El Flautista de Hamelin y los Lobos Solitarios

Si el drift populista sigue su curso como se espera, vamos a ver muchas expresiones políticas que vengan acompañadas de discursos extremistas y acciones violentas. La idea del lone wolf que los medios concienzudamente instalaron en la opinión pública es un buen mecanismo para bajarle el precio a actos que han tenido lugar, en su gran mayoría, bajo la influencia de ideologías de odio. Los ataques por parte de supremacistas blancos y musulmanes wahabitas se han querido colocar en un marco de inestabilidad emocional de los perpetradores, únicamente. Este primer tipo de ataques, en particular.

Sabemos que ésto es un error: no porque los mismos no tengan, efectivamente, problemas de índole personal; el error radica en creer que las ideologías que propician dichos actos no deben ser condenadas y atacadas. La elección de éstas usinas de odio es perversamente efectiva porque vuelve la “lucha contra el terrorismo” obsoleta tal cual la conocemos, y porque el sistema actual parece negarse a ver cuál es la causa de ésta enfermedad.

Podemos adjudicarle al comunismo atrocidades como FARC, ERP, Baader-Meinhof, y un largo listado. Pero hoy nos concierne un fenómeno que nada tiene que ver con el comunismo. Los populismos de derecha de los últimos años, en mayor o menor medida han atizado odios con largo arraigo en la sociedad occidental, con fabulosos resultados electorales. La consecuencia -¿imprevista?- es un sutil apoyo a movimientos extremistas, cuya base puede que sea baja, pero no así su potencial de captación ante la sociedad civil.

La actual praxis política dominante es tan meticulosa en el aspecto discursivo, que resulta inverosímil que algo así “se le esté yendo de las manos”. Tampoco puede desentenderse de lo que está generando. Cualquier expresión partidaria que no condene los discursos de odio probablemente termine por apañarlos.

Es difícil que un político, un artista o un comunicador tenga seguidores extremistas “por accidente”, por mucho tiempo. Usualmente, quien hace de la interacción con el público su trabajo sabe muy bien a quién se dirige y obra en consecuencia. Nadie bienintencionado puede sentirse a gusto teniendo un público con el que no coincide, al menos no en tópicos tan sensibles como el racismo, por ejemplo. Kurt Cobain compuso “In Bloom” para alejar a sus fans que “no entendían sus letras”, Rammstein compuso “Links 2,3,4” como manifiesto de su postura política ante las acusaciones de vínculos con neonazis. El mismo Reagan marcó una línea de corte frente a los grupos racistas en un discurso pronunciado en la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People).

Hoy, más que nunca, los buenos no pueden ser neutrales.

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