Luchar con cerdos

No sirve ignorar a los reaccionarios hasta que se vayan: No se van a ir, y la falta de una oposición que los contrarrestre con el negativo ético de sus prácticas, sólo les allana el camino.

Hace un tiempo, ventilé mis facciones en YouTube, haciendo una explicación introductoria, un primer muy breve y con pésimo audio, la creciente ola de fascismo que estamos padeciendo. Este plural puede ser tan amplio como gusten, y continuar siendo acertado. Tanto a nivel internacional, como regional e incluso departamental, sectores reaccionarios están colmando los márgenes y derramandose dentro de la cultura mainstream. 

En Argentina, desde las elecciones legislativas de 2013, los jóvenes de 16 años tienen el derecho (pero no la obligación) de votar. Cuando esta reforma fue impulsada por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, el establishment miope tenía como mayor temor que la susodicha condicionara el voto adolescente a su favor, mediante dádivas. 

Nadie vio (no, yo tampoco, pero al menos tengo como excusa que era demasiado joven como para ver), que el verdadero peligro es consecuente con el hecho de que este segmento de la población es más susceptible que la población adulta a discursos radicales. Esto no significa que los chicos de 16 años sean estúpidos. No lo son. Pero, a esa edad, uno está probando ideas, en especial, ideas que se contraponen a los discursos dominantes en el contexto en el que se haya. No es casualidad que la enorme mayoría de los jóvenes reaccionarios pertenezcan a la pequeña burguesía urbana. 

Cuando alguien se disfraza de superhéroe y arroja propaganda estúpida sobre oponerse a escuelas económicas con violencia física, se lo está diciendo a tus hijos. No hay tal cosa como una conspiración gay para “corromper” a los adolescentes o a los niños. Si hay tal cosa como una maquinaria de radicalización reaccionaria que pretende cooptar a adolescentes y niños — Especialmente, a adolescentes varones. Los videos de Fundación Libre, sus cringe compilations, están diseñados para un público con escasos conocimientos previos sobre lo que se discute, pero a quienes se puede llegar con el ritmo de fragmentos descontextualizados, de conversaciones.

En estos videos se muestra que, de un lado, hay un dúo dinámico compuesto por un tipo que se confiesa reaccionario y niega el costo humano de la dicturadura militar, y un pelele con pésima comprensión lectora a quien sectarios convencieron de que podía escribir; del otro, una mujer que, en algunos casos, a pesar de su inteligencia, no está capacitada para manipular la situación como debería hacerlo. 

El dúo ataca con basura incorrecta, ridícula, pero breve y punzante, que alguien que no sabe qué está escuchando, meramente por el tono, consideraría una “cerrada de culo”. El otro lado, la mujer (en la enorme mayoría de los casos es una mujer), explica. Su tono no es tan punzante. Quizás tenga razón, pero no importa, el espectador es ignorante. 

Tuve una educación estricta, en un colegio católico, y fui educado por profesores universitarios. A los dieciseís años, no tenía las herramientas conceptuales para entender qué estaba pasando en situaciones como estas. Casi ningún muchacho, a esa edad, por más inteligente o educado que sea, tiene esas herramientas. 

Nunca jugar la defensa

Algunos sugerirían “debatir a Laje”, cosa contraproducente si las hay. Buena parte del material que utilizan para ablandar a potenciales radicales se debe a intentos de debatir a Laje. Cuando Laje controla la conversación, juega con malas intenciones, y fuerza al oponente a jugar a la defensiva. Tácticas como estas son típicas de la alt-right, y han sido explicadas bastante elocuentemente por Innuendo Studios

Los reaccionarios arrojan incorrecciones con punch, con buen ritmo, y las gritan o recitan como si fueran certezas evidentes, que cualquier persona razonable tendría. Entonces, lo fuerzan a uno a hilvanar explicaciones matizadas, en contraposición con el equivalente discursivo a un bloque de concreto. En esa contraposición, uno parece débil, uno se ve como si estuviese haciendo reducción de daños, incluso cuando no lo está. 

Debatir a Laje (y a otros reaccionarios desesperados por ser debatidos), además, les da acceso a la audiencia que uno tiene. Es regalarles la oportunidad de una audiencia más extensa. Es un error. 

Soltar el collar de perlas

De cuando en cuando, me indigna particularmente alguna paparruchada que esta gente ha arrastrado dentro de lo que podría haber sido una conversación constructiva. Los progresistas cometemos un error, cuando usamos el estar intelectual y éticamente “por encima” de ciertas conversaciones, como una excusa para no intervenir, para no “desperdiciar [nuestro] precioso tiempo en contestarle a [un facho ignorante]”. Es un error, les allana el camino. Hay que presentar contraargumentos, contrapuntos, saltando sobre ellos, hablándole directamente a su demográfica target, y, si es posible, con el mismo valor performativo, con la misma teatralidad infecciosa que llena sus filas. La explicación tiene que ser una exposición certera, un monólogo eximiamente escrito, no una respuesta cuasigritada a la “apurada” de un idiota. 

Ciberiluminista, Nabokoviano recuperado.

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