La hermandad de la vulva

Puede tenerse un hábito más nefasto que el de la cita propia, el de la cita de tweets propios. A menudo, me indulgo en ambos.

Hace un tiempo, en Twitter, comparé a las TERFS (Acrónimo de trans exclusionary radical feminists, feministas radicales trans-exclusionarias) con los nacionalistas blancos:

“Cuando una feminista dice ‘Me radicalicé’, léase ‘Me volví transfóbica.’ Léase ‘Dejé de ser racional, sólo voy a generalizar resentimientos personales, y no me importa a quién cague.’ Considerese el discurso de ‘las mujeres trans nos quieren desplazar’ como equivalente al ‘las minorías nos quieren desplazar’ de los hombres que las violentaron. Considerese el nivel socioeconómico de la TERF promedio. Cuando gente históricamente privilegiada se siente desplazada, su agenda se basa en empeorar la vida de las minorías que más barato cueste odiar. Patrón histórico. La transfobia no es anecdótica. Son tan consistentemente transfóbicas que se las tiende a llamar Trans Exclusionary Radical Feminists. Comienzan con el discurso de ‘Todos los hombres son una mierda’, que seduce a adolescentes que son más maduras que sus contrapartes varones, y que ya fueron incomodadas por hombres. Hay que estar atentx.”

En esta ocasión, gustaría, no sólo de reiterar mi convicción: Esta comparación me resulta justa; sino, también, de examinar honestamente el feminismo radical trans exclusionario, y revisar sus prostulados principales.

Si bien el movimiento es mucho menos significativo, numéricamente, que el movimiento Con Mis Hijos No Te Metas, puede considerárselo un aliado velado en la izquierda.

Estas tendencias tienen imaginarios distintos, en el caso de CMHNTM, una conspiración internacional para la perversión de los niños; en el caso de las feministas radicales, una conspiración patriarcal para la mayor exclusión de las mujeres. Estos imaginarios son en algun punto antagónicos: El movimiento anti-niños-gays defiende la preservación y reproducción de los roles de género tradicionales, mientras el feminismo radical busca la erradicación de los roles de género.

A pesar de esto, pueden reconocerse puntos de contacto. Ambas tendencias son profundamente transfóbicas, y escudan esa transfobia tras parodias de buenas voluntades: ¿Quién no quiere conservar la inocencia de sus hijos?/¿Quién no quiere que las mujeres se liberen de las construcciones sociales que las castran intelectual, sexual y políticamente?

¿Qué es el feminismo radical trans-exclusionario?

Hace un tiempo, en conversación con una colega, ella comentó no recordar la aparición de las TERFs en el discurso político online, como insidiosa. Fue como si hubiesen aparecido todas de repente.

Si bien yo tambien he reconocido el reciente estallido de Radpindongas en casi todas las plataformas que frecuento, el feminismo radical trans-exclusionario no es nuevo.

Si bien ha habido transfobia en el movimiento feminista desde que las mujeres trans se establecieron como sujetos políticos (Sylvia Rivera fue abuchada fuera del Women’s Liberation Movement), el feminismo transfóbico comenzó a organizarse recién en 1979, tras la publicación de The Transsexual Empire: The Making of the She-Male, de Janice Raymond.

En The Transsexual Empire, Raymond arguye que las mujeres trans “violan los cuerpos de las mujeres al reducir la forma de una mujer real a un artefacto, apropiandose de ese cuerpo para ellos mismos”.

Raymond culpaba a las mujeres trans por la perpetuación de los roles de género que oprimen a las mujeres, y las planteaba como invasoras de los espacios de las mujeres y enemigas de la lucha feminista. Por supuesto, cuando me refiero a las mujeres trans como “ellas”, me estoy desentendiendo del lenguaje que empleaba Raymond y al que tienden sus discípulas.

El feminismo radical trans-exclusionario funciona sobre la idea que las mujeres trans son hombres parodiando una visión patriarcal de qué es ser una mujer, y llamándose mujeres. A esto tienden a añadir el temor de ser abusadas por mujeres trans. Incluso, si las mujeres trans son mucho más propensas que ellas a ser abusadas en espacios exclusivamente femeninos (hete aquí un caso reciente).

Mis objeciones a esta creencia son numerosas. Como para no poner a prueba su paciencia o la relevancia de mis opiniones, me concentraré en unos pocos puntos clave.

Las mujeres trans son mujeres

Si alguien tiene el cerebro de una mujer, es una mujer. Una mujer puede nacer con una vulva deformada, o sin útero, pero si, como consecuencia de una neurología feminizada, se identifica como una mujer, debe ser considerada una mujer. Ser una mujer no se limita a una realidad genital, es tambien una realidad neurobiológica y un ejercicio social. Expliqué esto, en mayor profundidad, en el segundo apartado de este video.

Ignorar la identidad de alguien imprimiendo un significado irrefutable sobre su genitalidad es absurdo. No hay nada en la vulva que la haga inherentemente femenina. Relacionamos la vulva con la feminidad porque hemos percibido un patrón y generado una equivalencia “vulva=feminidad”. Esta equivalencia es tal para la enorme mayoría de los individuos. Una minoría rompe con el patrón.

No todas las mujeres trans reproducen roles de género femeninos

Conozco mujeres trans que rechazan ciertos mandatos sociales vinculados con la feminidad, que no usan maquillaje, que no tienden a la pasividad o a la hiperemotividad, que no son maternales. Es más, muchas de ellas tienen su identidad cuestionada por esta reticencia a rendir quiénes son, en pos de una hiperfeminidad forzada.

Las TERFs son misóginas

El hombre trans como niña tonta

Si dentro de la narrativa TERF, las mujeres trans son viles agentes patológicos del patriarcado, los hombres trans estamos relegados a una posición incluso más patética, en la que no sabemos lo que queremos, no sabemos quiénes somos, y debemos “aceptar nuestro destino biológico como hembras”.

