Nadie para presidente

Ninguna de las dos opciones electorales parece lo suficientemente buena. Es más, al no tener caballos en la carrera puedo atribuírles, sin chicanas y sin propagandas, un esfuerzo conjunto, en una alianza inintencional, por un hundirnos en el pozo en el que estamos sentados.

Ninguno de los dos candidatos a presidente con mayores probabilidades de ganar tiene en su agenda soluciones efectivas ni un discurso a través del que reluzcan convicciones innegociables. En todos los problemas que preocupan al electorado, desde, poniendolo en un término grotescamente amplio, “el estado de la economía”, hasta los derechos reproductivos de las mujeres (estén a favor o en contra de su ejercicio), en ningún tópico en la agenda se ven, ni siquiera, realmente apasionados. No hay innegociables. Ambos tienen un historial insuficiente, ambos tienen planes, o de praxis imposible, o de objetivos quiméricos. 

¿Qué sucede después de eso? Si la “política convencional” ni siquiera aborda eficientemente la agenda que el electorado determina, estaremos lidiando con una crisis de representatividad. Crisis de representatividad que tomaría lugar durante una crisis económica. ¿Qué sucederá después? La horadación de la creencia en el proceso democrático. ¿Qué puede llegar a suceder?

Opción A: Una mayor atomización (o creencia en una mayor atomización) del poder político. Un intento de esto tomó lugar durante la crisis del 2001, con la formación de asambleas vecinales, entre otras pequeñas agrupaciones gestoras de espacios acotados, que pretendían funcionar como una democracia directa.

Opción B: Pérdida de la creencia en el ethos democrático. Pedido de intervención de un actor no-democrático, que “ordene las cosas”. Este actor externo, durante gran parte del siglo XX, fueron las fuerzas armadas.

La historia argentina contiene ejemplos de ambas de estas salidas. Los que podríamos agrupar bajo la “Opción A” fueron intentos de impacto acotado, o de vida corta. Aquellos que podríamos agrupar bajo la “Opción B” afectaron irreversiblemente nuestra matriz político-económica. 

Si nos permitimos ser consumidos por patrones históricos, podemos continuar planteando que, tras la desaparición de las fuerzas armadas como actor y el fallido intento de atomización del poder, quién va a abritrar la escena política es una incógnita.

Big zurdo. Edito Nada Respetable y escribo en Domestic Affairs.

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