Mártires de la mediocridad

El sábado pasado, durante un concierto, Rolo Sartorio, miembro de la banda de rock La Beriso, dijo, para ponerlo en términos poco diplomáticos, “mierda estúpida”.

Con las escasísimas herramientas de la lengua castellana que maneja, intentó humillar jocosamente a uno de sus colegas, contando una anédcota sobre un encuentro sexual que tuvo con una mujer trans. Refirió a la mujer en cuestión como “un puto”, y continuó: Todo lo que digo le cae como el orto a todo el mundo, la verdad que se vayan todos a lavar el c… y listo. No podés hablar de nada hoy viste”. [Transcripto y negritas de Infobae]

Esta victimización absolutamente pusilánime es típica de los conservadores. Especialmente, de quienes pretenden agradarle a todo el mundo fingiendo que son innovativos y graciosos clichés con los que enormes porciones de la población, tristemente, concuerda.

He visto a demasiados comediantes quejandose de que “ya la gente no se ríe de nada”, “ya no podes hacer un chiste”. No, ya no podés hacer el mismo chiste estúpido con el que estuviste lucrando los últimos veinte años. El mismo chiste cuyo remate es que existe alguien distinto a uno, alguien raro, un otro. El otro ya no está fuera de la sala, o dentro pero oculto. El prejuicio livianamente velado como un chiste ya no es efectivo. Te están pidiendo que crees algo más inteligente, y que, si no tenés nada más inteligente que ofrecer, nada nuevo, nada que requiera creatividad real confeccionar, te retires. Y eso está bien. No es censura. Es, en todo caso, el funcionamiento de aquello a lo que los liberales refieren como “el libre mercado de ideas”.

El libre mercado de ideas te está forzando a enfrentar tu propia mediocridad. El libre mercado de ideas te está forzando a cambiar para recibir la aprobación y la celebración que buscas.

A los izquierdistas se nos tiende a acusar de ser hipersensibles. Se nos tiende a acusar de ser censores. Es cierto que ha habido instancias de censura reales, por parte de la izquierda. Creo que no es el lugar del Estado repudiar ciertas expresiones individuales. Eso debe ser dejado a la sociedad en general. En otros casos, cuando se está haciendo campaña para privar a ciertos actores sociales de sus derechos, la intervención estatal es necesaria.

Pero, la derecha tiene una marcadísima tendencia a pervertir el concepto de libertad de expresión, para victimizarse y para pedir plataformas. Fingen que estar a favor de la libertad de expresión es no condenar su discurso de odio, y darles un espacio, “todas las voces, todas”. A esto, los progresistas podemos responder de dos maneras:

  1. Condenando su discurso y negandoles plataformas que legitimicen lo que tienen que decir y le den acceso a nuestra audiencia.
  2. Comprando el buzón e invitando a debatir a Engels, como si lo que Engels plantea fuese un tópico abierto a un debate saludable.

Nadie te debe aprobación, nadie te debe una plataforma. Es cierto que, dentro de la izquierda, hay quienes quieren hacer tests de pureza constantemente. Hay quienes reducen conflictos sociales pesados a competencias de deconstrucción. Esto debe ser corregido. El progresismo es naturalmente ofensivo. Ofende porque nos fuerza a lidiar con el hecho de que la realidad es más compleja de lo que creíamos, y con el hecho de que años de opresión y cerrazón significan una deuda política.

La derecha “anti corrección política” no quiere jugar al juego de la libertad de expresión, sólo quiere hacer trampa, reescribir las reglas para que sean funcionales a su estrategia de marketing.

Cuando la izquierda adopta una mojigatería perniciosa, debe corregirse sin hacer alianzas con personajes de derecha que fingen estar interesados en la libertad de expresión. No son aliados, no están jugando de buena fé. Son estafadores. Los reaccionarios son estafadores.

La situación sociopolítica es escabrosísima, entonces, están comenzando a asomar sus sucias cabezas personajes que pretenden una pantomima de cambio profundo. Fingirán el cambio, para que todo siga igual. Este “cambio” pretende basarse, no en modificar el problema de base, sino en plantear chivos expiatorios (los inmigrantes, los homosexuales, los transexuales, etc.), a quienes se les está construyendo una conspiración alrededor, para fingir que se trata de una disputa entre iguales, no de gente poderosa destrozando a gente vulnerable.

Como la revolución conservadora es una estafa, la parodia de lucha por la libertad de expresión que le precede, lo es.

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