La idea de que debe protegerse a las niñas del “lobby trans” que pretende enemistarlas con su feminidad, se basa en la idea de que las mujeres jóvenes no saben lo que quieren.

Los hombres trans, hasta cierto punto en su transición, son leídos socialmente como mujeres.

Quienes transicionamos jóvenes, llegamos a funcionar socialmente apenas como niñas o mujeres jóvenes: Según el mercado (y aquí podría estar refiriéndome tanto al mercado como al “libre mercado de ideas”), éramos lectoras de Twilight, fanáticas de alguna boy band. Ebrias de sentimiento, idiotas, teniendo como única aspiración que algún anglosajón que canta bonito se masturbe adentro nuestro.

Ese arquetipo de nena idiota es cooptado, como podría ser cooptado por un fanatismo lacrimoso hacia una serie de televisión, por el “lobby trans”, y cuestiona y reescribe su identidad, porque apenas tiene una. Básicamente: “Somos feministas, venimos a hacernos respetar, pero la donna è mobile qual piuma al vento“.

La idea de que los hombres trans somos víctimas de una moda es la idea de que las adolescentes, porque lloran mirando a Los Beatles, son taradas, carecen de valores, tienen un criterio pobre, y ni siquiera sus sentires más profundos y certeros son reales. Nadie sugeriría algo similar ante las lágrimas de un hombre adulto que acaba de ver a Rica o Bover ganar o perder un partido.

Si bien no esperaría que las feministas radicales legitimacen explícitamente las lágrimas del fanático futbolístico, denostando las de la fan de una boy band, funcionan sobre la idea de que la emotividad de quien, se cree, es una mujer joven, es superficial e inválida.

La adolescencia y la adultez temprana comprenden una época de profundas transformaciones. Algunas de ellas son erradas. Otras son realizaciones, otros son entendimientos de algo que siempre estuvo ahí, pero que no se supo articular.

Cuando quien se creía que era una mujer joven hace saber que es realmente un varón, y que teme el ritmo que su pubertad probablemente tome, tanto asociaciones que nuclean a millones de profesionales de la salud, como, en una nota menos relevante, quien escribe, recomendamos escucharlo.

No tenés una hija victimizada por “la moda trans”, tenés un hijo que, en algunos casos, preferiría morir a llegar a ser una mujer adulta. Me identifico con la recomendación profesional, porque así se procedió en mi caso, y gracias a eso estoy vivo. Estoy vivo porque me escucharon, me comprendieron, y pude acceder al tratamiento que necesitaba. Tratamiento cuyo acceso Janice Raymond tomó medidas reales para dificultar tanto como pudo.

Las TERFs son misándricas

La misandría hace a un feminismo ineficiente, a un feminismo que perdió su norte (la igualdad de oportunidades independientemente del género y la liberación de los roles opresivos), en pos de la universalización de problemáticas y traumas personales. La vida personal de uno puede colorear su visión política, puede orientar su acción hacia ciertas causas, y determinar el tono de su activismo. Pero lo que hace al feminismo radical trans-exclusionario atractivo para las mujeres jóvenes de clase media-alta que componen su base, es la plataforma de certezas que les provee: Certezas sobre su superioridad sobre los hombres que las lastimaron, y certezas sobre pertenecer a una clase noble, pero perseguida, a una clase aplastada por quienes abusaron de su nobleza. Me recuerda demasiado a la narrativa del Occidente virtuoso que se deja pervertir por bárbaros árabes, con las que piden el poder los nacionalistas europeos. Quizás se deba a que son idearios estructuralmente idénticos.

La transmisoginia del movimiento TERF nace de su misandría. Constituyen a las mujeres trans como varones y, entonces, codifican sus experiencias como intentos de subyugar a las mujeres, “como es natural que un hombre haga”.

Incluso si hubiese algo de mérito en la visión de la dinámica de género de las TERFs, los términos en los que presentan sus postulaciones, y su puente hacia la transfobia anularía cualquier acierto.

Notas finales

“…Una de las cosas que encuentro más intrigantes sobre esto es que, cuando miro a la Casa de los Lores debatiendo sobre esta legislación, aquellos con los que más estoy de acuerdo son de la derecha radical. Particularmente, la persona con quien me encuentro de acuerdo más a menudo (…) es Norman Tebbitt… Tebbit también dice que la mutilación salvaje de la transexualidad, si estuviese tomando lugar en una cultura otra que la británica, sería considerada una práctica cultural perniciosa…” – Sheila Jeffreys

Traigo a ustedes este montón de humo, para ilustrar un punto: Las TERFs son, al menos en este aspecto, aliadas de la derecha. Su vilificación de las mujeres trans e infantilización de los hombres trans son congruentes con las aspiraciones transfóbicas y, en general, anti-diversidad, de la derecha.

Las TERFs arguyen que la diversidad es un obstáculo en la lucha por un mundo libre de etiquetas, en el que las mujeres florecerán por encima de la lógica patriarcal. La derecha radical arguye que la diversidad es un obstáculo en la lucha por un mundo virtuoso, de familias felices, niños sanos, y economías en alza, como solía ser cuando tu papá retornaba de una larga jornada en su trabajo vendiendo tractores, con un Naranju para cada uno de tus hermanos, y miraban Bonanza. ¿Qué veta discursiva tiene mayor proyección electoral? Ser una feminista radical trans-exclusionaria es hacer el trabajo de la derecha, persiguiendo una utopía que la derecha se encargará de imposibilitar.

Ahora iré a desayunar, que me dejaron a milímetros metafóricos de darle concesiones a Freud.

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