Ese Oscar se va a oxidar

“And the Oscar goes to…”

Los premios Oscar son el máximo galardón que cualquier persona ligada al mundo del cine puede soñar con alcanzar, la última joya de la corona de la vanidad artística, un reconocimiento sólo reservado para aquellas obras de arte profundas, emocionalmente inquietantes, y universalmente amadas. Eso son los Oscars: la mayor fiesta del mundo del cine, donde nacen los maestros modernos… O al menos eso pretende ser ante el público y los medios.

Los Oscars (o Premios de la Academia, como también se los llama) son los premios que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas norteamericana entrega a la excelencia en producción audiovisual durante un año calendario.

La primera entrega se realizó allá por 1929, y se lleva a cabo de forma anual desde entonces, casi sin interrupciones, con todos los ingredientes que se esperan de la noche en la que Hollywood celebra a Hollywood (se vende como una celebración al cine como fenómeno global, pero es más una celebración de lo que acontece en el Estado de California).

Tenemos la tradicional alfombra roja, los smokings, los opulentos y seductores vestidos usados por las estrellas más famosas del planeta, las transmisiones televisivas de dudosa calidad y, por supuesto, el pobre anfitrión (o a veces anfitriones) que debe remar en contra de la marea de dulce de leche que corresponden los egos de las estrellas, el escrutinio de los medios sobre su performance, un guión con chistes dignos del “Show del Chiste 2000 ”, y por si fuera poco, el desafío de dominar su propia humanidad para evitar cometer un error quizás inocuo pero que lo confine al olvido Hollywoodense: Una tarea titánica para todo aquel que no se llame Billy Crystal. Esto es la noche de los Oscars, básicamente. El evento en verdad es sólo un montón de personas ricas en un círculo de masturbación mutua, y en el medio pretendiendo dar premios a la excelencia y a los avances en el campo de la producción audiovisual.

Los Oscars son una pieza fundamental en la construcción del llamado Soft Power por parte de los grupos interesados en mantener un cierto status quo de cara a la sociedad y los tiempos cambiantes, y en evitar que se profundice sobre ciertas cuestiones, por medio del arte más poderoso y completo conocido por la humanidad.

Para hacer aún más visible esta hipótesis, centraremos nuestro análisis en la Ceremonia Número 91 de Los Premios De La Academia, que se realizó el febrero pasado, la cual dio como ganadora de Mejor Película a la cinta Green Book, dirigida por Peter Farelly y protagonizada por Viggo Mortensen y Mahershala Ali; así también como echaremos mano de los escritos del teórico Mark Fisher para ilustrar cómo los grandes productores y distribuidores suben al pedestal del High Art a ciertas obras, sólo para reforzar o debilitar las narrativas que a ellos les convengan.

El pasado 24 de febrero, Green Book se llevó el máximo galardón por sobre el resto de las nominadas, entre las cuales podemos enumerar las siguientes: Bohemian Rhapsody, A Star is Born, Blackkklansmen, Black Panther, The Favourite, Vice, y Roma. Ya a simple vista, y con un conocimiento más o menos certero de la sinopsis de las ocho películas nominadas a Mejor Película este año, se nos da una idea de cuál es el tópico caliente de debate en Hollywood, aquello que se busca imponer de manera masiva ( o, como veremos más adelante, qué debate se pretende normalizar y sanear al punto de dejarlo sin posibilidades de un debate más profundo ulterior).

Estos premios tuvieron en su primera plana temática los sentimientos racistas aún presentes en el inconsciente colectivo Yankee y, en cierta medida, en el resto del mundo. Vemos en esta terna superhéroes africanos en naciones afro-futuristas; al primer detective negro del Estado de Colorado, infiltrándose por medio de un agente blanco a modo de proxy, en el KKK, obviamente basada en una historia real (una fantasía de poder inversa a lo que solía verse en el cine policíaco de mediados de los 70s y principios de los 80s); y por supuesto tenemos al Driving Miss Daisy de la vida real llevándose el Oscar a Mejor Película, Mejor Guión, y Mejor Actor de Reparto – Este último, bastante merecido para el Sr. Mahershala Ali -.  Hubo aún más ejemplos, en este entrega, donde se ponía en primera plana la cuestión de la raza en el siglo XXI (Véase If Beale Street Could Talk y Spiderman Into The Spiderverse).

