Hace un tiempo, intenté hacer un livestream “refutando” un ensayo sobre masculinismo, que escribí en mayo del año pasado. El intento fracasó por motivos técnicos. Tras probar alternativas, y que todas me decepcionaran, confeccioné un breve video sobre la “masculinidad hegemónica”, concepto que, en un mundo ideal, sería vital en la empresa de liberar a los hombres de las construcciones sociales que nos perjudican. 

El presente pretende ser tanto una sucesión de clavos en el merecidísimo ataúd de mi hot take adolescente, como una revisión del escueto marco teórico con el que contaba en ese entonces, y los actores que lo formaron.

Introducción

Concesiones

Incluso en el pináculo de mi “centrismo escéptico racional” suburbano, nunca fui tan obtuso como sus referentes. Si bien suscribía a estupideces como que a los nazis se los combate debatiéndolos (idealización peligrosamente incongruente con los hechos), nunca llegué a ser tan obtuso como para negar el hecho de que el movimiento masculinista fue cooptado por reaccionarios. Articulé con cierta elocuencia, opiniones sobre la politización de resentimientos íntimos y el carácter reactivo del movimiento. 

Disculpas

Me disculpo por cierto comentario discriminativo, reduccionista y misógino que hice durante una de esas articulaciones. Atribuí el cuestionamiento feminista de los estándares de belleza, a inseguridades estéticas de quienes lo emiten. En algunos casos, esto puede ser cierto, alguien puede oponerse a estándares de belleza porque se siente profundamente invalidado por ellos, pero eso no vacía la crítica de mérito o significado. Y creo que las intenciones con las que una crítica a una construcción como qué hace a alguien deseable o atractivo, no debe ser despreciada porque es emitida con malas intenciones. No estamos hablando del derecho a existir de una minoría, si no de asuntos de la índole de qué figuras deben ser celebradas en tapas de revistas. 

Cómo desviar la conversación

Retornando al núcleo del asunto: En ese entonces, no había entendido algo que entiendo ahora, que buena parte del masculinismo es tradicionalista, y puede justificarse ese tradicionalismo, porque su preocupación por los problemas que aquejan a los hombres no es más que una charada y un motif para desviar la conversación. Si a uno le interesa hacer algo sobre la reticencia de los hombres a buscar ayuda por problemas psiquiátricos, no puede defender como ideal saludable al del héroe eternamente estoico, que deriva su valor humano de ese estoicismo. 

En tiempos difíciles, el estoicismo es necesario, pero, eventualmente uno se verá emocionalmente avasallado. Ser un tradicionalista es defender las construcciones sociales que limitan las vías que los hombres tienen para lidiar con ese avasallamiento, clausurando muchas opciones saludables. Expliqué esto en el video anteriormente mencionado. 

El Movimiento por los Derechos de los Hombres no tiende a profundizar en estos asuntos, porque hacerlo significa dejar caer la idea antifeminista de que deben refortalecerese los roles de género. Si el feminismo propone algo, el masculinismo debe proponer lo contrario.

El discurso masculinista es limitado, reactivo y escurridizo. Esto se evidencia cuando uno ve el documental emblemático del movimiento, The Red Pill. Pormomentos, a medio camino de una crítica al capitalismo, en otros, a medio camino del comentario antibélico. Tiene sus aciertos, especialmente cuando trata las desigualdades en el sistema judicial derivadas de la idea de que el vínculo madre-hijo es imprescindible para el bienestar del niño en todas las etapas de su crecimiento, mientras basta con que el vínculo paternal sea financiero. El resto del tiempo, la crítica se ve limitada por una insistencia obsesa por invalidar premisas del feminismo. Al proponerse como alternativa, respuesta o némesis del feminismo, y no como aliado o potencial aliado, el movimiento no sólo se limita discursivamente, tambien atrae a paupérrimos recursos humanos, siendo funcional a agendas que no benefician a los hombres y que, de hecho, son contraproducentes.

El masculinismo está más dedicado a desviar conversaciones valiosas. El discurso camina, pero cuando debe correr lejos del feminismo y hacia soluciones, retorna al feminismo para seguir gritándole. 

No sé qué vino primero, si la infección del tradicionalismo, o la esterilidad pragmática. Pero algo resulta más que evidente: Se retroalimentan. 

Tanto la incompetencia como la costumbre de ir a la cama con neonazis se explica si se explica de grupos humanos proviene lo que aprendimos a reconocer como el Men’s Rights Movement.

“I was a teenage rational skeptic”

Durante mi adolescencia, era un consumidor asiduo de la propaganda de pseudointelectuales de YouTube que se presentan como “escépticos racionales”.

