Hoy resulta difícil, si no imposible, hablar de construcción política sin darle paso al cassette y al algoritmo deductivo limitado por “aquellos temas sensibles”, probablemente fuera de la ventana de Overton. Incluso los movimientos percibidos normalmente como contestatarios o con un mínimo atizbo revolucionario, han sido totalmente institucionalizados en su discurso, pereza que les confiere una desventaja estratégica ante la avalancha conservadora de los últimos años.

El fenómeno alt-righter ha sabido echar mano a viejos relatos, trayéndolos hábilmente a la discusión, mediante su mecanismo clásico de burlarse de la pacatería acartonada del establishment político. Y como en los años 30, nadie sabe cómo abordarlos: inundados por el pánico, quienes deberían oponerse a las ideas reaccionarias sólo atinan a hablarle a los suyos y apelar a la bonhomía de un adversario que no conoce de reglas, cuya fortaleza reside en romperlas.

…la propaganda de los movimientos totalitarios que precede y acompaña a los regímenes totalitarios es invariablemente tan franca como mendaz y los futuros dirigentes totalitarios comienzan usualmente sus carreras jactandose de sus delitos pasados y perfilando sus delitos futuros…”

Hannah Arendt, Los Orígenes del Totalitarismo

En éste contexto, la tensión librada entre el movimiento feminista y su oposición pro-vida exige la mayor de las atenciones en tanto que:

a. Evidencia una dicotomía histórica y no resuelta de la Argentina, entre el laicismo y el clericalismo.

b. El clima global del resurgimiento conservador, con fuertes raíces religiosas en América Latina, puede definir la agenda política en un año de elecciones.

Sobre el primer punto, podemos señalar que a falta de una narrativa aglutinante para una nación (¿No recuerdan cuando nos enseñaban en la escuela que eramos un “crisol de razas”?) resulta tentativa la oferta de apelar al factor religioso para dicho fin. Los riesgos de buscarlo en aspectos geopolíticos o de clase, por ejemplo, han sido reconocidos por la aristocracia Argentina y por eso puede explicarse la constante presencia de la Iglesia Católica como agente político regulador en los procesos institucionales.

A cuenta de ésto, no debe ser subestimada la eficiencia del relato moralizador como opositor a un sentido común liberal, vigente en una sociedad donde la transgresión es aceptada y celebrada: La moral deviene en transgresión. ¿No explica ésto, en parte, el fervor fundamentalista islámico del último tiempo? Una sociedad que no se encontraba preparada para una apertura cultural capitalista/liberal, reacciona exaltando aquello que le funciona perfectamente como cohesión para las masas.

La Reinvención

Aunque cueste, debemos dar cierto crédito al argumento de que “los progres” fueron demasiado lejos, tal vez no por los motivos que Agustín Laje cree – No, nadie quiere legalizar la pedofilia, ni siquiera el Vaticano. – sino porque nos hemos retraído a cámaras de ecos que no nos ayudan a adaptarnos a los tiempos que corren ni sortear las dificultades que se nos presentan.

Resulta interesante ver cómo hay cierto nivel de consciencia respecto a ésto. Por ejemplo:

Acá, Ofelia Fernández detecta que el tópico es sensible y puede tener costos electorales sin que haya ningún avance. Sin embargo, se equivoca en pensar que la solución ante el escollo es no dar la discusión. Yo redoblaría la apuesta: hay que darla, y hay que mejorar los argumentos y hay que ir más allá de la oposición a la Iglesia y el discurso de barricada de “saquen sus crucifijos de nuestras conchas”. Es la oportunidad perfecta para reinventar el discurso progresista anulando el argumento de que no se busca el diálogo, e intentar llegar a un acuerdo moral que incluya no sólo los valores católicos sino de otras religiones, por ejemplo. ¿No resulta difusa a estas alturas la función de un artículo constitucional que establece como Católico Apostólico Romano al Estado de un país que alberga a la segunda diáspora judía más grande del mundo, que tuvo un presidente de origen Sirio, y que incentiva la inmigración de ciudadanos de todo el mundo?

