El movimiento pro-vida ya no oculta su problema neo-nazi

Por Aaron Marco Arias y Sofía Vázquez

Es el soleado, no muy caluroso sábado 23 de marzo, y son las cuatro y media de la tarde. Miles de personas se nuclean en la plaza frente a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Esta aglomeración, primordialmente compuesta de familias bronceadas de escuela católica, se identifica como la Segunda Marcha por la Vida.

Desde cualquier punto del predio se escuchan voces provenientes del escenario, cercano a Av. Figeroa Alcorta. Llegamos cuando un hombre lloroso le estaba cediendo el micrófono a un joven con Síndrome de Down. No es raro que el movimiento use a aquellos con anomalías genéticas para fingir una falsa equivalencia entre asegurar que los adultos discapacitados tengan una buena calidad de vida y forzar a la gente a lidiar con dificultades para nada inocuas, que podrían ahorrárseles — dificultades como un embarazo de riesgo, cuyo fruto estaría condenado a miríadas de limitaciones dolorsas y que necesitaría cuidados especiales que quizás su familia no sea capaz de proveerle.

El tokenismo y la manipulación emocional no son los únicos rasgos patéticos, pero distintivos y esperables, que este acto tiene. Impera el fetichismo fetal: Ondean banderas argentinas con la silueta de un feto de ocho semanas, donde el sol debería estar. Cerca del escenario, está “Alma”, un enorme feto anaranjado, deficientemente confeccionado en papel maché.

El área del escenario es interesante: A su izquierda, ondean banderas del Proyecto Segunda República. Sobre su derecha, miembros del partido neonazi Bandera Vecinal enarbolan una pancarta expresando su repudio hacia las prácticas abortivas. La manifestación de ayer se sintió como una normalización de ese discurso reaccionario que denuncia las múltiples conspiraciones contra la identidad occidental y cristiana, caminos que siempre llevan al antisemitismo.

Los neonazis no están ahí como un grupo entre muchos, no tienen apenas una pequeña mesa entre la bicisenda y Av. Del Libertador. No, esos son los demócratas cristianos, perdidos entre las cabelleras rubias de las esposas del movimiento. Los neonazis no están allí como una consecuencia desafortunada y que es preferible ocultar, de lo transversal de la causa. Los neonazis tienen un lugar privilegiado, dónde todo el mundo puede verlos. Tras el banner, entre hombres de mediana edad, enfundados en trajes camuflados, puede reconocerse a Alejandro César Biondini, hijo del negacionista del holocausto y fetichista de la esvástica, que lidera el partido.

Los neofascistas están, desde un lugar privilegiado, compartiendo espacios con la clase media que condiciona el discurso mediático y político. Buena parte de la clase que funciona como audiencia target y como “yo” emisor de la enorme mayoría de los discursos a los que estamos expuestos, pasa el sábado marchando con Bandera Vecinal. ¿Por cuánto tiempo vamos a fingir que esto no es preocupante? La combinación del resentimiento confeccionado a medida de los odiadores de siempre -negadores sistemáticos del Holocausto Judío y de los crímenes de lesa humanidad de la última dictadura- con un resurgir del fascismo a nivel global, es un presagio de tiempos difíciles.
Tiene hasta cierta comicidad retorcida, que quienes reivindican el Proceso hayan marchado antes del Día de la Memoria, junto a la Iglesia que avalaba a los genocidas, recogijándose del apoyo de víctimas de la guerra absurda a la que nos llevaron.

La escena está plagada de curiosidades provenientes de algún lugar entre lo ridículo y lo preocupante. Por ejemplo, una pancarta colgada en una reja sobre Avenida Sarmiento, que reza: “JUICIO Y CASTIGO A LOS ABORTEROS”.

Ciberiluminista, Nabokoviano recuperado.

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