿qué dirán?”, a las consecuencias autorreferenciales. Poco y nada de un mea culpa, de una mirada crítica sobre un sistema educativo incapaz de generar algo bueno en los estudiantes, o de un análisis sobre la situación actual respecto a los discursos de odio y cómo se catalizan los rencores e impulsos de una edad complejísima como lo es la adolescencia. No es casual que esos discursos fluyan tan bien por medios con un rango etario muy marcado (YouTube, Twitter, videojuegos online).

Suele haber prisa en poner rótulos patologizantes a los perpetradores, y es cierto que hay una tendencia a sufrir una patología. Pero saber que hay una enfermedad sólo explica UNA PARTE del problema. 

Pero la enfermedad es la norma. La enfermedad es un chico al que nunca le dijeron que no. La enfermedad es la persona a la que le enseñaron que debe callarse ante el más fuerte, evitar el conflicto y masticar la bronca. La enfermedad es dejar solos a los oprimidos y justificar a los opresores.

Pirulo se trompeó con Juani porque Juani se hinchó las pelotas de que Pirulo lo denigre: los dos sancionados. Agus y Tincho quemaron plástico adentro del sistema de ventilación del colegio para no rendir un exámen. Agus y Tincho jamás se hicieron cargo: todo el salón sancionado. Moni molesta tirando papelitos y gritando en medio de un exámen de física, Moni llega al último trimestre con un potencial 2 en física porque no entendía los ejercicios. Todos terminan aprobando al menos con 7 por tener la carpeta completa. Dani no falta nunca a gimnasia, va feliz porque hace el deporte que le gusta y en el que compite. Dani aprueba con 7 porque el profesor cree que ningún estudiante puede ser mejor que él.

La comunidad educativa no puede ofrecer disciplina, no puede ofrecer sentido de pertenencia grupal positiva, no puede ofrecer un sistema de premios, castigos y recompensas. Esencialmente, la escuela es lo que todos sabemos pero nadie admite: una guardería. Nadie manda a sus hijos a aprender, aún hasta los padres y madres más bienintencionados ignoran la utilidad real de los contenidos. Los más sociópatas amedrentan al todavía valiente docente que los desaprueba por su bajo rendimiento.

“¿Mi hijo no hace nada? Imposible, yo le enseñé que tiene que esforzarse!”
“Mi hijo no es un inadaptado, se porta así porque es la edad, los chicos son chicos!” Felicidades. Engendraste un Rodrigo Eguillor.

La compartida responsabilidad entre los amigotes (parásitos que se benefician socialmente de su actitud perversa), los padres, los docentes y demás redes de contención que tendrían que haber corregido a éste animal se termina traduciendo en un “todos somos responsables” totalmente cínico. Los responsables son perfectamente identificables, y no son todos. 

Es simplemente cuestión de suerte que no tengamos más chicos como Rafael Solich. Es inviable un modelo de sociedad civilizada donde a los hombres se les enseña a competir de una forma totalmente primitiva, no sólo por las desagradables consecuencias de quienes se comportan como “alpha” sino también por lo incontenible que resultan las acciones de los “beta”, de los que salen perdiendo de esa socialización enferma y perversa.

Necesitamos crear vínculos de camaradería positivos, regulados. El rugby pudo ser una gran oportunidad para ésto pero a la luz de los hechos parece ser más un catalizador de actitudes primitivas que un forjador de buenos valores (algún caso habrá, no lo niego). Del fútbol mejor ni hablar. Las escuelas parecen fomentar el sistema actual deliberadamente. No hay muchos otros ámbitos donde los jóvenes puedan transformar esos impulsos en algo bueno. Lo más probable es que, dejados a la buena de dios, eso degenere en una especie de analogía de El Señor de las Moscas.

Llamado de atención para quienes adscriben a la idea de que debiera volver el Servicio Militar Obligatorio: el ejército debe reformar sus valores de raíz y purgar esos valores retrógrados que sustentan las conductas patológicas. Pero sin dudas los entiendo. Entiendo que haya muchos jóvenes conservadores, u otros que viran al fascismo. Allí van a encontrar la autoridad que la sociedad supuestamente civilizada no les da. El fascismo es una ideología de perdedores, y en el actual sistema sólo unos pocos pueden ganar.

Retomando el punto inicial, el abordaje en Estados Unidos sobre éste problema da vueltas alrededor del asunto de las armas. De la capacidad de interpretar el mensaje subyacente, ni noticias. Rafael Solich no consiguió un arma “porque la ley es muy laxa”, su padre era Prefecto. No mató a nadie por impericia o por accidente, sino por furia, por impotencia. Quienes sobrevivieron a su ataque es muy probable que sigan tratando a los marginados de la misma forma. 

Porque nadie parece arrepentirse genuinamente de haber sido una basura. Habrá otros “pantriste” a quien mascotear. Criarán a sus hijos para que sean “alpha” y no “beta”. La biología, la psicología o simplemente el azar van a determinar de qué lado estén, pero lo importante es preservar ese status quo horripilante, un problema con infinitas ramificaciones.

Recordatorio: no son los videojuegos, no es internet, no es Marilyn Manson, no son las armas ni la ropa oscura. Es haberle enseñado a los chicos a ser libres sin respetar la libertad ajena. Es haberle enseñado a los chicos a ser bravucones en lugar de ser verdaderos caballeros.

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