Los “escepticos racionales”/“liberales clásicos”/ la “comunidad escéptica”/“the intellectual dark web” (“la red oscura intelectual”) son grupos de — podría decir, centristas que comparten algunos códigos con la izquierda o con la derecha, pero, independiemente de estos, eventualmente viran o se hacen de audiencias que viran hacia la derecha. No es casual que la publicación estandarte del movimiento sea Quillette, fundada por una periodista australiana que solía trabajar en Rebel Media, máquina de propaganda neo-fascista, empleadora de personajes tan nefastos como Lauren Southern. Southern es una supremacista blanca que, junto a otros de su carácter, atentó contra las vidas de refugiados que surcaban el Mar Meditarráneo en balsa, al intentar impedir que rescatistas llegaran a ellos. 

Los “escépticos racionales” creen que el racismo es una mera diferencia política, y hablar con “identitarios” (“identitarios blancos”, neonazis, supremacistas raciales) no significa brindar un espacio a gente cuyas ideas son grotescas y demandan inambigua e innegociablemente una praxis vil, sino invitar una voz más a la conversación, para tener un “intercambio civilizado” (esto es, en la enorme mayoría de los casos, presenciar una exposición vomitiva mientras se asciente con la cabeza, se bromea cordialmente y se hila comentario antifeminista), cosa que es considerada virtuosa. 

El “escepticismo racional” de YouTube da concesiones a la derecha, pero ninguna a la izquierda. Dave Rubin no se sentaría a discutir con un miembro del movimiento Black Lives Matter como lo hace con Lauren Southern o Stefan Molyneux, que llora la supuesta inferioridad intelectual inherente de los negros.

Hablar con un radical de izquierda, para el “escéptico racional” es impensable. O, mejor dicho, sentarse a ser un moderado junto a un zurdo, es impensable. Al progresista se lo humilla, se le da un micrófono ante la audiencia propia, para que haga una pregunta, y luego se le grita encima. Bien planteó Ben Shapiro, reaccionario que se codea con quienes se dicen escépticos y moderados, “La única razón para tener una conversación o ser amigo de alguien de izquierda es [sic] si estás en público, frente a una audiencia grande y tu objetivo es humillarlo tan gravemente como sea posible.”

Los “escépticos racionales” hacen el trabajo de la derecha. Algunos lo hacen intencionadamente, otros porque así aprendieron a llevar el discurso. Al tratarse esto de una “comunidad”, de una “tribu” (es más, Quillette utiliza el lema “la tribu de los anti-tribalistas”, para referirse a sus lectores) — la manera de reaccionar, de los escépticos, ante ciertos eventos (en su mayoría, errores banales cometidos por zurdos irrelevantes), es mayoritariamente inercial. El apoyo o la crítica invalidante tiende a ser generalizada, el entronamiento y la condena a ostracismo no son actos individuales sino parte de un devenir colectivo. No debe despreciarse, además, el hecho de que producir contenido “escéptico” en internet se ha vuelto tremendamente lucrativo.

La monetización del “pensamiento independiente”

Uno de los latiguillos de los “escépticos racionales” es el término “pensamiento independiente”. Es difícil construir marketing para grupos heterogéneos, cuyos miembros no están unidos por nada más que su incongruencia entre sí. Un grupo de “pensadores independientes” da idea de eso, de un grupo profundamente diverso que se resiste a ser constituído como una única demográfica a la que publicitarle cosas. La “tribu de anti-tribalistas” de Quillette se manifiesta, en términos publicitarios, como un modelo de comprador (“buyer persona”).

 Los “pensadores independientes” están unidos por su independencia del empujón progresista en materia social, y específicamente de diversidad cultural y de género. Se definen en base a esta oposición, y diagnostican “la realidad” de una manera similar. Los “escépticos racionales” son reaccionarios de distintos grados. Por eso puede plantearse un mapa de conexiones que comienza figuras ópticamente seguras, moderados absolutos, y termina en reaccionarios recalcitrantes. 

El movimiento entero tiene como premisas innegociables que “el feminismo es cáncer”, el multiculturalismo es nocivo, y todo el resto debe discutirse ad nauseum, porque de eso se trata vivir en democracia, de poner en tela de juicio la humanidad de cierta gente, constantemente. ¿Los negros son gente? ¿Las mujeres deberían votar? ¿Las personas trans merecen beber agua limpia? — Interesantes cuestiones sobre las que debatir infinitamente. Eso no es vivir en democracia, eso es una locura y atenta contra los principios que pretende ejercitar, descendiendo a lo debatible la universalidad de derechos que hace a una democracia. 

¿Cree usted, lector/x, que no lo saben?

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