Termina siendo ridícula e infantil la postura intransigente de los defensores de dicho artículo, porque tácitamente claman una superioridad moral respecto a otros sistemas de creencias, y porque los muestra como los verdaderos snowflakes, que no pueden aceptar que viven en un país multicultural, aferrándose a preceptos dogmáticos.

Tal vez se fracase en el objetivo de legalización del aborto, o separar la iglesia del Estado, pero considero que ese será el único modo de que el progresismo haga la autocrítica que se debe y mejore sus argumentos. De lo contrario, esperar pasivamente nos garantiza correr detrás de la iniciativa de quienes se oponen.

La dimensión moral

Pero, si no nos une la religión, ¿entonces qué? ¿Qué regla podemos usar para llegar a acuerdos mínimos? No parece haber indicios por parte de los clericalistas, de responsabilizarse por la persecución inflingida por la Iglesia Católica (mucho menos por la misma institución), hacia el feminismo y los homosexuales -no exclusivamente-; siendo ésto un gran problema a la hora de sentarse a discutir concesiones, con un pasado lleno de violencia detrás.

La narrativa conservadora dominante plantea que el trasfondo del rechazo hacia los movimientos feministas y LGBT está fundado en motivos político-ideológicos, dado que los mismos son en realidad un Caballo de Troya del Marxismo para destruir el capitalismo, algo que no sólo es absurdo sino también miope: la adhesión de las minorías a la izquierda responde más a un rechazo generalizado producto de un sentido común político reinante y de la influencia moralizadora de la iglesia en el mismo, que a una identificación plena con la doctrina marxista. En pleno contexto de liberación política, la izquierda era más propensa a admitir elementos del feminismo o de los homosexuales que cualquier otro partido (habría resultado imposible un legislador gay o una ministra feminista en el gobierno de Frondizi, por dar un ejemplo burdo), lo que permitió canalizar las demandas de los mismos en un proceso que no terminó de tomar forma hasta entrado éste siglo.

La ausencia de un mea culpa aún hoy vuelve compleja la relación entre éstas minorías y la derecha vernácula, porque, a diferencia de otros países, acá no hay un discurso que les incluya más allá de la frase hecha “Yo no odio a los homosexuales, pero no quiero verlos besarse en la calle”. Es decir, fuera de nuestra propia existencia o una regresión a 1960, no parece haber otra cosa que se pueda conceder para lograr algún tipo de acuerdo, algo que se torna más absurdo cuando escuchamos cosas como ésta:

Dicho de una forma más simple: la derecha conservadora DEBE purgarse del odio que tiene sublimado para que haya posibilidades de construcción conjunta, porque de lo contrario irán por el camino de la radicalización y la violencia explícita; en tanto que el feminismo y el movimiento LGBT tienen mucho más vuelo en una retórica democrática liberal, conciliadora, que en el comunismo; algo que sin dudas exige nuestra mayor responsabilidad de acá en adelante.

Cruz y Territorio

El poder que tiene la Iglesia no nace de un repollo, y es evidente que sigue perpetuándose en gran parte por las falencias institucionales del Estado. Desde escuelas asequibles para la clase media urbana y centros de rehabilitación para adicciones, por ejemplo, resulta extremadamente delicado despojarse de la secularización estatal sin ofrecer una solución inmediata para aquéllas personas cuyos proyectos de vida dependen de algo que sólo pueden obtener por medio de la contribución de la Iglesia. De vuelta, es necesario pensar en sustitutos prácticos antes de tomar medidas grandilocuentes, como es necesario modular el discurso y no caer en consignas banales, hablar con el cassette puesto para que nos escuchen los nuestros nos lleva a un callejón sin salida y nos imposibilita encontrar soluciones. No sirven más las marchas masivas en conglomerados urbanos, para combatir algo que está atomizado y esparcido por todo el país. Acciones concretas y destinadas a ocupar espacios a lo largo de todo el país deben ser el camino a seguir, en éste sentido el trabajo de organizaciones como Socorristas en Red me resulta ejemplar. No es momento de necedades. La delicada coyuntura exige la mayor flexibilidad posible, ser racionales, pragmáticos, en pos de construir una sociedad tolerante.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s