Soy de tauro. Ascendente en escorpio, luna en cáncer. Hete aquí dos verdades y una mentira. Este es mi horóscopo del día de hoy, según el mejor astrólogo del mundo, Rick Levine:

“Alguna gente lo llamaría multitasking, pero aquello de lo que sos capaz hoy es, más bien, un maravilloso acto de malabarismo. Curiosidad irresistible te mantiene moviendote de una tarea, proyecto, conversación o compromiso al próximo, sin pensar demasiado sobre cómo todo va a encajar. Mientras las bolas sigan girando en el aire, estarás en tu mejor momento. La deliveración sobre cómo bajar cada una a la tierra segura e inteligentemente, llegará más tarde, esta noche. Rumi escribió ‘La vida es un acto de balanceo entre sostener y dejar ir’.” [Mi traducción]

Todo cuadra con mi experiencia. Pasé el día entero dedicando lapsos habilidosamente fraccionados a proyectos que podrían parecer incongruentes, pero que cuadran con mis intereses en diversas áreas. Comprendí que había cosas que tenía que rehacer, que no estaban funcionando y, mientras cenaba, planee cómo abordarlas. Hace algunas horas, discutiendo proyectos que comparto con mi pareja, le dije “…Hay que gatear antes de correr (…) [estos intentos] van a tener sentido cuando se los considere en conjunto…” Todo cuadra, sí. Por eso lamento que este no sea el horóscopo de tauro, sino el horóscopo de géminis.

Las descripciones de los desafíos personales de la audiencia target de los horóscopos son tan vagos como las descripciones del físico del objeto de deseo al que dedica una canción una estrella de teen pop. El objetivo es el mismo: La identificación por parte de la audiencia target, el reconocimiento con aquello que se describe. Bo Burnham hizo una canción al respecto. Permítaseme hurtarle: Como buen taurino, hoy desperté con un brazo a cada lado.

Quienes defienden la astrología como una fuente de conocimiento valioso, bien podrían plantear, como algunas de mis amistades que creen en estas cosas me han planteado, que Tarot.com no es representativo de la disciplina, que esta es una degradación mercantilizable de una empresa infinitamente más compleja, y que nunca podría articularse en estos términos. O bien podrían plantear, en su lugar, que “ la astrología no puede demostrarse en una discusión porque la única forma de validarla es la propia experiencia vital, que es estrictamente voluntaria y subjetiva. Solamente si nos sensibilizamos a toda la resonancia que tiene este lenguaje, a todo el misterio que lleva, podemos captar ese contenido.” Básicamente: Creer para ver. Básicamente: Sólo podrás comprender el valor de la astrología si crees en ella de antemano. Básicamente: Sesgo confirmatorio o acusación de miopía espiritual.

El mes pasado, Anfibia, publicación popular de la Universidad Nacional de San Martín, hospedó dos ensayos sobre astrología: “Contra la astrología” y “A favor de la astrología”. De esta última pieza se desprende la cita incluída en el párrafo anterior.

Quienes han leído mi análisis del feminismo radical trans-exclusionario bien sabrán que tengo la bochornosa costumbre de citar tweets propios.

Oh, bueno, aquí va de nuevo:

“Algunas discusiones tienen que ser evitadas porque plantearlas como válidas es inmoral. Otras, como la discusión sobre si la astrología construye conocimiento, tienden a ser evitadas porque un lado está TAN ERRADO que darle un lugar es, meramente, gastar recursos en boludeces.”

Pretendo alzarme, algún día, sobre esta niñada de escribir para justificar tweets. Pero — Je ne sais pas, quizás de Montaigne haría lo mismo.

No es la conversación, es lo que implica.

Invito aquí a quienes estén interesados en comprender por qué no encuentro mérito intelectual alguno en la astrología, a leer la pieza en su contra que mencioné hace algunos párrafos. Sinceramente, no me importa demasiado si alguien cree que puede ganar una comprensión más profunda de sí y de los demás en base a detalles azarosos e inmutables sobre su historia, su horario de nacimiento, por ejemplo. No me importa la narrativa astrológica. Es una excentricidad. Estoy a favor de las excentricidades, siempre y cuando no pongan a quien se indulge en ellas, o a aquellos a su alrededor, en peligro. Tengo en altísima estima a algunas brujas Wicca, e incluso a algunos fans de Tool. En serio, no me importa.

En cierta ocasión, en el sitio del infierno donde me pitcheo artículos a mí mismo, un dispensario local de pepitas de verdad pura bromeó que la astrología era “racismo para chicas”.

Debatir el horóscopo no será causa directa de la muerte de nadie, a menos que la conversación tome lugar durante la orgía narcótica de un grupo humano agresivo y armado. No me importa, a menos que los paralelismos que pueden trazarse jocosamente entre el racismo y la creencia de que todos los sagitarios son necios de nacimiento, degrade en una serie de sagitarios despertándose para ver cruces en llamas plantadas en sus jardines. Algunos debates son el punto inicial de una línea que apenas oscila, y que termina en el genocidio. Este no es el caso.

La astrología ni siquiera porta la carga emocional o el texto político que justifica que continuemos debatiendo sobre la existencia de forma alguna del Dios abrahámico, fuera de papiros y fuera de los temores. Por eso, en parte, darle un espacio me parece absurdo.

No tengo un problema personal con quienes creen en la astrología. Algunas de mis amistades más queridas sienten una fuerte identificación con su signo zodiacal. No hay problema. En serio, no es mi intención constituír como enemigos a quienes tienen estas creencias, incluso si las considero ridículas.