El ojo poco entrenado, ayudado por la masificación que los medios dan a estos temas durante los meses previos a la ceremonia, diría que la mayor representación de las minorías y el hecho de que estos tópicos se traten abiertamente y que ganen reconocimientos por cómo se tratan, es más que positivo para toda la sociedad, y que iguala las oportunidades para los grupos menos favorecidos, y bla bla bla…

Básicamente, se dice todo lo que ya sabemos que es bueno, se repite hasta el hartazgo. Éste patrón se repite cada año, cuando se avecinan los premios, la agenda cambia de temas y esto nos lleva a preguntarnos, ¿Y qué pasa con los temas del año anterior?

En 2008, Wall-e, una película que presenta una crítica mordaz a nuestra sociedad de consumo y hacia lo que puede devenir, ganó como Mejor Película Animada. En su momento, fue muy comentada, se celebró su mensaje como un triunfo ambientalista, se lo vivió en algunos círculos como un auténtico golpe de knock out a la sociedad de consumo, y ese pelado de oro fue visto como el símbolo de esa victoria ambientalista… Más de una década después, las cosas están peor que al momento de la ceremonia. El Oscar de Wall-e se oxida cada día más, no por falta de méritos artísticos, los cuales le sobran (para algunos críticos debería haberse ido de esa gala con el galardón máximo), sino por el manejo que se hizo de ella, un manejo sucio orientado a acallar la discusión que esta obra de arte estaba tratando de reavivar. No fue acallada con censura ni persecución, unos cuantos aplausos, premios, y unos minutos en el centro de la escena y listo, todo quedó en la nada, otro producto que se consume y se desecha, y pasamos al que sigue, y al que sigue, y al que sigue…

Mark Fisher, en su libro Realismo Capitalista, nos presenta varios postulados teóricos, pero para el tema que aquí nos compete vamos a centrarnos en la idea de la comodificación de la protesta, la cual propone, básicamente, que el capitalismo posee medios para tomar las protestas sociales (en realidad los reclamos de cualquier tipo) y convertirlos en bienes de consumo, en algo banal y efímero que en definitiva pierde todo su potencial revolucionario y, de cambio, logrando efectivamente vaciar de contenido a la misma idea de la protesta.

Fisher muy acertadamente nos dice que el capitalismo se ha adueñado de sus propias críticas y las ofrece a un módico precio como cualquier otro producto. Al hacer esto, no solo da una idea de que el cambio es posible desde el propio núcleo duro del capitalismo, sino que no hace falta revolucionarse ya que al consumir de forma paulatina y consciente estos commodities derivados de estas ideas críticas del capitalismo, ya estamos formando parte del cambio; cambio que, como se puede evidenciar, no es tal y jamás existió, ni va a existir si seguimos con estos hábitos tan arraigados en nuestra cultura y más importantemente, en nuestra forma de consumir y pensar nuestras producciones culturales.

Sé que se estarán preguntando, ¿Qué corno tienen que ver los Oscars en todo esto? Bueno, a decir verdad, la respuesta debería ser algo más obvia ahora que hace algunas líneas atrás, ya que los Oscars en tanto los premios más importantes de la industria cinematográfica son uno de los grandes culpables de esta apropiación capitalista de los temas críticos del propio sistema de producción, y la sociedad que de él deriva.

Fisher apunta a la gala del 2008 al igual que nosotros, ya que en ella la Academia demostró que su premio no va a la Mejor Película por los méritos artísticos, ni a aquella cinta que más avanzó a la industria; en realidad y muy por el contrario de lo que la misión de la Academia consagra como su objetivo, el mayor galardón van a las manos de aquella cinta con mayor relevancia social, a aquella que el lobby Hollywoodense ha favorecido en el proceso de selección, a aquella que pueda ser usada con mayor rédito, aquella que puede ser más fácilmente utilizada como un punto final a una discusión que jamás comenzó, y que por cuestiones como estos manejos de la percepción pública, jamás comenzará.

El amigo Fisher y el pequeño robot limpiador Wall-e  nos dirán que todo debate queda enterrado por la maquinaria publicitaria de la Academia, o lo que es aún peor, se normaliza, se olvida concientemente bajo la premisa de que con haber visto las obras que tratan estos temas, nosotros, en tanto público general, hemos expiado nuestras culpas, somos seres más completos y hemos salvado, de una forma muy personal y simple, al mundo. Claramente una gran mentira, una falacia peligrosa que es alimentada por los grandes lobistas de la industria que trabajan horas extras desde que comienza un nuevo año calendario de la Academia (alrededor de marzo, aproximadamente un mes después de la entrega), para instalar no solo a las producciones que pretender alzarse con el Oscar y a las estrellas que les dan vida, sino también para instalar los temas que vienen de más arriba, ese zeitgeist cultural que flota en el aire y que se cristaliza en el Oscar Buzz y las campañas que van con él.

Solo basta con hacer un poco de memoria de los últimos ganadores de cada año, y nos daremos cuenta que las películas que ganaron no solo no coinciden con las que han sido percibidas como las mejores del año, sino que aquellas que quedan en la memoria colectiva muchas veces no aparecen siquiera en el radar de la Academia.

Un repaso de este fenómeno, que no es nada nuevo, no está de más; en 1978, Annie Hall de Woody Allen se lleva el Oscar a la Mejor Película, merecido, sin dudas. Tocaba temas muy modernos para su época, como la sexualidad, las relaciones de pareja, y la psiquiatría, sin dudas una gran película. Del otro lado había una pequeña película de naves espaciales, quizás hallan oído de ella, aparecía un tal Darth Vader y venían de una galaxia muy, muy lejana… En fin, no logro recordar el nombre de esta cinta, pero se dice que fue tan popular que cambió la forma en la que se producen y comercializan las películas para siempre, además de que llevó el cine a todos los rincones de la tierra, y penetró de una forma jamás vista en el inconsciente colectivo mundial, creando por primera vez en la historia un cine universal que nos atravesaba a todos al mismo tiempo… Qué tonto, ¿Cómo no voy a recordar el nombre de esta película? Bueno, ya volverá… Claro que este no sería el único caso donde la película más conceptualmente relevante para su tiempo venciera a la más artísticamente relevante; tendríamos en los Oscares de 1980 a Apocalypse Now de Francis Ford Coppola perdiendo ante Kramer Vs Kramer, o más hacia nuestros días, en 1998, cuando Saving Private Ryan perdió contra la nefasta maquinaria publicitaria de Harvey Weinstein y su comedia romántica Isabelina Shakespeare in Love. También hay grandes realizadores totalmente ignorados por la academia: Stanley Kubrick, Jim Jarmusch, Orson Wells, y un interminable etcétera, el cual está aún más cerca de ser realmente interminable si agregamos a los cineastas no natos en Norte América, porque si te llamas Hayao Miyazaki y haces películas animadas en japonés, seguramente te den un premio consolación cuando en realidad te mereces unos cuantos pelados de oro más.

Nosotros, como público, contamos con el poder de elegir la posteridad de una obra, lo hacemos dándole nuestro tiempo, hablando de ella, recomendándola, y analizándola; no es una potestad que poseen solo 6000 tipos en California.

Eso también va para los mensajes que se manejan en el cine, queda en nosotros pelear por el cambio, si una película puede ser un gran disparador del mensaje, puede concentrar el zeitgeist de su tiempo de una manera que pocos medios pueden, pero, de allí en más, somos nosotros en tanto seres participantes de una sociedad, quienes debemos llevar adelante esa lucha, quienes debemos cargar de contenido real e inmortal a esas obras; si un Oscar realmente se oxidara, pero nuestra conciencia colectiva, y nuestra experiencia humana jamás lo harán, nos sobrevivirán a todos y con ellas cargaran las grandes historias que la han ido forjando… Solo queda en nosotros saber dónde debemos involucrarnos, donde se nos intenta manipular, y donde debemos combatir. Sé que lo que les digo es verdad, lo aprendí en una película. Pero, tranquilos, no ganó el Oscar.

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