Tengo dos grandes problemas con la apología de la astrología:

Por lo inconsecuente de la creencia, la defensa de la astrología no me parece meritoria de una plataforma, de un espacio en la agenda. Pero, todo este asunto azuzó en mí una sospecha intersante: Aquella de que no puede defenderse la astrología sin arrastrar hacia el campo de lo aceptable otras disciplinas pseudocientíficas que sí son directamente perniciosas.

Hay un clarísimo ejemplo de esto en la apología de la astrología que Agostina Chiodi escribió para Anfibia.

“…[según la visión cientificista] no sólo la astrología no tendría validez porque es indemostrable, sino tampoco el arte, el psicoanálisis e incluso la filosofía, cuya lógica formal no se condice con la demostración empírica. Y tal vez se deba sencillamente al hecho de que las relaciones humanas, las contradicciones, el amor, la amistad, la poesía, las fantasía, el deseo no puedan ser mensurables con su método…”

Llevé el lastre de una disfunción psiquiátrica seria, a consultorios psicoanalíticos. Nunca funcionó. Mi experiencia no es anómala. El psicoanálisis rara vez funciona en pacientes con trastornos psiquiátricos. Es ineficiente por default, carece, en su imaginario, de las herramientas conceptuales para tratar patologías efectivamente. Considerese que escribo desde un país en el que la psicología es, predominantemente, psicoanalítica. Allí está el daño. La mayoría de los psicólogos activos en el país con mayor cantidad de psicólogos per capita, en el mundo, tienen una práctica que, si bien puede servir como placebo o como descargo para quienes tienen problemas contextuales, sólidos, “normales”, no sirve a los enfermos. La reticencia del psicoanálisis a someterse a correcciones basadas en evidencia sistematizada, lo mantienen ineficiente y lo hace merecedor del rótulo de “pseudociencia”. Cualquier observación inteligente sobre cómo construimos conocimiento es, cuando no estéril, contraproducente, si se degrada a una defensa de disciplinas de este estilo.

Chiodi tiene razón en un aspecto. Sí, hay “un sesgo androcéntrico que tuvo tradicionalmente la conformación de la comunidad científica: varones blancos europeos de cierta clase social.” Pero eso no significa que debamos arrojar todo el empirismo por la borda. Ese es un problema de individuos, no de métodos. Que pantomimas del método científico hayan servido para excusar atrocidades, no significa que el método científico sea inválido.

Una parodia del discurso científico puede ser funcional a opresores. A menudo, se eleva como discurso disciplinario relevante lo que no son sino divagaciones — un ejemplo es el trabajo de Ray Blanchard, autor de cuya comprensión grotescamente errada y prejuiciosa de la transexualidad se extrajeron muchos de los términos que se emplean para designar a las personas trans en ambientes académicos. Blanchard es el arquetipo de hombre blanco que ingresa a una problemática compleja blandiendo su ignorancia, y sale como ganador, como experto.

Eso no se soluciona con menos ciencia. No se soluciona mediante el establecimiento de una epistemología de la sensibilidad y la amistad, en la que todo da lo mismo, “tenés que sentirlo, si no no lo vas a entender”. No, eso significaría deshacerse de las únicas herramientas que pueden corregir las falencias de una disciplina.

Por otra parte, siempre habrá aspectos de la experiencia humana que escapen a la ciencia, siendo ineptos o irrelevantes como objetos de estudio.

En la introducción a su Historia de la filosofía occidental, Bertrand Russell lo plantea hermosamente:

“…La filosofía, tal como yo entiendo esta palabra, es algo que se encuentra entre la teología y la ciencia. Como la teología, consiste en especulaciones sobre temas a los que los conocimientos exactos no han podido llegar; como la ciencia, apela más a la razón humana que a una autoridad, sea ésta de tradición o de revelación. Todo conocimiento definido pertenece a la ciencia — así lo afirmaría yo — , y todo dogma, en cuanto sobrepasa el conocimiento determinado, pertenece a la teología. Pero entre la teología y la ciencia hay una tierra de nadie, expuesta a los ataques de ambas partes: esa tierra de nadie es la filosofía. Casi todos los problemas que poseen un máximo interés para los espíritus especulativos no pueden ser resueltos por la ciencia, y las certeras réplicas de los teólogos ya no nos parecen tan convincentes como en los siglos pasados…”

La ciencia no puede abarcarlo todo. Esto no significa que en todo lo que escape a la ciencia haya algo valioso. Esto no significa que todo lo que se oponga como antagónico a la ciencia, deba estar absuelto de críticas de su contraparte.

No hay nada preocupante en la astrología per se. Puede haber algo preocupante en lo que la hace posible y popular como creencia: Una tendencia a aferrarse apasionadamente y forjarse una identidad en torno a narraciones para las que no hay evidencia. Me recuerda a uno de los latiguillos de Richard Dawkins, a quien uno admira en su adolescencia y, en el mejor de los casos, crece para despreciar. Dawkins, en varias ocasiones, jugó con la idea de la religión como raíz de todo mal. La descartó, descartando las explicaciones monolíticas, “ninguna única cosa es raíz de un todo”. Concuerdo con Dawkins en este punto. Pero, arrastraré, aún así, la idea de la causa monolítica. En el mejor de los casos, a mi parecer, si debemos hacer postulaciones para causas monolíticas, diría que la raíz de todo mal es el entramado psicológico, el entramado emocional, si se quiere, que hace a las religiones posibles.

Este puede manifestarse de formas banales, olvidables, simpáticas, o de maneras perniciosas. La astrología es una de sus formas más banales. No me molesta.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s